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Cómo beneficiarse del aburrimiento

Aunque aburrirse no es perjudicial, las personas utilizamos numerosas estrategias para escapar de esta sensación. ¿Cómo podemos sacar provecho de este estado «indeseado»?

Getty Images / tommaso79 / iStock

El aburrimiento nos enerva. Hacemos todo lo posible por ahuyentarlo, y cuando no lo logramos, huimos de él: nos lanzamos a trabajar o a entretenernos, o a comprobar los mensajes en el teléfono móvil a cada minuto. Pero muchas de estas estrategias de distracción se agotan pronto y el huésped no invitado vuelve a hacernos compañía, sobre todo en tiempos del nuevo coronavirus, cuando a veces nos hemos visto condenados al aburrimiento a causa de las medidas de confinamiento y al toque de queda.

El aburrimiento es un estado de espera, pero no sabemos qué esperamos. Resulta sobre todo oprimente cuando nos ha sido impuesto desde fuera. Durante la pandemia de la COVID-19, la animadversión al aburrimiento se ha debido también a la sensación de que alguien nos encierra, nos obliga a no hacer nada, nos priva de estrategias para conseguir distraernos y nos quita lo que nos pertenece. Por último, pero no menos importante, nos arrebata la autonomía para disponer de nuestro tiempo con libertad e independencia.

«La infelicidad del ser humano se basa solo en una cosa: es incapaz de permanecer quieto en una habitación.» Esta frase del filósofo francés Blais Pascal (1623-1662) es del siglo XVII, pero sigue estando de plena actualidad. Únicamente hay que cambiar la palabra «habitación» por «oficina en casa». Según Pascal, todos buscamos la felicidad en la distracción. Con ello evitamos tener que pensar en la propia mortalidad, el sufrimiento, la miseria y otros abismos, ya que estos vendrían de forma inevitable a la mente si nos enfrentáramos a la soledad en la intimidad, entre cuatro paredes. Por esa razón, no podríamos soportar la habitación vacía, afirma Pascal. El filósofo Martin Heidegger (1889-1976) retomó esta idea en su filosofía existencial y la formuló de la siguiente manera: «¿Ocurre, al fin y al cabo, que un profundo aburrimiento nos arrastra en los abismos de la existencia de un lado a otro, como una niebla silenciosa?»

También los animales se aburren. Todos hemos observado alguna vez a una fiera dando vueltas en su jaula. En un estudio publicado en 2012, los visones que se colocaron en una jaula vacía tendían a mantenerse inactivos, aunque estaban despiertos, y a comer más que los ejemplares que tenían juegos a su alcance. Además, se interesaban más por diversos objetos (como una botella de plástico o un cepillo de dientes), lo que sugiere que estaban aburridos y no sufrían apatía (indiferencia) ni anhedonia (incapacidad de sentir placer).

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