Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarte el uso de la web mediante el análisis de tus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúas navegando, consideramos que aceptas nuestra Política de cookies .

El método canguro

La carencia aguza el ingenio. Ante la falta de incubadoras, el médico Edgar Rey Sanabria, del Instituto Materno Infantil de Bogotá, tomó una medida contundente: colocó a los neonatos prematuros sobre el pecho desnudo de su madre durante todo el día. Consiguió salvarles mucho más que la vida.

En el método madre canguro, la madre amamanta a su hijo prematuro en contacto piel con piel. Ello favorece el aumento de peso y desarrollo del bebé. [Cortesía de la Fundación Canguro]

En síntesis

Con el método madre canguro (MMC), los neonatos prematuros o con bajo peso permanecen en contacto piel con piel sobre el pecho de la madre o del padre.

El MMC resulta igual o incluso más efectivo que el cuidado del prematuro con una incubadora. El método propicia, entre otros efectos, una disminución del índice de mortalidad y del riesgo de enfermedad, un aumento en el crecimiento del niño y un mayor desarrollo cognitivo durante los primeros años de vida.

Según un estudio a largo plazo de 2016, una vez cumplidos los 20 años, los «niños canguro» manifiestan un cociente intelectual más elevado y presentan menos problemas psicosociales que los neonatos prematuros cuidados en incubadora.

Carmela Torres tenía 18 años cuando se quedó embarazada por primera vez. Corrían los años ochenta del siglo pasado cuando ella y su por entonces novio Pablo Hernández se mudaron a Bogotá en busca de libertad y una vida mejor. Ambos habían crecido en la región costera colombiana de Montería. Cuando Carmela explicó a su padre que se había quedado embarazada sin estar casada, el hombre entró en cólera y dejó de hablarle.

La joven no se dejó intimidar. Su embarazo cursó sin problemas hasta que, una tarde de diciembre, empezó a sentir fuertes contracciones. Pero todavía faltaban dos meses para salir de cuentas. Llamó a Pablo. Juntos se apresuraron al Instituto Materno Infantil del Este de Bogotá. Poco después de llegar al centro, dio a luz de manera natural a un niño de 1650 gramos de peso.

Antes de que pudiese tomar al pequeño entre sus brazos, se lo llevaron a la unidad de cuidados intensivos neonatal. A ella solo le explicaron que ya podía vestirse e irse a casa. «No pude abrazar al niño ni una sola vez», recuerda Carmela. «Me dijeron que podía volver para verlo. Pero el tiempo que me dejaban estar con él era muy limitado; solo unas pocas horas al día. Durante la visita lo podía mirar, pero no tocar.» Al tercer día, cuando estaba a punto de salir de casa para dirigirse al hospital a ver a su hijo, sonó el teléfono. «Llamaban del centro hospitalario para comunicarme que mi hijo había fallecido. No me dijeron el motivo ni el diagnóstico. Todavía no le había puesto ni nombre.»

Carmela estaba traumatizada y corría el riesgo de caer en una depresión. Sabía que tenía que actuar si quería recuperarse. Se inscribió en un programa de formación para profesores y se volcó en sus estudios. «Tenía algo en lo que concentrarme», explica. «Eso me salvó.»

Pasaron más de cinco años hasta que se sintió preparada para un nuevo embarazo. Esta vez fue distinto. Se había casado con Pablo y adaptado a la vida en Bogotá. Incluso su padre volvía a hablarle. Se sentía tan contenta que algunos meses antes del nacimiento de su hijo dio una gran fiesta para celebrar su futura maternidad. El día de la fiesta empezó a sentir, como la última vez, fuertes contracciones. Sonrió, no dijo ni una palabra, e hizo como si nada pasara. Por la tarde, cuando todos los invitados ya se habían ido, no pudo ocultarlo más. Se lo contó todo a su marido, quien, de inmediato, la llevó al Instituto Materno Infantil.

«Cuando llegamos, el médico se mostró muy enfadado porque no habíamos ido antes. Dijo que el nacimiento era inminente», narra Carmela. «Me quedé de piedra. ¡No quería otro parto prematuro! Me llevaron a la misma unidad en la que nació mi primer hijo. Los recuerdos afluyeron torrencialmente en mi cabeza. Sentía un intenso estrés.» A la una de la madrugada trajo un niño al mundo. Rápidamente, le puso nombre: Julián. Pesó casi tan poco como el primero y, como entonces, se lo llevaron a la unidad de cuidados intensivos. La historia parecía repetirse.

Puedes obtener el artículo en...

¿Tienes acceso?

Los boletines de Investigación y Ciencia

Elige qué contenidos quieres recibir.