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1 de Mayo de 2019
Emociones

El sentimiento de la vergüenza

En ciertas circunstancias, desearíamos que la tierra nos engullera. ¿Por qué nos avergonzamos? ¿A qué se debe que algunas personas sean más propensas a pasar por el mal trago de la vergüenza?

Unsplash / Caleb Woods (unsplash.com/photos/VZILDYoqn_U)

En síntesis

Las personas experimentamos vergüenza cuando incumplimos las normas sociales que consideramos obligatorias. En esos momentos, nos sentimos en evidencia y pequeños, no podemos mirar a los ojos a los otros y nos gustaría que nos tragara la tierra.

La vergüenza hace que dirijamos la atención a nuestro interior y nos contemplemos de manera negativa. Los sentimientos de culpa, en cambio, se dirigen a una acción de la que asumimos la responsabilidad. Estos agudizan nuestra atención a los sentimientos de los demás.

Las mujeres se avergüenzan más y con mayor intensidad que los hombres. Los jóvenes, más que los adultos. Por ello, sufren con mayor frecuencia los efectos que conlleva la tendencia a avergonzarse, como es una baja autoestima o una mayor predisposición a padecer depresión.

Cada uno de nosotros experimenta vergüenza alguna vez. Puede ser que sea a causa de una actitud desacertada, como vestir de manera inapropiada para la ocasión o hacer un comentario fuera de lugar; por alguna característica física, como ser dientimellado, o por transgredir, sin querer, una norma moral, situación que nos hace sentir en evidencia frente a los demás. La vergüenza es una sensación que nos revuelve por dentro, ya que nos hace transparentes y perceptibles hacia el exterior. El sociólogo Sighard Neckel, de la Universidad de Hamburgo, la describió en 1993 como «una herida en el propio yo».

La sensación de vergüenza surge, principalmente, cuando incumplimos reglas sociales. Sin embargo, no todas las ocasiones en las que se infringe una norma nos resultan vergonzosas. A veces solo nos lamentamos o arrepentimos; en otros casos, lo que ha ocurrido no nos afecta. ¿Qué diferencia estas últimas situaciones de otros momentos en que preferiríamos que nos tragara la tierra? Según la filósofa Hilge Landweer, de la Universidad Libre de Berlín, deben cumplirse varios requisitos para que una persona se avergüence. Primero, debe reconocer que existe una norma para la situación en la que se encuentra en esos momentos. Además, debe aceptarla y considerarla una norma de comportamiento vinculante. Solo entonces, algo le podrá resultar realmente incómodo.

Cuando nos avergonzamos atentamos, por así decirlo, contra nuestra propia imagen ideal. Y nos sentimos expuestos a las miradas reprobatorias de los otros. Pero esas miradas no tienen por qué estar dirigidas hacia nosotros: basta con que nos imaginemos a la persona frente a la que nos sentimos avergonzados. Un ejemplo típico es la cara de desaprobación y los «¡Qué vergüenza!» del padre o la madre. Con frecuencia, interiorizamos esos comentarios de forma tan marcada que las normas y órdenes que nos han inculcado nuestros padres continúan afectándonos incluso de adultos.

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