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¿Influye el tamaño­ ­cerebral en la capacidad cognitiva?

Existe una relación estadística entre el cociente de inteligencia y el volumen del cerebro. Sin embargo, dicha característica desempeña un ínfimo papel.

¿Son más inteligentes las personas con un cerebro voluminoso? [GETTY IMAGES / PRILL / ISTOCK (Cabeza de vidrio); GETTY IMAGES / DANIEL HEIGHTON / ISTOCK (cerebro); GETTY IMAGES / ALTER_PHOTO / ISTOCK (mijo); GEHIRN und GEIST (composición)]

En síntesis

Las personas con un cerebro más voluminoso tienden a ser más inteligentes. Pero esa relación resulta poco significativa. En el mejor de los casos, explica solo el 10 por ciento de las diferencias en la capacidad intelectual.

Todavía no se conoce con exactitud qué relación guarda el tamaño cerebral con la capacidad cognitiva. No se han podido concretar las regiones específicas en las que el volumen desempeña un papel decisivo.

Es probable que las personas con una cantidad destacada de neuronas tiendan a poseer cierta ventaja. No obstante, la calidad del aislamiento de las vías nerviosas también parece desempeñar una función esencial en la capacidad mental.

¿Qué tiene que ver el mijo con el tamaño del cerebro? La respuesta es muy sencilla: con el primero puede medirse el segundo. Cuando los neuroanatomistas del siglo xix trataron de calcular el tamaño del encéfalo humano, no disponían de resonancias magnéticas ni de otros procedimientos de neuroimagen. Así que debían ingeniárselas de otra manera. Intentaron calcular la magnitud del encéfalo mediante el contenido que podía albergar el cráneo, aunque tampoco resultaba una tarea fácil. El método más exacto habría consistido en llenar con agua el cráneo de un cadáver y determinar su volumen. Pero el agua solía filtrarse por la superficie porosa de la caja ósea craneal. Por este motivo, en 1837 el anatomista y fisiólogo alemán Friedrich Tiedemann (1781-1861) ideó otro sistema: rellenó cráneos humanos con mijo. A continuación, contó los granos de cereal que habían cabido en cada uno. «Sin duda, existe una estrecha relación entre el tamaño absoluto del cerebro, la capacidad intelectual y las funciones mentales», anotó en su día.

Con el fin de comprobar la certeza de esa tesis, se comenzó a rellenar con granos de cereal (mijo, mostaza o guisantes) cráneos de difuntos. Otros investigadores medían el perímetro craneal con una cinta métrica y deducían el tamaño del encéfalo a partir de ese dato. Francis Galton (1822-1911), primo de Charles Darwin, comparó las calificaciones universitarias de más de mil estudiantes de la Universidad de Cambridge con el producto resultante de la medición de la longitud, el ancho y la altura de sus respectivas cabezas. El cráneo de los alumnos con las mejores notas era entre un 2 y un 5 por ciento más grande que el de sus compañeros. Galton dedujo que, en consecuencia, su cerebro también.

Con el desarrollo de la tomografía por resonancia magnética (RM) y de las pruebas de inteligencia, la investigación dio un gran paso hacia adelante. A principios de la década de 1990, el primer estudio con RM en torno a este tema reveló una notable relación entre el tamaño del encéfalo y el cociente de inteligencia (CI), con un coeficiente de correlación de 0,5. Así pues, las diferencias en el tamaño cerebral podrían explicar el 25 por ciento de las desigualdades en la capacidad cognitiva. Sin embargo, estos primeros estudios resultaban estadísticamente poco sólidos, ya que las muestras de sujetos eran reducidas.

Con los años aumentó el número de participantes experimentales… y las correlaciones se hundieron. Los metanálisis revelaban un coeficiente de correlación de solo un 0,3 a un 0,4. Además, la investigación debía lidiar continuamente con problemas metodológicos, entre los que destacaba la publicación sesgada: los editores de las revistas científicas favorecían los estudios que mostraban efectos estadísticamente más significativos. De esta manera, los resultados menos llamativos quedaban olvidados en un cajón.

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