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1 de Julio de 2019
Neurociencia

Investigación con drogas psicodélicas

Bajo la influencia de alucinógenos, las redes neuronales se comportan más desordenadamente que nunca. El neurocientífico Robin Carhart-Harris busca concebir un nuevo modelo de la consciencia a partir de sus estudios con psicodélicos.

El químico Albert Hofmann descubrió en 1938 la droga LSD. Comprobó su efecto alucinógeno en su persona. [Getty Images / AFP / Fabrice Coffrini]

En síntesis

Bajo la influencia de drogas psicodélicas, las neuronas se comportan de manera caótica. El pensamiento también se torna confuso: las fronteras entre el yo y el entorno se difuminan.

La magnitud de la «entropía cerebral», el desorden en el cerebro, revela el estado de consciencia en el que nos encontramos. Mediante técnicas de neuroimagen puede evaluarse este ­fenómeno.

Los científicos investigan el empleo de psicodélicos en la psicoterapia. El extraordinario estado de consciencia «abierta» inducido por las drogas podría mejorar el éxito del tratamiento, por ejemplo, de la depresión refractaria.

En torno a las cinco de la tarde, el químico notó que algo le sucedía. Apuntó unos conceptos clave en su protocolo: «Vértigo, sensación de miedo, trastornos visuales, parálisis, ganas de reír». El camino de regreso a casa montado en su bicicleta le resultó agotador. «En mi campo de visión, todo oscilaba y estaba distorsionado, como en un espejo curvo. También tenía la sensación de no avanzar», recuerda. La vecina, la señora R, le pareció, de repente, una «bruja pérfida y malvada con una cara grotesca de colores». Unas horas más tarde, cambiaría por completo lo que había empezado como una experiencia desagradable. «Poco a poco, comencé a disfrutar de una sucesión de colores y formas sin precedentes tras mis ojos cerrados. Fantásticas imágenes que se transformaban como en un caleidoscopio surgían en mí, se abrían y cerraban en círculos y espirales, y explotaban como fuentes de color, se reordenaban y mezclaban en un flujo constante.» Incluso los ruidos se transformaron en sensaciones ópticas, informaba el investigador. El ruido de un coche que pasó sin detenerse se convirtió en una «imagen cambiante y vívida de formas y colores».

La experiencia que vivió Albert Hofmann en la primavera de 1943 pasó a la historia como la primera intoxicación por LSD documentada. Todavía hoy, los entusiastas de esta droga de todo el mundo celebran el 19 de abril el «día de la bicicleta» en recuerdo a la memorable excursión sobre dos ruedas de Hofmann. Ese lunes, el prudente científico tomó una «minúscula» dosis de 250 microgramos (en realidad, una cantidad mucho más elevada de la necesaria para que la sustancia surta efecto). A Hofmann le desagradó lo que ocurrió en las décadas posteriores: Timothy Leary, psicólogo de Harvard y gurú del movimiento hippie, propagó el consumo de masas de LSD. Asimismo, los servicios secretos abusaron de la droga para realizar experimentos militares cuestionables.

A finales de los años sesenta, muchos países incluyeron el LSD en la lista de sustancias prohibidas. Ello supuso un final repentino para numerosos y ambiciosos proyectos de investigación que pretendían, entre otros objetivos, estudiar el efecto de la droga en la consciencia con el fin de posibilitar su uso en psicoterapia. Durante varias décadas, solo unos pocos científicos serios se aventuraron con el LSD y drogas parecidas. Las comisiones de ética competentes y los entes responsables de la gestión de subvenciones se encargaban de descalabrar esos planes.

En la actualidad, la situación parece que ha cambiado radicalmente. La en su día censurada sustancia regresa, poco a poco, de su destierro. Cada vez más científicos emplean LSD y otras drogas emparentadas para sus estudios. No pocos hablan de un renacimiento psicodélico en la investigación. Desde 2014, más de 30 estudios con técnicas de neuroimagen investigan el efecto de esta droga en el cerebro. La mayoría se llevan a cabo en Gran Bretaña, Suiza y España. Uno de los científicos, Robin Carhart-Harris, de 37 años, psicólogo y director del grupo de trabajo psicodélico del Colegio Imperial de Londres, parece especialmente encantado con las nuevas posibilidades.

 

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