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1 de Enero de 2018
Cognición corporizada

Temperatura ­corporal en la psique

Las sensaciones de calor y frío que nos transmite el organismo influyen en nuestro estado emocional. Al parecer, la ínsula es la pieza clave de esta conexión en el cerebro.

ISTOCK / SGULER

En síntesis

Nuestra temperatura física afecta la calidez que sentimos hacia otras personas. El calor también puede volvernos más confiados. En cambio, si sentimos frío en una habitación puede aumentar nuestra sensación de exclusión social.

Las percepciones de la temperatura física y la psicológica comparten, como mínimo, algunos mecanismos subyacentes, en los que la ínsula parece desempeñar un papel preponderante.

Esta conexión podría deberse a que, desde que nacemos, aprendemos a asociar el calor con los seres queridos. Por otro lado, aprovechar el calor de los otros, conducta que requiere confianza, supone una ventaja para la supervivencia.

Una taza de té caliente. Sus poderes apaciguadores son tan legendarios como las supuestas propiedades antivíricas de la sopa de pollo. La literatura está sembrada de estos ejemplos. Tras la pelea que Emily Inglethorp tiene con su esposo, la criada le sugiere de inmediato: «Se sentirá mejor después de tomar una buena tacita de té caliente, señora», narra Agatha Christie en su novela de 1920 El misterioso caso de Styles. En la vida real, muchos de nosotros también recurrimos a una panacea bien caliente (una manzanilla o un chocolate a la taza) cuando necesitamos consuelo.

Este remedio popular podría tener una base científica, revela un número cada vez mayor de investigaciones. A lo largo de la última década, se ha descubierto que nuestra temperatura física puede modificar la «calidez» o la «frialdad» que sentimos hacia otras personas. Diversos estudios han comprobado que, cuando nos sentimos heridos, aislados o traicionados, una pequeña dosis de calor, ya sea en forma de bebida o baño caliente, o incluso descansar al sol, puede ayudarnos a restablecer nuestras sensaciones de confianza y bonhomía. De la misma manera, se ha demostrado que un ambiente frío puede despertar nuestras sospechas.

En general, estos trabajos se integran dentro de un campo de investigación más amplio llamado cognición corporizada. Propone que todo nuestro organismo, no solo el cerebro, interviene en el proceso de los pensamientos, las emociones y los recuerdos. Aunque esta línea científica cuenta con detractores, apenas se cuestiona que la vinculación entre la calidez y la frialdad física y psicológica se apoya en algo más que una simple metáfora. Los investigadores han descubierto mecanismos solapados que rigen tanto el sistema que regula la temperatura corporal como el que gobierna el estado emocional. Los estudios de neuroimagen han seguido la pista de ambos sistemas hasta la ínsula de la corteza cerebral. A medida que los neurocientíficos y los psicólogos empiezan a comprender mejor estos circuitos, investigan métodos para manipularlos y, de esta manera, tratar la depresión y otros trastornos que pueden congelar nuestras conexiones sociales.

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