Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarte el uso de la web mediante el análisis de tus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúas navegando, consideramos que aceptas nuestra Política de cookies .

Lola o el éxito a cualquier precio

A los 13 años, Lola es una muchacha disciplinada, trabajadora e inteligente. Quiere triunfar como gimnasta, pero su anhelo se quiebra cuando desarrolla una anorexia. En ese momento descubre que su sueño es, en realidad, el de sus padres.

GETTY IMAGES / ALEXEMANUEL / ISTOCK

En síntesis

Lola, gimnasta de competición, padece anorexia. El psicólogo averigua que su entrenadora no es otra que su madre, antigua gimnasta, que le impone un entrenamiento severo y dietas estrictas.

Los padres de Lola presentan un síndrome del éxito por poderes. Obsesionados con el triunfo de su hija, la explotan hasta que se desmorona.

Después de la terapia familiar, Lola retoma sus estudios y se olvida de la gimnasia. Pero le quedan secuelas profundas.

Si usted hubiera visto a Lola como la vi yo la primera vez se habría quedado impactado: una adolescente encogida sobre sí misma en una silla de la sala de espera de la consulta psiquiátrica. A su lado se encontraba un hombre tan abatido como ella. Frente a ambos, una mujer de aspecto vigoroso y enérgico se levantó de un brinco al verme. Una vez en mi despacho, monopolizó la conversación.

«Hemos venido a verle de parte del doctor X. Queremos que se ocupe de Lola, de su anorexia.» Bastaba con mirar a Lola para darse cuenta de que estaba excesivamente delgada. Su índice de masa corporal era inferior a 14. Imagínense una chica de 13 años que mide 1,40 metros y pesa menos de 27 kilos. Estaba gravemente desnutrida y tras la piel pálida se traslucían sus articulaciones. Todo ello le ocasionaba graves problemas cardiovasculares.

A lo largo de la entrevista, la madre de Lola jamás perdió su tono firme y seguro. Según explicó, todo comenzó cuando Lola tenía 11 años. Su historia se parece a la de muchos pacientes con anorexia: desde muy pronto, la niña detestaba algunas partes de su cuerpo, pues las encontraba demasiado gordas, a pesar de su inquietante delgadez objetiva (trastorno de la percepción que se conoce como dismorfofobia o trastorno dismórfico corporal). A ello se sumaba una negación de su propio estado (anosognosia) y una hiperactividad psíquica e intelectual. Esta situación obedecía, como aprecié en ese momento, a la dedicación exagerada de Lola a la escuela y a su actividad deportiva, la gimnasia. Aún recuerdo la frase de la madre: «Lola debe centrarse en alcanzar el podio, porque es una gran deportista».

Obsesión por el rendimiento

Antes de su ingreso en el hospital, Lola era una gimnasta nacional con excelentes clasificaciones. En pocas palabras, una promesa de la gimnasia femenina. ¿Tenía eso que ver con su problema? Las capacidades cognitiva y emocional de esta adolescente habían girado siempre en torno a una intensa preocupación por el cuerpo, el controlar el peso y el ejercicio físico. Su anorexia, más allá del síntoma «clásico» de la enfermedad, se caracterizaba por una hiperactividad permanente y resistente a todas las terapias ambulatorias y, posteriormente, hospitalarias. El médico que la atendía por entonces refirió comportamientos obsesivos, entre ellos, entrenamientos con el propio peso corporal (como flexiones, incluso verticales, en las que apoyaba la espalda contra la pared) que ponían su vida en peligro, habida cuenta de sus problemas cardiovasculares. Padecía bradicardia, es decir, un descenso del ritmo cardíaco.

Puedes obtener el artículo en...

¿Tienes acceso?

Los boletines de Investigación y Ciencia

Elige qué contenidos quieres recibir.