Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarte el uso de la web mediante el análisis de tus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúas navegando, consideramos que aceptas nuestra Política de cookies .

El error de la lobotomía

A mediados del siglo XX, los médicos sometieron a miles de personas, con frecuencia sin contar con su autorización, a una intervención cerebral agresiva con la que pretendían aliviar enfermedades psíquicas. Un método erróneo que originó numerosas víctimas.

El neurólogo Walter Freeman (1895-1972) practica en un joven paciente
una lobotomía con la «técnica del picahielo». [Getty Images / Bettmann Archive]

En síntesis

En 1935, el neurólogo portugués ­António Egas Moniz presentó a la ciencia su método para tratar ciertas psicosis: la «leucotomía», que consistía en cortar las conexiones de la corteza prefrontal del cerebro. Al otro lado del Atlántico, el médico Walter Freeman simplificó la intervención de Egas Moniz, la cual pasó a llamarse «lobotomía».

A partir de 1946, Freeman introdujo la lobotomía transorbital, o «técnica del picahielo», como método ambulatorio. Este tratamiento se aplicó en miles de personas. Las irreparables lesiones cerebrales que les produjo son un triste ejemplo de los errores cometidos en nombre de la medicina.

Desde los años cincuenta, el número de lobotomías disminuyó de manera progresiva. Sin embargo, Freeman continuó aplicando su técnica hasta 1967, incluso en pacientes menores de edad y, en algunos casos, sin el conocimiento o la autorización del afectado.

Howard Dully no sospechaba lo que aquel día de diciembre de 1960 le iba a suceder. Su médico, Walter Freeman, le había dicho que tenía que realizarle algunas pruebas. El neurólogo acompañó al paciente, que por entonces tenía 12 años cumplidos, a una sala de tratamientos del Hospital General en la ciudad californiana de San José. Sujetaron a Howard a la cama y le aplicaron varios electrochoques para provocarle un estado de narcosis. A continuación, Freeman pinchó de manera repetida unos instrumentos puntiagudos, similares a unos picahielos, bajo los pliegues de los párpados superiores derecho e izquierdo del joven, y los dirigió lentamente en dirección al cerebro. Cuando los extremos de esas afiladas herramientas tropezaron con el hueso del cráneo, el médico las penetró mediante suaves golpes de martillo hasta el lóbulo frontal, introduciéndolas en total unos siete centímetros. Con movimientos circulares que efectuaba desde diversos ángulos, cortó las fibras nerviosas que llegan a ambos lados de la corteza prefrontal.

La intervención duró apenas unos diez minutos. Incluso tras recuperar la consciencia, Howard ignoraba qué le habían hecho. Solo más tarde supo que Freeman le había practicado una lobotomía transorbital. Según este último, el joven sufría una «esquizofrenia infantil», diagnóstico que, al parecer, determinó después de que la madrastra de Howard se quejara de que su hijo se había vuelto rebelde y salvaje, por lo que le tenía miedo. El objetivo de la intervención quirúrgica no era otro que cambiar la personalidad del joven y apaciguarlo. Lo ­lograron: cuando abandonó el hospital al cabo de cinco días de la intervención, había cambiado. Howard parecía desinteresado e indiferente a todo.

En la actualidad, muchas personas conocen la lobotomía, sobre todo, por las narraciones y representaciones populares, entre ellas, la película Alguien voló sobre el nido del cuco. En este film de 1975, Jack Nicholson interpreta al delincuente Randle McMurphy, a quien internan en una clínica psiquiátrica a causa de su comportamiento rebelde. Para combatirlo, le someten en contra de su voluntad a una operación cerebral. Desde ese día, McMurphy parece otro: su personalidad se antoja aniquilada y su conducta queda reducida a la de un autómata.

Hito de la neurocirugía

Si bien hoy la lobotomía se considera una intervención brutal capaz de transformar a las personas en zombis carentes de sentimientos, hace unos años la visión era completamente distinta. A mediados del siglo xx, este procedimiento se celebró como un hito de la neurocirugía. Su descubridor, António Egas Moniz (1874-1955), recibió en 1949 el premio Nobel de fisiología o medicina por «el descubrimiento del valor terapéutico de la leucotomía prefrontal para determinadas psicosis». Este neurólogo portugués estaba convencido de que las enfermedades psíquicas se debían a «ideas obsesivas» procedentes de vías nerviosas y sinapsis exageradamente «estabilizadas». Puesto que suponía que el lóbulo frontal desempeñaba una función particularmente importante para la psique, dirigió su atención a dicha área cerebral. En 1935, un neurocirujano llevó a cabo, bajo la dirección de Egas Moniz, las primeras «leucotomías» (del griego leuko, «sustancia blanca», y tome, «corte»; nombre con el que describía el método su descubridor). No obstante, ya por esa época el procedimiento se puso en tela de juicio, sobre todo, por parte de los científicos europeos.

Puedes obtener el artículo en...

¿Tienes acceso?

Los boletines de Investigación y Ciencia

Elige qué contenidos quieres recibir.