¡Bien hecho!

Los elogios son un arma de doble filo. Nos alegran y motivan, pero también pueden provocar estrés y consolidar jerarquías. ¿A qué debemos prestar atención para que un halago sea bienvenido?

IRYNA PERAVALAVA/ GETTY IMAGES/ ISTOCK

En síntesis

Premiar los logros de los demás brindándoles reconocimiento suele tener un efecto motivador y significativo y, por lo general, a todos los implicados les sienta bien.

No es así cuando los elogios resultan despectivos, exagerados, falsos o se utilizan de forma estratégica. Ante los halagos «envenenados», las personas reaccionan, en parte, con tristeza; en parte, con agresividad.

En los elogios se debe evitar ser demasiado parco o generoso. Asimismo, resulta importante poner atención en no presionar al receptor ni favorecer la desmotivación.

Algunos elogios tienen un poder ambivalente. Pensemos en indirectas irónicas como esta: «¡Vaya, qué bien lo has vuelto a hacer!» . Otro tipo de halagos son aquellos en los que los padres ensalzan las cualidades de sus hijos, aunque el rasgueo de la guitarra suene todo lo contrario a un «¡Uau, genial!» o pese a que el castillo de arena no sea «súperbonito». También encontramos en el terreno de los elogios a los empleados que sienten vergüenza cuando reciben reconocimientos ostensivos delante de sus compañeros, porque se les antojan como si un mono adiestrado hubiera efectuado un truco de magia.

Algunas alabanzas no resultan solo exageradas, sino que están «envenenadas», puesto que, en realidad, esconden una crítica. ¿O puede que no sea todo tan grave? Quizás un halago falso favorece más el ambiente en la oficina que los constantes insultos y las palabras malsonantes. Y la celebración exuberante de los logros de los hijos puede desprender mayor calidez que la sobria realidad o, incluso, la censura. Un aspecto parece claro: aunque los elogios se expresen con buena intención, no siempre se efectúan de manera correcta ni siempre ayudan. Saber elogiar supone todo un arte.

¿Por qué? Por una parte, cada alabanza contiene una valoración. La persona que la formula se atribuye a sí misma la competencia y la facultad de poder juzgar al contrario y suele hacerlo sin pedir permiso, lo cual revela ciertas características de la relación entre ambos: el elogiador se halla como mínimo al mismo nivel o por encima del elogiado. Por esta razón queda fuera de lugar si el personal de limpieza le indica al director de la empresa «¡Bien gestionado!», por ejemplo.

Por otro lado, los elogios pueden referirse a diversos elementos. Se puede halagar una actividad («¡Bien hecho!»), un resultado («¡Qué cuadro tan bonito!»), una cualidad («¡Eres muy creativa!») o simplemente, algún objeto («Elegantes zapatos»). Según el tipo de halago, varía el grado de responsabilidad de la persona elogiada. En el caso de un cuadro, el pintor es el responsable, pero en relación a la inteligencia, no lo es la propia persona. Además, una alabanza puede parecer subjetiva («El cuadro me parece bonito») u objetiva («Es un cuadro muy bonito»).

Puedes obtener el artículo en...

¿Tienes acceso a la revista?

Los boletines de Investigación y Ciencia

Elige qué contenidos quieres recibir.

Responsable: Prensa Científica, S.A. Finalidad: enviarle por correo electrónico los boletines que haya solicitado recibir. Derechos: tiene derecho a acceder, rectificar y suprimir sus datos, así como a otros derechos, como se explica en la información adicional y detallada que puede consultar en nuestra Política de Privacidad.