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The great pretender
Susannah Cahalan
Grand Central Publishing, 2019
389 págs.


David Rosenhan (1929-2012), profesor de psicología de la Universidad Stanford, que revolucionó el sistema psiquiátrico estadounidense con un solo trabajo, fue un embaucador, así resume Susannah Cahalan su obra y talante en The New York Times. La explicación, vivaz y pormenorizada, la detalla en un libro trepidante (se le ha comparado a un thriller) de título The great pretender. La autora, periodista laureada, nos descubre los entresijos de un experimento que, realizado hace 50 años, transformó el curso de la medicina moderna.

Durante siglos, los médicos habían venido pugnando por develar el misterio de los trastornos mentales, su diagnóstico, su terapia, el desentrañamiento de su naturaleza, empezando por el mismo Hipócrates y su interpretación del mal sagrado y la relación con el estado de normalidad. La historia de la medicina psquiátrica es el relato de la búsqueda de una razón de la sinrazón, del desequilibrio mental, amasada con páginas de especial crueldad y abandono de los llamados inocentes y sus lazaretos. Instituciones religiosas primero, y civiles luego, se sucedieron para paliar un problema que se resistía a la ciencia. Se ignoraba, sin embargo, que el fallo se escondía en el método. En la acotación del trastorno.

Así fue hasta finales de los años sesenta y primeros setenta de la centuria pasada, cuando Rosenhan y otras siete personas —sanas, lúcidas y plenamente integradas en la sociedad— se introdujeron en frenopáticos norteamericanos para calibrar la legitimidad de las prácticas en esos centros realizadas en nombre de la psiquiatría. Obligados a permanecer en su recinto hasta que se demostrara «su curación», los ocho protagonistas fueron dados de alta con unos diagnósticos alarmantes y una experiencia personal espeluznante. El ensayo sacudió los cimientos del sistema psiquiátrico, clausurando instituciones y cambiando el diagnóstico clínico para siempre [véase «Contra la psiquiatría», por Theodor Schaarschmidt; Mente y Cerebro, n.o 91, 2018].

Publicado en 1973 en la revista Science con el título «On being sane in insane places», el estudio ponía en cuestión la validez del diagnostico psiquiátrico. Robert Spitzer y otros cuestionaron, a su vez, la validez del trabajo, aunque concedían que la consistencia del diagnóstico psiquiátrico necesitaba ser reformado. Con los años aparecieron otras aproximaciones, que por lo común ratificaban las conclusiones de Rosenhan y evidenciaban la arbitrariedad de los diagnósticos psiquiátricos y la tendencia injustificada a prescribir.

Rosenhan diseñó su experimento con una finalidad clara: determinar si podía diagnosticarse una enfermedad mental con certeza absoluta. Era manifiesto que los criterios empleados por la psiquiatría de su tiempo no se basaba en datos científicos concluyentes. El primer acierto de Rosenhan fue pergeñar un experimento sencillo y de una eficacia extraordinaria. Reunió a un grupo de ocho personas: tres psicólogos, un pediatra, un psiquiatra, un pintor, un ama de casa y él mismo. Debían atenerse a un protocolo riguroso, cuyo primer paso era solicitar una plaza en un hospital psiquiátrico alegando que sufrían alucinaciones acústicas. Como cabe suponer, ninguno de ellos padecía ese trastorno, ni ninguna otra patología mental. Todos estaban cabalmente sanos. Se escogieron atendiendo a varios criterios (nivel de educación, edad y profesión).Y todos seguirían escrupulosamente el plan preparado por Rosenhan.

Llegado el día de la cita, se sometían al diagnóstico de los psiquiatras del centro. El grupo recorrió en total 12 instituciones psiquiátricas, desde frenopáticos comarcales hasta un hospital universitario, pues interesaba también valorar la calidad de la institución. En cada caso, los pseudopacientes cambiaban nombre y profesión y alegaban alucinaciones acústicas. También las alucinaciones fueron objeto de selección. Rosenhan escogió el trío de términos empty, hollow y thud, que, en inglés, suena como signos de una crisis existencial (del tipo «mi vida está vacía y hueca»).

En el ingreso, siete de los pseudopacientes recibieron el diagnóstico de esquizofrenia. Al octavo se le atribuyó una psicosis maníaco-depresiva. Una vez internados, comenzaron a actuar como personas normales y declararon a los médicos y al equipo directivo que se encontraban bien y habían dejado de oír las voces inquietantes. En doblegar a la gerencia del hospital tardaron un promedio de 19 días, con un mínimo de una semana y un máximo de 52 días. Renuentes a darles finalmente el alta, los responsables de los centros les diagnosticaron, para salir, «pacientes de esquizofrenia en remisión». No se les consideraba sanos, sino una mejoría. Un comportamiento que le permitió a Rosenhan hurgar en la herida: el paciente de una enfermedad orgánica puede curarse, el que sufre una enfermedad mental (alucinaciones acústicas) seguirá enfermo toda la vida de acuerdo con la psiquiatría de su tiempo.

Tan profundo era el dardo, que la reacción de los profesionales no podía tardar. Muchos psiquiatras replicaron que nunca habrían caído en la trampa y que ellos distinguirían sin dudar entre farsantes y enfermos genuinos. Y hasta se le retó. Cierto hospital le propuso un desafío. Invitaba a Rosenhan a que le enviara pseudopacientes sin previo aviso, que en seguida distinguiría al impostor. Aceptado el envite, pasados tres meses la administración del hospital sospechó de 41 de los 193 nuevos ingresados para concluir que 19 se hallaban en cabal normalidad. El golpe de Rosenhan alcanzó el clímax de la teatralidad para descrédito de la psiquiatría: no les había enviado ningún paciente.

Estaba más que probado, concluyó, que la psiquiatría no puede discriminar entre persona «normal» y persona con trastornos mentales. No hay diagnóstico fiable. Para sorpresa del experimentador, quienes sí sabían discernir eran los propios enfermos reales. Una treinta larga, entre casi dos centenares de internos, sospechó de los pseudopacientes, suspicacia que expresaron de forma gráfica e inteligente: «Usted no está enfermo; usted debe ser periodista o profesor». En cambio, médicos y responsables, que observarían el comportamiento normal de los pseudopacientes, se obstinaban en sus supuestos fundamentos científicos y siguieron empeñados en considerarlos enfermos. Obcecación que se plasmaría en la interpretación de algunos hechos. Rosenhan había indicado a los pseudopacientes que tomaran nota de sus experiencias. Según uno de ellos, una enfermera anotó: «El paciente se compromete en el comportamiento de escribir». Una interpretación que aplicaba la doctrina psiquiátrica oficial: puesto que la persona está en el hospital, debe estar psicológicamente perturbada. Y considerando que está perturbada, su impulso de escritura debe ser una manifestación conductual de ese trastorno, quizás un subconjunto de conductas compulsivas que guardan a veces correlación con la esquizofrenia.

No parece, sin embargo, que el experimento de Ro­senhan estuviera exento de sesgos y arbitrariedades. Cahalan lo coloca ante el espejo de sus propias contradicciones.

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