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1 de Enero de 2018
Retrospectiva

La oftalmología en el México precolombino

El Códice De la Cruz Badiano y los relatos de los cronistas de Indias han permitido conocer cómo los antiguos pobladores de México ­utilizaban las plantas para tratar las enfermedades oculares.

Esta escultura de la isla de Jaina, que data del siglo ix d.C. reproduce a un hombre con un tumor orbitario con lesión del trigémino, afectación que causa dolor ­intenso en un lado de la cara. [MUSEO NACIONAL DE ANTROPOLOGÍA. CIUDAD DE MÉXICO]

En síntesis

Una vez llevada a cabo la conquista armada y espiritual de la Nueva España, tanto la Corona española como las diferentes instancias de gobierno en las nuevas tierras se interesaron por explorar los ­conocimientos que se tenían
en los nuevos territorios.

El trabajo que desempeñaron las diversas órdenes religiosas para recabar datos relacionados con la medicina fue de suma importancia. Su minuciosa labor dio origen al Códice De la Cruz-Badiano, tratado de herbolaria terapéutica que revela información sobre la medicina y la práctica ­oftalmológica prehispánica.

Los cronistas de Indias, como fray Bernardino de Sahagún, también legaron valiosa información sobre el tratamiento de las enfermedades oculares en la cultura azteca. Además de plantas medicinales, los médicos indígenas usaban conjuros y oraciones.

Después de tres siglos de larga conquista de lo que se llamaría la Nueva España, en uno de los establecimientos fundados por los franciscanos en la ciudad de México, a saber, Santa Cruz de Tlatelolco, se redactó un texto que, si bien se elaboró siguiendo el modelo europeo, ha servido para el estudio de la medicina prehispánica: el Libellus de medicinalibus indorum herbis. Este tratado de herbolaria medicinal,que más tarde se conoció también como Códice De la Cruz-Badiano, Códice Badiano o Códice Barberini, fue escrito exprofeso por el médico indígena Martín de la Cruz como obsequio para el emperador Carlos V. El asimismo mexicano Juan Badiano (1484-1560) se encargó de traducirlo de la lengua náhuatl al latín. Lo hizo en el seno del Real Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco, donde pudo ingresar a los 51 años por ser descendiente de nobles.

Pero la investigación de la medicina precolombina ha bebido de más fuentes para recuperar tales conocimientos, principalmente de las denominadas Relaciones geográficas y de los testimonios escritos que dejaron diversos cronistas de Indias. Estos últimos viajaban a tierras americanas, donde aprendían las lenguas aborígenes con el fin de investigar y escribir sus tratados acerca de la vida indígena. Los diferentes reyes españoles, por su parte, enviaban unos cuestionarios a sus posesiones americanas, que llamaban Relaciones geográficas, para que, en cada uno de los territorios, se indagaran, entre otros asuntos, las enfermedades que padecían los indios y la forma en que las curaban.

Antes de que se desarrollase la ciencia, como en todas las culturas antiguas, los habitantes del México precolombino relacionaban las dolencias con fuerzas sobrenaturales. El dios mexica, al que atribuían tanto las enfermedades de la piel como las de los ojos, era Xipe (palabra que significa «calvo» o «atezado»), muy temido por todos, pues afectaba a aquellos que no le tenían miedo o que no lo adoraban, causándoles viruelas, hinchazones, apostemas, sarna y enfermedades de los ojos.

Conocimientos anatómicos y dolencias oculares

Es probable que los aztecas conocieran la anatomía ocular —por supuesto, superficialmente— gracias a los sacrificios humanos que practicaban de forma constante y a modo de ritual, ya que estos les brindaban la oportunidad de obtener tales saberes. Quizá las heridas que recibían en las múltiples batallas en que participaban también contribuían a ello. De hecho, la cultura azteca disponía de una nomenclatura para referirse a distintas partes oculares: llamaban ixtelolotli a los ojos; tixquatol,a la región ciliar; ixquaitl, a las cejas; ixquatolli,a los párpados; tocochia, a las pestañas; tixtocatzauallo,a la conjuntiva; totilticauli, al iris; toteouli, a la pupila y, a los puntos o a los conductos lagrimales, tixcuilchil.

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