Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarte el uso de la web mediante el análisis de tus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúas navegando, consideramos que aceptas nuestra Política de cookies .

1 de Mayo de 2019
Neurociencia

¿Somos solo ­cerebro?

Durante mucho tiempo, los neurocientíficos consideraron que la consciencia era producto exclusivo del cerebro. Los conocimientos en el ámbito de la corporización sugieren que todo el organismo, incluidos el corazón y el intestino, crea vivencias conscientes.

Getty Images / Vizerskaya / iStock

En síntesis

Según la tesis de la corporización que propone la ciencia cognitiva, las percepciones conscientes y la interacción con el entorno se condicionan mutuamente.

Los hallazgos neurocientíficos respaldan este punto de vista. Además, existen indicios de que las señales del interior de nuestro cuerpo, por ejemplo, del corazón o del intestino, activan la sensación del yo.

Muchos científicos han dejado de considerar el cerebro como el «origen» de la consciencia. Este se alimenta en todo momento del cuerpo en su conjunto.

Es un día caluroso de primavera. Imagine que se encuentra tumbado sobre la hierba y que siente los cálidos rayos de sol en la cara. Al estirar el brazo, roza las flores que se mecen suavemente con el viento. No parece que exista nada más importante que este prado y sus propias sensaciones. Pero la verdad es otra: hace unos días, un científico loco irrumpió en su casa, lo anestesió, le serró el cráneo y le extirpó el cerebro, que ahora está sumergido en un tarro con un medio de cultivo líquido para que las células de la sustancia gris no mueran. Un superordenador conectado a los extremos de los nervios estimula al órgano como si recibiera estímulos del entorno, de manera que usted crea que continúa vivo.

A principios de los años setenta del siglo pasado circulaban múltiples versiones de este experimento mental filosófico (la que acaba de leer está inspirada en «Cerebros en una cubeta»,de Hilary Putnam y publicada en Razón, verdad e historia en 1981). De acuerdo con la teoría exten­dida entre los científicos cognitivos de aquellos tiempos, el cerebro funciona como un ordenador. Este órgano de unos 1300 gramos de peso produce la consciencia, de manera que todos nuestros deseos, sentimientos o pensamientos constituyen representaciones simbólicas. En principio, por tanto, serían algo así como los algoritmos de un software ridículamente complicado. Algunos pensadores argumentan que, sencillamente, no podríamos saber si existimos como personas o si no somos más que cerebros en un tarro.

En las últimas décadas ha surgido un creciente rechazo al «modelo computacional de la mente» —y, por cierto, entre sus propias filas—. Algunos defensores de la cognición corporizada hacen hincapié en un hecho que quizá los neurocientíficos pasan por alto, particularmente cuando exploran a sujetos que yacen inmóviles en el tomógrafo: las personas son seres vivos con un cuerpo que durante la mayor parte de su existencia se mueve en el mundo e interactúa con él. Por esa razón, para los seguidores de la tesis de la corporización, la consciencia se halla indisolublemente unida a un cuerpo en acción.

Hace tiempo que el concepto de corporización forma parte de las ciencias de la vida, como la psicología, la psiquiatría, la psicoterapia y, por supuesto, las neurociencias. Por lo general, este término se emplea cuando se demuestra que la influencia del cuerpo sobre la mente es mayor de lo que se pensaba. Ahora, los neurocientíficos deben lidiar con la pregunta de si no han estado buscando la consciencia en el sitio equivocado.

Artículos relacionados

Puedes obtener el artículo en...

¿Tienes acceso?

Los boletines de Investigación y Ciencia

Elige qué contenidos quieres recibir.