La primera clínica trans del mundo

El primer Instituto de Sexología de la historia cumpliría más de un siglo si los nazis no lo hubiesen destruido.

Fiesta de disfraces en el Instituto de Sexología, en Berlín. Se desconoce la fecha y el fotógrafo. Magnus Hirschfeld (con gafas) aparece de la mano de su pareja, Karl Giese (en el centro). [Magnus-Hirschfeld-Gesellschaft e.V., Berlin]

En síntesis

Las circunstancias y la propia orientación sexual llevaron al médico Magnus Hirschfeld (1868-1935) a especializarse en sexología y a luchar por los derechos y la salud de las personas con una sexualidad que no encajaba con el canon heterosexual vigente.

En 1919 fundó el Instituto de Sexología en Berlín. Unos diez años después, ya se practicaban operaciones de «conversión genital». También se investigaba, educaba sobre sexualidad y daba refugio a las personas con «estados sexuales intermedios». El centro reunía una inmensa biblioteca sobre sexualidad.

Con la llegada de los nazis al poder, los más de 20.000 volúmenes fueron pasto de las llamas y se persiguió y exterminó a homosexuales y transexuales. Hirschfeld, homosexual judío y considerado por los nazis uno de los mayores ofensores de la raza aria, huyó a Niza. En 1935 murió a causa de un ictus.

A altas horas de una noche de principios del sigloxx, el joven médico Magnus Hirschfeld (1868-1935) se encontró con un soldado en la puerta de su consulta en Alemania. Aquel hombre había ido hasta allí, atenazado por la angustia, para confesar que era un uranista, es decir, un homosexual. Por esa razón había esperado a que cayese la oscuridad. Hablar de esos asuntos era peligroso. El infame «artículo 175» del código penal alemán criminalizaba la homosexualidad. Un militar acusado de dicho delito podía acabar degradado y despojado de todos sus títulos, antes de dar con sus huesos en la cárcel.

Hirschfeld, quien era homosexual y judío, comprendió perfectamente la aflicción de aquel soldado, e hizo lo posible para reconfortar a su paciente. Pero el muchacho ya había tomado una determinación. Era la víspera de su boda, una adversidad que se veía incapaz de afrontar. Poco después, se pegó un tiro.

El soldado legó a Hirschfeld sus documentos personales, junto con una carta en la que le decía: «Pensar que usted pueda contribuir a que la patria germana, en un futuro, nos vea en términos más justos endulza la hora de mi muerte». A Hirschfeld le persiguió siempre esa pérdida innecesaria. El soldado se había referido a sí mismo como un «maldito», apto solo para morir, porque las expectativas de las normas heterosexuales, reforzadas por el matrimonio y la ley, no daban cabida a los de su condición. Hirschfeld escribió, en Historia sexual de la Guerra Mundial, que estas desgarradoras historias «nos colocan ante la tragedia alemana: ¿cuál era su patria y por qué libertad luchaban?» A raíz de aquel suicidio solitario, Hirschfeld abandonó la medicina y emprendió una cruzada por la justicia que cambiaría la historia de las sexualidades disidentes.

Se especializó en salud sexual, un área de interés creciente en la época. Muchos de sus antecesores y contemporáneos creían que la homosexualidad era patológica, y utilizaban las nuevas teorías de la psicología para tacharla de enfermedad mental. Hirschfeld, por el contrario, argumentaba que una persona podía nacer con características que no encajaban en el canon heterosexual o dual y defendía que existía un «tercer» sexo. Para denominar a las personas que no se ajustaban a ese canon, propuso el término «estados sexuales intermedios», que englobaba lo que él llamaba homosexuales «situacionales» y «constitucionales», como reconocimiento de que suele haber un espectro de prácticas bisexuales, y a los «travestidos». Este último grupo estaba integrado por quienes deseaban vestir las prendas propias del sexo opuesto y quienes, «desde el punto de vista de su carácter», debían ser consideradas personas del sexo opuesto. Un soldado con el que trabajó afirmaba que vestirse de mujer era su oportunidad de «ser un ser humano, al menos por un instante». Hirschfeld también observó que estas personas podían ser tanto homosexuales como heterosexuales, algo que sigue causando mucha confusión hoy en día en torno a las personas transgénero.

Quizá más sorprendente fue la inclusión de las personas sin género fijo, algo parecido al concepto actual de fluidez de género o identidad no binaria (entre ellos se contaba a la escritora francesa George Sand). Lo más importante para Hirschfeld era que estas personas actuaban «según su naturaleza», no contra ella.

Si estas ideas parecen increíblemente avanzadas para la época, es porque lo eran. Posiblemente sean más avanzadas que las actuales, cien años después. Hoy, las opiniones contra lo trans insisten en que ser transgénero es algo nuevo y antinatural. Tras la decisión de un tribunal británico de 2020 que recortaba los derechos de los trans, un editorial en The Economist sostenía que los demás países debían seguir el ejemplo, mientras que The Observer elogiaba al tribunal por no plegarse a la «tendencia perturbadora» de ofrecer tratamientos de afirmación de género a los menores como parte de su tránsito.

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