De los brainets a la incertidumbre digital

¿Información gödeliana y cerebro relativista?

 

El verdadero creador de todo
Cómo el cerebro humano da forma a nuestro universo
Miguel Nicolelis
Paidós, 2022

 

¿Cómo funciona el cerebro? ¿De qué manera aprende y se adapta? ¿Qué mecanismos fisiológicos aglutinan las funciones y manifestaciones de la inteligencia general en un solo órgano? ¿Cómo nos comunicamos entre nosotros y nos relacionamos con la tecnología? Si lee Mente y Cerebro le interesarán, en mayor o menor medida, las respuestas a estas preguntas. Por ello, no debe perderse el atrevimiento que Miguel Nicolelis ha pergeñado en El verdadero creador de todo.

En los albores de la medicina, decía Hipócrates en sus Tratados (Gredos, 2007, pág.56): «Cuando no es posible escuchar un informe fiable de lo que se le cuenta, el médico ha de recurrir a otro medio de observación. Y de la lentitud consiguiente, no es culpable la ciencia, sino la naturaleza de los cuerpos humanos». Así le ha sucedido a Nicolelis en su particular odisea hacia la comprensión del cerebro. Ha tardado cinco años en escribir este libro, y lleva toda su vida investigando. Ha debido recurrir a otros medios de observación, a diversas disciplinas. Quizá, desde ámbitos ajenos a su especialidad, se le podrían criticar ciertas licencias e imprecisiones técnicas que ha cometido en su búsqueda. Pero sus conjeturas son honestas y su intento, por lo difícil de la empresa, loable.

Nicolelis transita sus argumentos a caballo de las explicaciones físicas sobre el funcionamiento del cerebro, mediante una nueva cosmología neurocéntrica y las tesis clásicas de un olvidado (en sus referencias) Antonio Damasio. Porque ya Damasio insistió en El error de Descartes en la idea de que es el cerebro el que construye y, de manera constante, (re)crea la realidad, distribuyendo sus funciones en la red neuronal: «[...] el self no es el homúnculo infame, un enano dentro de nuestro cerebro, que percibe y piensa con las imágenes que el cerebro construye. Es, más bien, un estado neurobiológico perpetuamente recreado».

En la primera parte del libro, refulge el Nicolelis neurocientífico, padre del prestigioso laboratorio Nicolelis Lab, de la Universidad de Duke, con el que ha despuntado en la neuroingeniería de prótesis. El éxito de proyectos como Walk again («Camina de nuevo»), gracias al cual han vuelto a caminar cientos de personas, le encumbraron en la neurociencia hace unos años, cuando empezó a experimentar con interficies capaces de conectar cerebros entre sí. Formal en su introducción evolutiva, Nicolelis es cauto, pero innovador en su aproximación de la teoría de la información y sólido en la revisión de la neurodinámica cerebral. Su momento álgido, por brillante y arriesgado, llega en el capítulo 5 con su teoría del cerebro relativista —nada tiene que ver con la relatividad de Einstein, más allá de un abuso metafórico del lenguaje, por cierto—. Nicolelis sintetiza ahí buena parte de las tesis que presentó, junto con Ronald Cicurel en la obra The relativistic brain.

Como complemento a la información de Shannon, fundamental en las aproximaciones matemáticas al estudio de la comunicación, o en múltiples modelos neurológicos, Cicurel y Nicolelis introdujeron el concepto de información gödeliana. Esta es continua y analógica, y no puede discretizarse ni, por ende, ser traducida digitalmente a bits, según los autores. La información gödeliana se genera en las estructuras disipativas de los seres vivos, en el electromagnetismo neuronal; da cuenta de la memoria y de las emociones, en acción conjunta con el procesamiento de la información de Shannon que proviene de nuestros sentidos. Emerge, pues, como un santuario de humanidad, como un reducto no digitalizable de la información cerebral. Por esa razón, para Nicolelis nunca una inteligencia artificial (IA) podrá manifestar emociones humanas ni sentimientos o memorias vívidas. Se aleja así toda posibilidad técnica de recreación del cerebro humano, tras argumentar sobre la imposibilidad de las máquinas de procesar información gödeliana.

Tal y como se presenta la información gödeliana resulta problemática. De entrada, da la sensación de ser una escapatoria teórica a problemas no resueltos, un cortafuegos para mostrar la desnudez y los límites de la IA. Es en apariencia no falsable, incompatible con el método científico, y, por tanto, pseudocientífica por definición: ¿cómo comprobar empíricamente su existencia? ¿Qué experimentos realizar para medirla? Al no poderse digitalizar, ¿no se pueden usar ordenadores en dichos experimentos? Probablemente, Nicolelis podría responder a estas cuestiones, pero, al menos en el libro, no quedan claras. Cuesta, además, ver la conexión de la información gödeliana con la termodinámica de las estructuras disipativas, que de forma tan brillante presentaron Grégoire Nicolis e Ilya Prigogine en La estructura de lo complejo.

El origen físico, la definición y la posibilidad de medir la información gödeliana son elementos clave de las teorías de Nicolelis. El neurocientífico define las conexiones entre nuestros cerebros, cuando nos relacionamos, como brainets («redes cerebrales»). Una brainet es un «ordenador orgánico distribuido compuesto por múltiples cerebros individuales», que se sincronizan y pueden entonces mostrar comportamientos sociales emergentes. Esta interacción social, según Nicolelis, se realiza mediante la transmisión de información de Shannon, a la vez que se utiliza el almacenamiento de memoria orgánica, que mantiene la información gödeliana en cada cerebro individual.

Pero no solo eso: cada cerebro individual recrea su universo gracias a las relaciones que establece en las redes cerebrales y al resto de información de Shannon que, por vía sensorial, percibe del mundo. Para Nicolelis, la principal misión existencial del ser humano consiste en la construcción de este universo particular que, generación tras generación, heredamos y transmitimos de forma social mediante brainets. Se trata de un universo dotado de espacio, tiempo y matemáticas. Sobre estas últimas, Nicolelis se permite una digresión durante un par de capítulos, en los que se dispersa para intentar explicar de dónde surgen las matemáticas, a la vez que busca argumentos para relacionar las teorías científicas con las abstracciones mentales. En mi opinión, pese a que el autor muestra una gran erudición, pierde el hilo narrativo en ese momento de la obra.

En el tramo final, Nicolelis se hunde, además, en la ciénaga del antropocentrismo. Se olvida en su discusión de la biología, de las posibilidades de las múltiples arquitecturas existenciales presentes en los ecosistemas terrestres, deliciosamente tratadas en La guía del zoólogo galáctico, de Arik Kershenbaum. Porque existen otras realidades neuronales más allá del ser humano. ¿Dónde están? ¿Qué hay de sus redes cerebrales? ¿No crean nada?

Por otra parte, Nicolelis se enroca en posiciones catastrofistas sobre la fatal influencia de la tecnología en las brainets humanas. Evita discutir los logros creativos de la inteligencia artificial, revisados, por ejemplo, por Marcus du Satoy en Programados para crear. Respecto a la tecnología, muestra una perspectiva antagónica al enfoque de Yuval Noah Harari en Homo Deus. Si Harari entronizaba al humano creador de la red tecnológica en la que nos enmallamos, Nicolelis postula un «verdadero creador biológico» imposible de reproducir. También avisa de la posibilidad de convertirnos en «zombis biológicos digitales» si alteramos los flujos de información habituales de las redes cerebrales humanas, si cambiamos la interacción humana por la máquina.

Este ensayo de Miguel Nicolelis tiene muchas aristas. No se las pierdan. Son ideales para discurrir y compartir. Alimenten sus brainets y al creador de todo.

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