Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarte el uso de la web mediante el análisis de tus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúas navegando, consideramos que aceptas nuestra Política de cookies .

1 de Julio de 2019
Reseña

Neurobiología de las emociones

El complejo estudio de los estados emocionales.

The neuroscience of emotion
A new synthesis
Por Ralph Adolphs y David J. Anderson. Princeton University Press, Princeton, 2018


A lo largo de toda la escala animal encontramos emociones. Fenómenos fundamentalmente biológicos se hallan, en cuanto tales, sometidos a evolución por selección natural y sujetos a investigación experimental. Dependen de circuitos cerebrales específicos para el cumplimiento de unas funciones características, mecanismo este de acción que solo podremos comprender a través de un enfoque comparado que abarque los planos molecular, celular, de sistema y cognitivo. Para remedar los circuitos y establecer los fundamentos neuronales, ha servido de gran ayuda la incorporación reciente del mundo de la robótica.

Pero estamos todavía muy lejos de disponer de un esquema global riguroso de las emociones, su relación con la consciencia o su distinción de los sentimientos. Los autores de esta primera aproximación sistemática se encuentran entre los estudiosos más indicados para la tarea. Ralph Adolphs, experto en la base neural del comportamiento social humano, ocupa la cátedra Bren de psicología, neurociencia y biología del Instituto de Tecnología de California y dirige el Centro de formación de imágenes cerebrales del Caltech. David J. Anderson, investigador de las emociones en ratones y en moscas, preside el Instituto Tianqiao y Chrissy Chen de Neurociencia en el Instituto de Tecnología de California.

De entrada no es fácil siquiera determinar el significado del término emoción. Para unos, las emociones implican experiencias conscientes que solo pueden investigarse en humanos. Otros defenderán que los insectos y demás invertebrados exhiben indicios de emociones que vemos en los mamíferos. Para unos, las diferentes emociones se corresponden con áreas del cerebro anatómicamente delimitadas; para otros, se producen de una manera muy repartida. Y habrá quien se remonte al sigloxix para repetir con William James que las emociones son la consecuencia de la conducta, no su causa.

El análisis de los estados emocionales de organismos inferiores facilita su interpretación del desarrollo en animales más complejos y evolucionados. Así, por ejemplo, se ha recurrido a la mosca de la fruta, Drosophila melanogaster, para dilucidar la circuitería y la química neural subyacentes bajo los comportamientos de aprendizaje asociativo de aversión, una conducta similar al condicionamiento del miedo pavloviano en mamíferos. Las respuestas innatas de defensa ante amenazas visuales consisten, en la mosca, en reacciones reflejas rápidas integradoras que muestran bloques de construcción de emociones observados también en mamíferos.

El desarrollo de las emociones implica una interacción sutil entre genes y entorno, entre mecanismos programados de forma innata y asociaciones aprendidas. Conductas innatas como la sonrisa se dan incluso en recién nacidos o se expresan en sueños. Con tiempo y aprendizaje, pasan a ser incorporadas en expresiones plenamente manifestadas. Nada tiene, pues, de extraño que uno de los aspectos de la emoción que se ha estudiado con mayor intensidad sea su expresión facial. Los estudios pioneros de Paul Ekman y sus colaboradores en los años sesenta y setenta sugerían que algunas expresiones faciales se compartían en todas las culturas. Ekman viajó a Nueva Guinea para investigar sobre las emociones de los naturales, en particular sus expresiones faciales. De su observación dedujo que había expresiones de un conjunto de emociones, las emociones básicas, de alcance universal en el género humano, cuyo fundamento radicaba en módulos cerebrales innatos. Conformaban ese elenco básico la alegría, la sorpresa, el miedo, la angustia, la repugnancia y la tristeza; podría sumarse alguna otra, como el desprecio. La investigación reciente ha revelado que las expresiones faciales encierran otros aspectos que, por su finura, escapan a la observación común. Además, la antropología comparada ha demostrado que cada cultura categoriza las expresiones en distintos conceptos. El rostro humano expresa su emoción a través de 17pares de músculos faciales, que compartimos en buena medida con los grandes primates.

Una ciencia de las emociones requiere terminología clara, acotación semántica de los conceptos, medios sensibles, herramientas de análisis estadísticamente poderosas e hipótesis creativas. Aunque las emociones sean estados cerebrales y los mecanismos que las generan deban investigarse en neurobiología, sería una falacia deducir de ello que las emociones se hallan literalmente en el cerebro y pudiéramos descubrirlas con solo afinar las herramientas de observación y medición. No es lo mismo, explican los autores, producir emociones que tener emociones. Y recurren a la analogía de la visión: hay en el cerebro muchas áreas que participan en la visión, de la retina a la corteza, pero la visión no se observa en ninguna de esas regiones, ni ninguna de ellas tiene la experiencia de ver. Visión y emoción son propiedades del sistema, no propiedades de las partes constituyentes; todas las partes operan conjuntamente para generar la propiedad. Hay sistemas cerebrales que determinan que el sujeto experimente las emociones. La experiencia consciente de las emociones es propiedad global de la persona (o de un animal), pero los mecanismos en cuya virtud se produce no poseen en sí mismos esa propiedad.

Varias son las características que describen a las emociones. Destacan su gradualidad, lo que significa que no todos los estados poseen la misma intensidad. Propio de ellas es lo que se denomina en psicología su valencia, es decir, su dimensión dual (placer y desagrado, estímulo y respuesta); también, su persistencia, el estado emocional perdura más que el estímulo desencadenante. Los autores analizan de forma exhaustiva otras propiedades como la generalización, el automatismo o la comunicación social.

Puedes obtener el artículo en...

Los boletines de Investigación y Ciencia

Elige qué contenidos quieres recibir.