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  • Septiembre/Octubre 2014Nº 68
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Reseña

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X e Y

Diferencias genéticas y límites de la ideología de género.

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SEX ITSELF. THE SEARCH FOR MALE & FEMALE IN THE HUMAN GENOME
Por Sarah S. Richardson. The University of Chicago Press, Chicago, 2013.


Charles Darwin puso la sexualidad en el epicentro de su teoría sobre la evolución. Absoluto misterio en su tiempo, extendida en todo el mundo animal, la sexualidad apareció hace unos 2000 millones de años. Pudo acelerar la evolución y constituyó una poderosa defensa contra el parasitismo. Hace unos 300 millones de años, los cromosomas humanos X e Y evolucionaron a partir de un par ordinario de autosomas. Dejaron escasas huellas de su origen, aunque sí sabemos que, desde muy pronto, comenzó la degradación del cromosoma Y. Por culpa de tan extensa degeneración, el cromosoma Y humano es mucho menor que el cromosoma X. Solo sobrevivió un tres por ciento de sus genes ancestrales, comparado con el 98 por ciento en el cromosoma X. La degeneración se detuvo, no obstante, en el curso de los últimos 25 millones de años.

Los cromosomas encerrados en el núcleo de cada una de nuestras células constan de ADN compacto. Los humanos poseemos 23 pares de cromosomas. Cada par consta de un cromosoma procedente del óvulo materno y otro del espermatozoide paterno. Hay 22 pares homólogos. El par vigésimo tercero es diferente. En el caso del varón comprende un X asociado con el Y. El varón es XY; la mujer posee un par de cromosomas X: es XX. (El varón con síndrome de Klinefelter presenta un cromosoma X adicional; su genoma es XXY; la mujer con síndrome de Turner presenta un cromosoma X menos; su genoma es X0.)

El cromosoma Y resulta particularmente vulnerable a las deleciones génicas porque no es socio que se empareje con el cromosoma X. No puede, pues, apoyarse en la recombinación homóloga para recuperar información genética perdida. Durante largo tiempo la ciencia lo consideró una suerte de parte esclerotizada del genoma. Pero la comparación exhaustiva del cromosoma Y en humanos con el correspondiente en chimpancés puso de relieve una realidad muy distinta, hasta el punto de convertirlo en arquetipo de la evolución. Con el tiempo habría retenido solo los genes necesarios para determinar el sexo y producir espermatozoides.

Humanos y chimpancés se solapan en un 98 por ciento de su genoma. En ello se apoyaban los investigadores para suponer que su cromosoma Y sería bastante igual. Pero cuando en 2010 David Page y su equipo, del Instituto Tecnológico de Massachusetts, secuenciaron la región específica del macho en el cromosoma Y de los chimpancés (MSY), que abarca el 95 por ciento de Y, y lo compararon luego con la región MSY de humanos, se encontraron con una sorpresa: más del 30 por ciento del ADN difería de una especie a otra. De ello se desprendía que el cromosoma Y había experimentado una profunda remodelación en el transcurso de los seis millones de años que divergieron a partir de su último antepasado común. Se descubrió que el Y del chimpancé había perdido muchos genes que conservaba el ser humano, lo que podría interpretarse como una mayor cercanía de los humanos con el antepasado común. Y lo que era crucial: la región MSY del chimpancé había adquirido dos veces más palíndromos que la región MSY del hombre. (Los palíndromos son bloques de ADN en los que la secuencia de nucleótidos es imagen especular de la secuencia de su cadena complementaria.) Ello comportó otros cambios en el cromosoma Y del chimpancé.

El desarrollo sexual femenino está dirigido por hormonas que operan en concierto con genes portados por muchos cromosomas. De hecho, el cromosoma X es, cabe presumir, más importante para la biología del varón, si reparamos en el número de enfermedades ligadas al cromosoma X que son exclusivas del hombre. Pese a lo cual no es raro encontrar a científicos y médicos que siguen atribuyendo el comportamiento femenino al cromosoma X y suponen que los genes y caracteres femeninos vienen mediados por dicho cromosoma.

Los estudios sobre los cromosomas se originaron en el ámbito de la citología. Debemos a Walter Flemming el hallazgo y descripción, en 1882, de la separación y copia de unas hebras del núcleo durante la división celular. En 1888 Heinrich Waldeyer imponía el nombre de cromosomas a esas hebras. Los estudios experimentales de los años subsiguientes confirmaron que el material hereditario debía ubicarse en el núcleo celular.

En 1891 Hermann Henking descubrió un elemento atípico en el esperma de Pyrrhocoris apternis; le parecía una suerte de cromosoma raro. Inseguro de su naturaleza real, le llamó cromosoma X. Tras muchos titubeos iniciales, Clarence E. McClung se convenció, en 1902, de que se trataba de un cromosoma genuino. Por su parte, en 1903, William Bateson confirmó las leyes de Mendel sobre la herencia y su tesis sobre caracteres dominantes y caracteres recesivos. Por entonces también, Theodor Boveri y Walter Sutton demostrarían que los cromosomas eran cuerpos autónomos, portadores ideales para vehicular la transmisión hereditaria.

Boveri mostró que cada especie se caracterizaba por un conjunto peculiar de cromosomas, que cada cromosoma era único y que los cromosomas homólogos formaban pares procedentes, cada uno, de un progenitor. Sobre esa base, Boveri creía que los cromosomas se especializaban en diferentes funciones y portaban los factores genéticos de los caracteres biológicos. Sutton afirmaba, además, que los cromosomas contenían los alelos mendelianos. Los cromosomas, que se presentaban en pares homólogos, se segregaban y distribuían aleatoriamente durante la división celular. Sutton conectó la división meiótica y recombinación de los cromosomas con la segregación de los factores hereditarios mendelianos. En 1905 Nettie Maria Stvens confirmaba lo expuesto por McClung y daba un paso decisivo hacia delante con el cromosoma que determinaba la feminidad. Descubrió también el cromosoma Y. Edmund Wilson acuñó la expresión «cromosomas sexuales», o gonocromosomas, en 1906.

Entre 1910 y 1920 la teoría de la herencia cromosómica absorbió buena parte del trabajo del famoso «laboratorio de las moscas» de Thomas Hunt Morgan. La mayoría de las moscas tenían rojos los ojos, pero en 1910 Morgan encontró un mutante raro de mosca macho con ojos blancos. Al cruzarlo con hembra de ojos rojos, los machos de ojos blancos desaparecieron en la primera generación, pero reaparecieron en la siguiente. Cuando cruzaba una hembra de ojos blancos con macho de ojos rojos, todos los machos de la progenie presentaban ojos blancos. La única explicación de ese patrón de herencia, que nos es familiar desde el conocimiento de la hemofilia en humanos, estribaba en que la variante de ojos blancos era recesiva y la portaba el cromosoma X. Se trataba de un carácter ligado al sexo. El ligamiento sexual permitió que los caracteres fenotípicos se cartografiaran para el cromosoma X y abrieron un mundo de cartografía ligada al sexo por lo que respecta a la cognición, inteligencia y conducta.

A comienzos del siglo XX, predominaba la teoría metabólica. Los biólogos creían que la tasa metabólica mediaba en la masculinidad y feminidad; determinaba si un óvulo fecundado se convertía en macho o en hembra. Más tarde, en los años veinte, emergió el modelo hormonal.

La sexualidad fenotípica viable para la reproducción en los humanos constituye un proceso en tres etapas: iniciación cromosómica y genética de determinación de las gónadas (ovarios o testes), seguidos por la producción de una proporción correcta de esteroides sexuales (andrógenos y estrógenos), que conduce al desarrollo y diferenciación de los órganos de la reproducción y caracteres sexuales secundarios. En los varones, la determinación de los testes comienza durante el desarrollo fetal. Ello implica una vía genética que requiere el gen SRY en el cromosoma Y y del gen S0X9 en el cromosoma 17. (Hoy sabemos que, en realidad, el gen SRY, descubierto en 1990 en el cromosoma Y, constituye uno más entre los muchos factores determinantes del sexo en el desarrollo sexual de los mamíferos.)

En el dominio de lo cultural, el cromosoma X humano concentraría los rasgos atribuidos a la feminidad: sociabilidad, control, conservadurismo o sentimientos maternales. En cambio, el Y resumiría las cualidades arquetípicamente asignadas a la masculinidad: viril, activo, inteligente, dominante y degenerativo, indolente e hiperactivo. Gayle Rubin había distinguido, en los años setenta, entre la categoría biológica de sexo (macho o hembra) y las funciones y expectativas sociales de género (masculinidad y feminidad).

Mas, por ironía de las cosas, la distinción entre sexo y género sirvió para reforzar la noción de X e Y como detentadores del sexo. En las postrimerías del siglo xx, la sociedad occidental acometió una revolución en los roles de género, significados por la introducción de la mujer en la vida pública. La terapia hormonal y la cirugía de reconstrucción avanzó hasta el punto de poder alterar la química y la anatomía del cuerpo, con los caracteres secundarios de la sexualidad. El cuerpo morfológico, genital, gonadal, hormonal se hizo más fluido y mudable. Pero la dotación sexual cromosómica persistía intacta, como fundamento del concepto biológico de sexualidad. Y en eso estamos.

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