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  • Enero/Febrero 2018Nº 88
Preguntas con respuesta

Neuropsicología

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Las personas ­sanas, ¿sufren también alucinaciones?

No es necesario sufrir una enfermedad mental para experimentar alucinaciones

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Todas las percepciones se originan en el cerebro. Y las mismas regiones cerebrales que procesan los estímulos externos pueden originar la reproducción interna de sensaciones pasadas e, incluso, crear fantasías. De ese modo, el Bosco logró pintar sus visiones sobre el infierno y George Lucas concibió La Guerra de las Galaxias. Las personas sanas, por lo general, distinguen sin problemas la realidad externa de la representación interna. Los pacientes psicóticos, en cambio, presentan esta capacidad alterada. Por ejemplo, las personas con esquizofrenia experimentan a menudo sus pensamientos como si fuesen reales y estuvieran controlados desde el exterior. En la mayoría de los casos, oyen voces que no existen.

Como decía, las alucinaciones surgen en las mismas áreas cerebrales que procesan los estímulos acústicos, visuales o táctiles. Cuando se producen percepciones ilusorias, las áreas de la corteza que generan la lengua y las imágenes internas despliegan una especie de vida independiente. Las neuronas muestran cierta actividad espontánea; se activan de manera ocasional, a pesar de que todavía no sea «su turno». Por regla general, el cerebro suprime estas intrusiones espontáneas. Los estímulos insignificantes los ignoramos automáticamente, con lo que nuestra consciencia no se ve desbordada continuamente por un sinfín de informaciones molestas. Para ello, nuestro cerebro posee unos sistemas de control neuronal especiales. Pero si fallan, debido a una lesión cerebral, por ejemplo, o si las áreas cerebrales que producen las representaciones internas se sobreactivan (por el consumo de drogas), esas sensaciones penetran en la consciencia. Entonces, vemos, oímos, olemos, degustamos o sentimos algo que no existe.

En ningún caso es necesario sufrir una enfermedad mental para experimentar este tipo de fenómenos. Sin ir más lejos, las representaciones internas acompañan cada noche nuestro descanso, aunque las llamamos sueños. Las situaciones extremas también pueden producir alucinaciones transitorias en los sujetos psíquicamente sanos. El estrés agudo, sobre todo cuando va unido a trastornos de sueño y fatiga, suele ser el desencadenante de tales visiones. Algunas drogas (entre ellas, el LSD), determinados medicamentos y los estados de trance también nos hacen alucinar. Asimismo, la abstinencia del alcohol e, incluso, el hambre pueden desencadenar percepciones ilusorias. Muchos epilépticos sufren alucinaciones previas a un ataque; los diabéticos pueden experimentar alguna si se encuentran en un estado de hipoglucemia, y los pacientes de la unidad de cuidados intensivos las padecen con frecuencia en relación con un delirio.

Hemos pagado nuestra inteligencia con un cerebro voraz. Las neuronas solicitan sin cesar estímulos continuos, y cuando el exterior no se los proporciona, crean sus propias imágenes. Además, las alucinaciones nos fascinan. En la actualidad, algunas grandes urbes disponen de balnearios que ofrecen los llamados tanques de flotación Samadhi. En estos, la persona flota en una solución de agua con sales a temperatura corporal y aislada de cualquier estímulo sensorial. Al poco tiempo de estar tumbada en la cabina con los ojos cerrados, su cerebro empieza a crear numerosas sensaciones «autoproducidas», las cuales se experimentan de manera asombrosamente real.

Tampoco una anciana de 90 años que asegura haber recibido la visita de su abuelo materno padece necesariamente una demencia. La soledad puede generar alucinaciones. En resumen, las percepciones carentes de un estímulo externo no tienen por qué ser siempre un indicio de enfermedad mental. Incluso son pasmosamente comunes: en una encuesta internacional llevada a cabo con personas sanas, al menos una de cada 20 aseguraba haber experimentado alucinaciones alguna vez.

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