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1 de Julio de 2019
Psicología social

«La embriaguez ­requiere sobriedad»

La socióloga Yvonne Niekrenz, de la Universidad de Rostock, explica por qué para muchas personas la desinhibición colectiva forma parte de su vida.

Yvonne Niekrenz: Nació en 1980 en Güstrow. Estudió sociología y filología germánica en Rostock. Tras su estancia en las universidades de Bielefeld y Leuphana de Luneburgo, investiga e imparte clases en la Universidad de Rostock. [Silke Paustian; Cortesía de Yvonne Niekrenz]

Doctora Niekrenz, ¿por qué dedicó su tesis doctoral al estudio del carnaval del Rin? ¿Qué descubrió?

El punto de partida de mi investigación fue la observación de que en todas las sociedades existen determinados enclaves en los que, de manera temporal, las normas del día a día se anulan. Sea en la fiesta de la cerveza, el carnaval, los partidos de fútbol o los festivales de música encontramos, como yo lo llamo, «las relaciones comunitarias embriagadoras». La alegría y la transgresión de las convenciones crean una forma especial de pertenencia al grupo. Me interesaba investigar el modo en que este fenómeno sucede. Los resultados de las entrevistas que llevé a cabo revelaron que, al parecer, deben darse ciertas condiciones previas. Una característica llamativa de estas situaciones excepcionales es su carácter fuertemente reglamentado, casi como una especie de ritual. El inicio y el final de la fiesta, su desarrollo temporal preciso, la ropa, el repertorio de las canciones. Estos elementos proporcionan al desenfreno aparente un esquema definido. Ello puede aplicarse tanto al carnaval como al comportamiento que muestran los aficionados en un campo de fútbol.

Con otras palabras, es como si tuviera que establecerse un marco para los eventos en los que las personas se desinhiben.

Así es. Durante el carnaval, por ejemplo, la gente bebe mucho, baila, canta, bromea y se deja ir. Todas ellas son formas de desinhibirse. Sin embargo, este tipo de eventos se hallan bien delimitados tanto temporal como espacialmente. Como máximo, duran un par de días, tienen un final definido y se organizan en lugares abiertos determinados. Ello también influye en el hecho de que uno se «acelera» cuando sabe que, por ejemplo, el miércoles de ceniza todo habrá acabado. Pero no solo el carnaval es finito, también lo es la propia vida. Este pensamiento de memento mori, esta mirada a lo efímero, aparece en la letra de algunos brindis: «No volveremos a ser así de jóvenes». Recordar la propia mortalidad es con frecuencia un importante estímulo y aumenta el exceso.

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