Las raíces de la amistad

¿Para qué están los amigos? ¿Por qué los elegimos? Los investigadores han descubierto paralelismos asombrosos entre los humanos y los animales.

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En síntesis

Solo en pocas ocasiones los encuentros casuales acaban en una amistad duradera. Junto a intereses y características similares, a ello contribuye sobre todo ayudarse mutuamente.

También en el reino animal existen relaciones altruistas entre dos individuos o en grupos pequeños que ofrecen ventajas importantes para la supervivencia, reducen el estrés y facilitan la curación de heridas.

Puesto que las amistades deben cuidarse, la mayoría de las personas mantienen relaciones estrechas con pocos congéneres, de media, unos cinco.

En junio de 2016, comenzó un experimento sociopsicológico en la Universidad Técnica de Suiza (ETH) en Zúrich. Los investigadores invitaron a estudiantes del nuevo año académico a una actividad informativa; al azar, los distribuyeron en pequeños grupos. Junto a sus compañeros, los novatos dieron una vuelta por el campus, hablaron y almorzaron juntos en el comedor universitario.

Cuando, tres meses después, preguntaron a los voluntarios sobre los buenos amigos que habían conocido ese año, muchos nombraron a alguien de su antiguo grupo de bienvenida, bastantes más de los que cabía esperar dada la elevada cantidad de otros compañeros.

Sin embargo, muchas de esas amistades tempranas no fueron duraderas, indican Christoph Stadtfeld, profesor de redes sociales en Zúrich, y su compañera de trabajo, Zsófia Boda. En el transcurso del primer año académico, más de una de cada dos amistades llegaba a su fin. Al mismo tiempo, los universitarios del primer año de carrera ganaron otros muchos nuevos amigos.

Con certeza, la casualidad influye en quién va a ser nuestra próxima amistad, pero que de ahí surja un vínculo duradero depende de varios factores. El psicólogo Robin Dunbar, de la Universidad de Oxford, describió el fenómeno mediante el ejemplo del «colegio como puerta a las amistades»: cuando los escolares que son compañeros de clase se hacen amigos, ello suele extenderse a los padres: mientras esperan a su hijo a la salida del colegio, empiezan a conversar entre ellos. Se invitan a los cumpleaños del niño o a una barbacoa o incluso acaban yéndose juntos de vacaciones. «Pero en cuanto la relación de los hijos se enfría, porque van a universidades diferentes, por ejemplo, los padres también se pierden de vista, a menudo de un día a otro», explica Dunbar.

¿Qué determina que la relación perdurará? ¿Por qué tenemos amigos? Estas cuestiones ya ocupaban a Aristóteles (384-322 a. C.). El filósofo griego distinguía las amistades basadas principalmente en la diversión o sacar provecho de la relación de aquellas en las que existe un aprecio sincero por el otro. Estas últimas las denominó «amistades perfectas».

Los científicos actuales lo ven de forma más sobria. «El origen evolutivo de la amistad se halla seguramente relacionado con el hecho de que resulta beneficiosa para ambos implicados», describe Oliver Schülke, ecólogo del comportamiento en la Universidad de Gotinga. «Si dicho beneficio se distribuye de forma desigual, en algún momento se rompe la relación. De pronto se acaba, aunque la relación fuera muy buena anteriormente».

El elemento estratégico de la ayuda

A nadie le gusta que lo utilicen. Cuando apoyamos a otra persona, por lo general esperamos que esta se comporte con nosotros de igual modo cuando la necesitemos. Nuestra ayuda, por muy altruista que pueda parecer en ese momento, implica un elemento estratégico.

Ello se refleja incluso en la actividad cerebral, como sugiere un estudio publicado en 2018 por investigadores de la Universidad de Berna. Según indican, cuando ayudamos a los amigos, no a extraños, la corteza prefrontal dorsolateral, una región del lóbulo frontal, desempeña una función importante. Se sabe que dicha región se activa cuando tomamos decisiones estratégicas (por ejemplo, cuando anteponemos las ventajas a largo plazo a los impulsos egoístas).

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