Prolongaciones del cuerpo

Martillos, palas o rastrillos. Cuando trabajamos con herramientas, nuestro cerebro las interpreta como si formaran parte del organismo. Sin embargo, no llegamos a integrar los utensilios más sofisticados en nuestro esquema corporal.

DREAMSTIME / LUNAMARINA

En síntesis

Cuando utilizamos una herramienta, debemos integrarla en la planificación de nuestros movimientos. Por el momento no se conoce al detalle este refinado proceso.

Investigaciones en humanos y monos revelan que el cerebro interpreta las herramientas como prolongaciones de las propias extremidades y las integra rápidamente al esquema corporal.

En el caso de instrumentos complejos (remos o palancas), parece que ese procedimiento no funciona. Para dar las correspondientes instrucciones, el cerebro necesita reorganizar a fondo el sistema motor.

Dorotea, de 14 años, quiere colgar un póster de su grupo musical preferido en la habitación. Toma el cartel de sus ídolos y una chincheta y la aprieta con fuerza contra la pared, pero la punta se dobla, el pequeño soporte de fijación cae por detrás de la cama y la adolescente se frota el pulgar dolorido. La pared es demasiado dura. Piensa que deberá utilizar un martillo. Lo encuentra en la caja de herramientas de su padre. Da golpes con decisión. Tras unos desafortunados martillazos en el pulgar y el dedo índice, Dorotea consigue su objetivo.

Esta escena cotidiana revela que si las personas dependiéramos solo de nuestro cuerpo para intervenir en el entorno, fracasaríamos en muchas tareas. Por fortuna, los humanos, y también algunas especies animales, hemos aprendido a manipular objetos y utilizarlos como herramientas a lo largo de la evolución. Estas «prolongaciones de los miembros», que poseen propiedades físicas diferentes a las del organismo, nos permiten ampliar el espectro de acciones. En el caso de Dorotea, la yema de su dedo resulta demasiado blanda y el brazo demasiado débil para clavar la chincheta en la pared. El duro mazo del martillo soluciona el problema.

Una característica esencial de las herramientas radica en que consiguen superar, en parte, las limitaciones de nuestro cuerpo. El hacha aumenta la energía del golpe, de forma que podemos cortar y astillar troncos; las alas del sacacorchos aumentan nuestra fuerza al hacer palanca, lo que nos permite descorchar una botella de vino sin gran esfuerzo, y las pinzas, más finas que nuestros dedos, nos facilitan la extracción de una minúscula esquirla de madera que se nos ha clavado en la planta del pie.

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