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  • Julio/Agosto 2015Nº 73
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Belleza

Filosofía de la belleza.

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SOBRE LA BELLEZA Y LA RISA
Por Sixto J. Castro. Editorial San Esteban, ­Salamanca, 2014.


Humanidades y ciencias presentan de forma creciente puntos y momentos de convergencia. En el caso de la filosofía, capítulos que se suponían tenazmente refractarios al planteamiento empírico se van viendo asediados por ensayos científicos, cuantitativos. Tal ocurre con la belleza, que igual que la risa, creíanse exclusivamente humanos. De ella se ocupa en grado preeminente la estética, del griego aisthenasthai («percibir»), aisth-ta («cosas perceptibles») y aisth-tikos («perteneciente al sentido de la percepción»). Se da por cierto que en el ámbito de las emociones, de la relación social y de la cognición, entre otros, nuestra especie no partió de la nada, sino que se contó con un pasado filogenético. ¿Aconteció también con la estética?

Se pregunta la biología evolutiva si la actitud estética es una invención humana o si surgió en el mundo animal antes de que apareciera nuestra especie sobre la faz de la Tierra; si la estética humana se desarrolló a partir de la estética animal. No se trata, por supuesto, de que la estética refinada que encontramos en los humanos exista ya en los animales, sino de determinar si hay actitud estética, por rudimentaria o elemental que sea, en grados inferiores de la escala de los seres vivos. Si apoyándose sobre una habilidad animal se desarrolló esa facultad humana, cuando entró en escena la evolución cultural (típica de la humanidad).

Darwin abordó ya la estética animal. Defendió la existencia de un sentido estético genuino en al menos determinados animales. La idea del sentido de belleza surge en un contexto de utilidad. Cree en la existencia de una coevolución de los objetos estéticos y de la percepción de los mismos. Ahí residiría, según Darwin, el origen de la estética, que, también en su opinión, generaría una línea de continuidad entre los animales y el hombre.

Para Darwin no todo tipo de belleza es producto de una correlación estética y coevolución. Los tipos incipientes de belleza emergieron en la evolución mucho antes de que se adquiriera el sentido de la estética. Podemos encontrar belleza en los animales inferiores (corales, anémonas de mar y medusas), que están adornados de coloraciones brillantes o con fondos o rayas muy elegantes. Darwin atribuye ese tipo de belleza preestética al resultado directo de la naturaleza química o a la estructura de sus tejidos. Esa belleza surge de un efecto fisiológico, sin la implicación de ninguna función estética.

Darwin atribuye este tipo de belleza pre­estética a un resultado directo de la naturaleza química o a la estructura fina de sus tejidos. Esa belleza surge como un efecto fisiológico, sin la implicación de ninguna función estética. Tiene un significado aposemático. (Por aposematismo se entiende la función disuasoria de rasgos llamativos frente a posibles depredadores.) A esa belleza preestética seguiría un segundo tipo, una belleza protoestética: la que emergió con los colores conspicuos de flores y frutos. Así atraían a los animales (insectos, aves y otros) que eran necesarios para la polinización. Por primera vez, había implicada una estructura relacional: la belleza se dirigía hacia algo, un algo que estaba vinculado con el contexto de la reproducción. Mientras que la belleza del cromatismo vegetal iba dirigida a animales de distintas especies, sin poseer todavía un sentido estético, en la relación intersexual (selección sexual) dentro de una misma especie emerge una sensibilidad estética.

Darwin describe los efectos estéticos de la selección sexual en las mariposas. Opina que la manifiesta belleza de la superficie de las alas de los machos se debe a una opción de las hembras, que prefieren a los más conspicuos, para asegurar ese carácter morfológico en su progenie. La selección sexual es una estrategia que posibilita unos mejores cuerpos en el futuro, al tiempo que refuerza el sentido estético. Darwin se ocupó de la selección sexual, de pasada, en Origin of Species, publicada en 1859, y de una forma pormenorizada en The Descent of Man, que apareció once años más tarde.

En la lucha por la supervivencia y el acceso a la cópula, no solo interviene la fuerza bruta. El macho busca seducir a la hembra, lo que entra de lleno en el terreno de la estética; guiada por su gusto de la belleza, la hembra se entrega al que en el cortejo destaca (olores, cantos, danzas, colores, etcétera). Si no hubiera ella adquirido el sentido de la belleza, resultaría en vano el esfuerzo puesto en adquirir el macho su ornamentación y el comportamiento de cortejo, que a menudo lo deja expuesto a los depredadores. La esfera propia de la estética animal comienza cuando la hembra toma parte activa en la elección del macho. Los caracteres estéticos, carentes de finalidad en la selección natural, adquieren sentido en la selección sexual, cuando la hembra se percata de la belleza y se muestra receptiva a la misma.

Apartado el dilema —la estética debe ser tal como la poseen los humanos o no existe en absoluto—, se mira hacia el gradualismo, lo mismo que en el dominio de la conducta, la ética y la cognición. Lejos de apriorismos kantianos sobre la distancia infinita entre el hombre y los animales, se tiende hoy a buscar raíces inmediatas en los parientes vivos más cercanos, los chimpancés. Si una obra de arte es un objeto creado por un proceso cuya finalidad estriba en conferirle una presencia estética especial, es manifiesto que el chimpancé presenta al respecto muchas limitaciones. Pensemos en la pintura: el simio ni crea el equipo ni su campo pictórico; estos le son presentados por el hombre. Tampoco vuelve a la pintura una vez terminada; en breve, carece de un sentido desarrollado de las formas estéticas como tales y de los símbolos culturales que implican.

Igual que en la belleza, en el caso de la risa se han buscado indicios en otras especies. Se suponía que la risa, una vocalización afectiva no verbal, era propiedad exclusiva del hombre. Pero puede observarse también en otros mamíferos, en particular en monos y primates. Esta observación convierte a la risa en un campo interesante de la investigación cerebral, pues permite ahondar en los paralelismos y diferencias en la comunicación humana y animal. Sépase que hay una red densamente entrelazada de funciones auditivas y premotoras que están detrás de la risa en humanos y que se hallan implicadas también las áreas corticales del hemisferio izquierdo y áreas subcorticales (amígdala). Pues bien, participan las mismas áreas en la risa de monos y primates, lo que sugiere la existencia de representaciones cerebrales de tonos emotivos en humanos y en primates.

De hecho, los modelos neuroetológicos que describen la risa como una herramienta conductual básica utilizada por los individuos (simios o humanos) para inducir a otros miembros del grupo a crear un contexto placentero de interacción y comunicación social. Se ha estudiado también el fenómeno en ratas, que emiten asimismo unos sonidos especiales en situaciones placenteras y lúdicas.

La risa es un aspecto del comportamien­to humano regulado por el cerebro, que facilita la interacción social y refuerza el contexto emotivo de las conversaciones. Una buena medicina contra el dolor, libera endorfinas cerebrales. Hace unos dos millones de años, nuestros antepasados adquirieron la capacidad de interpretar las expresiones de los sistemas motores faciales y su control voluntario. La risa se adaptó para nuevas funciones, incluida la conversación. Ese mecanismo se habría acoplado a las emociones de pequeños grupos homínidos y promovido la interacción durante los períodos de saciedad y seguridad que caracterizara a la vida bípeda primitiva. Los chimpancés emiten una risa producida por la risa de otro, distinta en forma y frecuencia de la risa espontánea. De lo que se infiere que los primates no humanos gozan de capacidad de replicar expresiones de los demás.

El autor, profesor de estética en la Universidad de Valladolid, ofrece un repaso claro y sintético de las diferentes teorías, desde los Diálogos de Platón, que han tratado de explicar el origen y la razón de ser de la belleza y la risa en el dominio de la filosofía. Sostiene Castro que la belleza y la risa son realidades que se proyectan más allá de sí mismas y que fundan mundos. Son celebraciones de la existencia que simbolizan y realizan el sentido. Risa y belleza representan siempre el contrapunto a la desesperación. Y, de este modo, abren el camino a una interpretación de la existencia alternativa a la filosofía trágica, a una ontología que comprende el mundo como hogar y la existencia como un arraigo alegre y gozoso.

Importante en ese dominio filosófico es la vinculación de la belleza con la verdad. La ciencia tiene aquí mucho que aportar. Lo bello como verdadero.

Sabido es que Paul Adrien Maurice Dirac, uno de los puntales de la física cuántica del siglo XX, buscaba por encima de todo la belleza en la explicación científica del mundo. «Reviste mayor importancia obtener la belleza en una ecuación que alcanzar que se ajuste a la observación experimental.» Y lo razonó: si uno trabaja con la perspectiva de lograr la belleza en las ecuaciones creadas, y labora con esa idea, avanzará sin duda; pero si no se da un acuerdo perfecto entre los resultados obtenidos en el modelo y la experimentación no deberá desanimarse, pues la discrepancia puede ser ligera y tal vez subsanarse en un ulterior refinamiento de la teoría. No de otro modo opinaba ­Geoffrey Harold Hardy (1877-1947), mentor de Srinivasa Ramanujan y reputada autoridad en teoría de números: la guía del matemático, como la del pintor o el poeta, debe ser la belleza; igual que los colores o las palabras, las ideas tienen que conjugarse entre sí de una manera armoniosa. La belleza, reafirmaba, debe ser la primera prueba a superar; no hay lugar en el universo para una matemática fea.

 

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