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El cerebro usa ­filtros, no un foco, para prestar atención

Un circuito cerebral que suprime la información ­sensorial ­distractora aporta claves esenciales sobre la atención y otros procesos cognitivos.

Jason Lyon (www.jason-lyon.com)

En síntesis

Aunque nuestros sentidos sensoriales captan constantemente los estímulos del entorno, el cerebro no se inunda de información, por lo que podemos concentrarnos en los datos esenciales.

Para conseguirlo, un mecanismo especial del cerebro filtra los estímulos irrelevantes incluso antes de que las áreas sensoriales de la corteza cerebral los procesen.

La corteza prefrontal evalúa la relevancia de los estímulos. Si no son importantes, envía una señal inhibitoria a través de los ganglios basales a una área del tálamo que detiene el flujo de información.

Somos capaces de seguir una conversación en una habitación ruidosa, entre voces que suben y bajan de volumen o el zumbido del aire acondicionado. Podemos encontrar un juego de llaves en un mar de desorden o ver a un conejo que cruza veloz en ante nuestro vehículo. Incluso si nuestros sentidos se hallan desbordados por la información, de alguna manera logramos centrarnos en lo importante, y actuamos en consecuencia.

Los procesos atencionales son la forma que tiene el cerebro de poner bajo su foco los estímulos relevantes y filtrar el resto. Los neurocientíficos han investigado los circuitos que controlan y alimentan ese foco. Así, durante decenios, sus estudios han girado en torno a la corteza cerebral, la estructura externa y llena de surcos del cerebro que se asocia con la inteligencia y las funciones ejecutivas. Según han confirmado, la actividad de la corteza refuerza el procesamiento sensorial para realzar los rasgos de interés.

En la actualidad, sin embargo, algunos investigadores están aplicando un enfoque diferente: analizan el modo en el que el cerebro suprime la información en lugar de potenciarla. Y lo que quizás es aún más importante algunos estudios han revelado que este proceso tiene lugar en las regiones más antiguas y profundas del cerebro, áreas que no suelen tomarse en consideración cuando se investiga la atención.

De este modo, se han empezado a dar, sin pretenderlo, los primeros pasos para aumentar los conocimientos sobre la inextricable y profunda interrelación entre cuerpo y mente a través de las experiencias sensoriales automáticas, los movimientos físicos y la consciencia superior.

A la caza de circuitos

Durante mucho tiempo, los científicos supusieron que la atención constituía, ante todo, un fenómeno cortical, pues parecía ligada de un modo intrincado a la consciencia y a otras funciones complejas. En 1984, se produjo una desviación llamativa de esta corriente de pensamiento: Francis Crick (1916-2004), conocido por su estudio de la estructura del ADN, propuso en un artículo que el foco de la atención lo controlaba una región profunda del cerebro: el tálamo [véase «Francis Crick y la sede de la consciencia», por José María Valderas; Mente y Cerebro, n.o 74, 2015].

Algunas áreas talámicas reciben aferencias (estímulos entrantes) desde los dominios sensoriales y las trasladan a la corteza. Crick elaboró una teoría, según la cual el tálamo sensorial no solo actuaba como estación de transmisión, sino también como guardián (además de puente y tamiz) que detenía parte del flujo de datos para establecer un cierto foco de atención.

Sin embargo, han pasado algunos decenios y los proyectos de identificación de un mecanismo no han cuajado, en parte, por la dificultad de aplicar métodos para el estudio de la atención en animales de laboratorio. Aunque esta limitación no detuvo a Michael Halassa, neurocientífico del Instituto McGovern de Investigación Cerebral del Instituto Tecnológico de Massachusetts. Su objetivo radicaba en conocer con exactitud el modo en que se filtran esas aferencias sensoriales antes de que la información alcance la corteza. De esta manera, podía precisar el circuito propuesto por Crick.

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