El ser humano y su paraíso

La importancia del contacto con la naturaleza para la salud.

Perdiendo el Edén

Por qué necesitamos estar en contacto con la naturaleza

Lucy Jones

Gatopardo, 2021

320 págs.

 

Lucy Jones inicia su libro Perdiendo el Edén imaginando cómo sería un futuro en el que los humanos hemos continuado destruyendo la naturaleza. Los pinos, las mariposas limoneras, las violetas y los topillos ya no existen. ¿Qué significaría eso para la humanidad?

A partir de esta pregunta, esta periodista, que ha escrito para periódicos como The Guardian y The Sunday Times, además de para la BBC, sobre temas de salud y medioambiente, reflexiona acerca del papel que la naturaleza ha desempeñado en su vida hasta ahora. Su psique, explica, no siempre ha estado equilibrada. En varias ocasiones requirió tratamiento para superar sus problemas de adicción. Con el tiempo halló apoyo en la naturaleza, por ejemplo, en el peral ante su ventana. Las hojas cambiantes del árbol la anclaban en las estaciones del año. Esa experiencia la llevó a investigar a fondo el poder curativo de la naturaleza.

En su pesquisa se topó con el sentimiento de asombro, el cual ha despertado el interés de los investigadores en los últimos años [véase «Admiración, un sentimiento con muchos matices», por Patricia Thivissen; Mente y Cerebro, n.o 97, 2019]. Según Jones, se ha demostrado que dicha experiencia reduce el estrés y aumenta la sensación de felicidad. Un estudio llevado a cabo por la psicóloga Jennifer Estelar, de la Universidad de Toronto, demuestra que emociones positivas como esta pueden disminuir ciertos niveles de citoquinas, biomarcadores de inflamación, en el cuerpo. Los paisajes con una impresionante cascada o un majestuoso dosel arbóreo despiertan con especial facilidad el sentimiento de asombro.

El hecho de que reaccionemos con intensidad a ciertos paisajes se debe, argumenta Jones, a la herencia evolutiva de nuestra especie. Al parecer, nuestra preferencia estética por los árboles de hoja caduca que dan sombra, los prados frondosos y las exuberantes praderas al borde del curso de agua de los ríos se halla fuertemente fijada en nuestros genes. Las conversaciones con el conocido biólogo E. O. Wilson llevan a Jones al concepto de biofilia, es decir, la idea de que los humanos sienten una afiliación emocional hacia todos los seres vivos. Por ejemplo, los niños se sienten atraídos por los animales y los urbanitas decoran sus apartamentos y balcones con plantas de maceta.

La autora ve como prueba del efecto que la naturaleza ejerce sobre el cuerpo y la mente de los humanos un estudio, en el que los pacientes ingresados en un hospital que veían espacios verdes a través de la ventana de su habitación sanaban antes y requerían menos analgésicos que los enfermos que miraban a la pared. Pero solo se evaluaron a 46 personas. Desafortunadamente, Jones apenas menciona esta limitación ni otros problemas metodológicos de los estudios que cita en su alegato. Con todo, su argumentación resulta convincente y confirma la sensación que se ha apoderado de muchos desde hace tiempo: necesitamos el contacto con la naturaleza para ser felices, por lo que deberíamos cuidar de ella.

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