Magoun y Moruzzi, exploradores de la consciencia

Hasta 1949, nadie imaginaba que la consciencia se producía en el cerebro. Dos neuroanatomistas pusieron al descubierto una estructura cerebral que parecía ser su origen.

Los neurocientíficos Horace Winchell Magoun (derecha) y Giuseppe Moruzzi fueron pioneros en describir la función del sistema activador reticular ascendente en el cerebro a finales de la década de 1940. [CORTESÍA DEL ARCHIVO HISTÓRICO DE NEUROCIENCIAS, UCLA]

En síntesis

En 1949, dos neurobiólogos, uno estadounidense y el otro italiano, descubrieron que una parte profunda del cerebro, alojada en el límite de la médula espinal, regula nuestros estados de consciencia.

Este hallazgo desató una avalancha de teorías sobre la consciencia.

En la actualidad, la consciencia se considera un fenómeno ascendente que parte de la base del ­cerebro hasta inundar la corteza ­cerebral.

El 30 de agosto de 1942, Stephen Ranson falleció de una trombosis coronaria. Este neuroanatomista de renombre, referente del Instituto de Neuroanato­mía de Chicago en la Facultad de Medicina de la Universi­dad del Noroeste, dejó tras de sí grandes descubrimientos­ sobre ciertas áreas del cerebro, entre ellas el hipotálamo, además de jóvenes colaboradores que ocuparon puestos importantes en la investigación estadounidense.

Para uno de ellos, la muerte de Ranson conllevó consecuencias particularmente desagradables. A la edad de 35 años, Horace Magoun tuvo que abandonar el instituto que dirigía su maestro, así como la hermosa torre donde llevaba a cabo sus experimentos. En esos momentos, tomó consciencia de las condiciones de trabajo excepcionales de las que había gozado. Y esa toma de consciencia parece que fue un presagio de su carrera posterior: Magoun se consagraría a mostrar cómo el cerebro humano produce la consciencia, los estados de vigilia y de alerta.

El joven Magoun estaba privado de créditos, por lo que tuvo que instalarse en el sótano del departamento de anatomía. Allí, solo contaba con la compañía de huesos y esqueletos humanos. Para él, las perspectivas no eran muy halagüeñas, puesto que en esa época todavía no existía financiación reservada a los investigadores jóvenes.

Pero su destino iba a dar un importante giro, aunque de una forma nefasta. En esa época, apareció una epidemia de poliomielitis que llevó a las autoridades a crear un fondo especial de investigación con el fin de contrarrestar la lacra. Según se observó, algunos de esos enfermos fallecían a causa de lesiones en la parte inferior del tronco encefálico, en el bulbo raquídeo. Se asignó una financiación excepcional a quien detallara la anatomía de ese deterioro. Magoun, en su sótano lleno de huesos, se ofreció para examinarlos en detalle.

Lesiones localizadas

En el transcurso de sus exploraciones neuroanatómicas, Magoun descubrió que las fatales lesiones se concentraban en una región cerebral muy poco conocida: la formación reticular, alojada en las profundidades del tronco encefálico, a medio camino entre el cerebro y la médula espinal. Su función había permanecido casi totalmente desconocida hasta ese momento. El joven científico se preguntó si esa estructura nerviosa podría estar implicada en la ejecución del movimiento, lo que explicaría las secuelas motrices en los pacientes que sufrían de poliomielitis. Con el fin de averiguarlo, provocó lesiones similares en ratas, y comprobó el efecto inverso: aplicó estimulación eléctrica en la formación reticular para producir el movimiento en los animales.

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