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1 de Julio de 2019
Psicología

Admiración, un sentimiento con muchos matices

Sentir admiración, estupor y quedarse sin respiración ante un hecho es un arma de doble filo: puede hacernos felices y ­reforzar nuestro vínculo con los demás, pero también provocarnos miedo e inseguridad. Se trata de una emoción con contrastes.

Observar una puesta de sol causa admiración en muchas personas. [Getty Images / valio84sl / iStock]

En síntesis

La admiración es un sentimiento ambivalente. Solemos sentirlo como positivo y enriquecedor, pero dado que hace que nos sintamos pequeños, también puede afectar el ánimo.

En este estado, el sí mismo se torna menos importante y entra a formar parte de un marco más grande, generalmente, social. Con frecuencia, ello fortalece el sentimiento de comunidad.

Para fomentar las experiencias positivas de la admiración deberíamos prestar atención más a menudo a los «pequeños milagros» cotidianos. Ello favorece la salud y bienestar.

Existen esos momentos especiales que cada uno de nosotros ha vivido alguna vez. El corazón de nuestro bebé que vemos latir en la pantalla del ecógrafo; cuando la abuela, en fase terminal, nos aprieta la mano y nos sonríe, o cuando vemos una puesta de sol un cálido día de verano. En esos momentos se encoge el ego y nos sentimos unidos a algo grandioso. Dicho en pocas palabras: sentimos admiración, estupor, asombro, y nos quedamos casi sin respiración. Una emoción que los ingleses resumen con la palabra awe.

Esa palabra esconde, por una parte, temor y, por otra, tiene un componente contemplativo y casi solemne. Experimentamos admiración en situaciones muy distintas­: una experiencia íntima, un fenómeno de la naturaleza, una revelación espiritual o, simplemente, un encuentro con una persona carismática. Incluso el casi imposible tiro a puerta del futbolista en el tiempo de descuento provoca ese sentimiento en algunos de sus seguidores. También la observación banal puede despertar admiración, como ver a un niño que está inmerso en su juego.

Los psicólogos investigan esta compleja emoción desde hace relativamente poco tiempo. En el año 2003, Dacher Keltner, de la Universidad de California en Berkeley, y Jonathan Haidt, de la Universidad de Nueva York, presentaron una teoría de la admiración que comprendía dos aspectos: inmensidad y acomodación. El término inmensidad se refiere a que experimentamos algo que se nos muestra más grande o poderoso que nosotros mismos y que nuestra existencia. Con acomodación, el psicólogo del desarrollo Jean Piaget (1896-1980) describió el proceso por el que los niños pequeños ajustan sus esquemas cognitivos a la realidad: si se encuentran con un animal (un gato) que no encaja muy bien con el concepto ya aprendido de «guau guau» (perro), construyen con rapidez una nueva categoría, «miau».

De forma análoga, según Keltner y Haidt, la acomodación describe en este caso un impulso hacia la adaptación mental. Queremos dar sentido a lo que nos parece grande o significativo e integrarlo en nuestro mundo personal de pensamientos y experiencias. Si lo conseguimos, nos sentimos, en cierto modo, iluminados. Pero, por otro lado, la admiración puede llevarnos al miedo y al malestar. Es, por tanto, algo completamente ambivalente.

Según un estudio de 2016, las personas concedemos un gran valor a la sensación de admiración sin que en ello tenga que ver la cultura de cada uno. Investigadores del equipo de Pooya Razavi, de la Universidad de Oregón, compararon la experiencia y la valoración de reacciones que dejaron casi sin respiración a cerca de 1200 sujetos procedentes de distintos países: Estados Unidos, Irán, Malasia y Polonia. Los estadounidenses fueron los que mostraron una inclinación más fuerte a dicha emoción, mientras que los iraníes manifestaron la forma más débil. Sin embargo, todos los encuestados valoraron alto la sensación de admiración.

 

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