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Una escuela adaptada a cada cerebro

El encéfalo de cada niño es único. De ahí la perspectiva fascinante de crear una pedagogía personalizada que tenga en cuenta las finas diferencias cerebrales que presenta cada alumno.

Getty Images / Image Source / iStock

En síntesis

Mediante la exploración con tomografía por resonancia magnética, se ha comprobado que existen claras diferencias en el relieve de la corteza cerebral de los niños.

Las formas de los giros y surcos cerebrales parecen estar relacionadas con el «control mental», es decir, la capacidad de inhibir determinados procesos mentales o de adaptarlos de manera flexible.

Algunas características anatómicas explican cerca del 20 por ciento de las diferencias en el rendimiento de los escolares. Estos hallazgos apoyan la necesidad de una pedagogía individualizada.

Todos los humanos, sin importar la edad, el sexo, el país de procedencia o el color de la piel tenemos un encéfalo parecido: con dos hemisferios, seis lóbulos, entre 86.000 y 100.000 millones de neuronas, 100 billones de conexiones (sinapsis), etcétera. De hecho, el cerebro es nuestra herencia común; mejor aún, nuestro potencial, puesto que conforma en nuestra cabeza una gigantesca red de conexiones, mucho más compleja que Internet.

Pero ¿no es cada cerebro único? También es correcto. En primer lugar, lo convierten en exclusivo sus conexiones funcionales o, como el neurobiólogo Jean-Pierre Changeux describe de modo muy acertado, la «estabilización selectiva de sinapsis». Solo las conexiones cerebrales que el ambiente refuerza se estabilizan y quedan almacenadas; en cambio, las otras desaparecen, se eliminan. Se trata de una suerte de darwinismo neuronal. De una persona a otra, de un ambiente a otro, las conexiones del cerebro que se crean durante la vida difieren. Ahora bien, desde un inicio nuestro encéfalo ya varía del de otro congénere en los finos detalles de su forma, de su estructura.

Plegado dentro del cráneo, con sus montañas (giros) y valles (surcos), cada cerebro se conforma de manera un poco diferente. Ese pliegue cerebral diferenciado acontece antes del nacimiento, durante la vida fetal. Sucede como con la cara. Todas las personas poseemos una frente, dos ojos, una nariz, una boca; pero, en detalle, cada rostro es distinto. Del mismo modo, nuestro cerebro es universal a la vez que individual.

Medir las diferencias

¿En qué se diferencia exactamente un cerebro del otro? Como dijimos al principio, unas sinapsis concretas se refuerzan de acuerdo con las experiencias que se tienen durante la vida (por ejemplo, con la figura de apego, a través de las habilidades que se adquieren o de los aprendizajes). Desde un punto de vista microscópico, resulta fácil entender que la conectividad de las neuronas varía de una persona a otra. Pero eso no es todo. Es probable que la estructura más general del cerebro, su forma más visible, y la trayectoria de los surcos o giros sean distintos en cada individuo. Ello influye en las funciones cognitivas, las cuales, a su vez, tendrán consecuencias en la manera de razonar, la personalidad e incluso, tal vez, en una pedagogía adecuada a las características cerebrales de cada alumno.

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