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Actualidad científica

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    Las especies silvestres de café, amenazadas

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  • 17/01/2019 - envejecimiento

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  • Mente y Cerebro
  • Julio/Agosto 2015Nº 73

Neurociencia

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La neurointerdisciplinariedad: ¿realidad fecunda o publicidad engañosa?

Sin una auténtica colaboración con las ciencias humanas y culturales, la neurociencia difícilmente logrará ahondar en la complejidad del ser humano.

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La neurociencia, si usamos este singular para nombrar de manera general los estudios sobre el cerebro y el sistema nervioso, es un campo intrínsecamente interdisciplinario. Sus preguntas y métodos cubren un amplísimo espectro y recurren a saberes enraizados en la biología, la química, la matemática, la física y la psicología, por nombrar apenas algunas ciencias tradicionales. La neurociencia se caracteriza, entonces, por aquello que manifiestan nombres como neuroquímica, neuroendocrinología, neurogenética o neuropsiquiatría: la hibridación.

Desde la segunda mitad del siglo XX, la investigación del cerebro se distingue por cruces de conceptos, métodos y prácticas provenientes de diversos campos y que dan lugar a nuevas comunidades científicas; también por el reduccionismo neurobiológico (la idea de que somos esencialmente nuestro cerebro) como principio para abordar fenómenos complejos, y por zonas de intercambio y comunicación entre esas comunidades especializadas. Ese conjunto recibe el nombre de neurociencia hacia finales de los años sesenta.

Si, para simplificar, llamamos neurointerdisciplinariedad a la estructura misma de la neurociencia contemporánea, la respuesta a la pregunta inicial es evidente: se trata de una realidad fecunda. Se la puede explorar como hecho histórico, sociológico, institucional o epistémico, pero no se la puede valorar negativamente. Sin embargo, en el simposio Mind the brain!, que se celebró a finales de 2014 en Berlín, organizamos, junto con el antropólogo de la ciencia Nicolas Langlitz, un grupo de trabajo con el título «La interdisciplinariedad y sus descontentos». Quisimos así homenajear a dos Sigmund: Freud y Bauman (Zygmunt), quienes escrutaron, respectivamente, los descontentos de la modernidad y de la posmodernidad. Más correcto sería, como se expresa en la traducción castellana del ensayo freudiano, hablar de «malestar». Pero, si la neurointerdisciplinariedad es una realidad fecunda, ¿de qué malestar hablamos? De aquel que causan sus aplicaciones a los complejos fenómenos que estudian las ciencias humanas y las de la cultura. La punta de este iceberg son las «neuro-»,que comenzaron a surgir durante la «década del cerebro» de los años noventa del siglo pasado: neuroantropología, neuroarqueología, neuroderecho, neuroeconomía, neuroeducación, neuroestética, neuroética, neurohistoria, neuromarketing, neuropolítica, neuropsicoanálisis, neuroteología, etcétera.

Todas esas disciplinas, algunas sólidamente profesionalizadas, ambicionan descubrir fundamentos neurobiológicos; presuponen que la cultura es un producto del cerebro; emplean principalmente técnicas de neuroimagen y, entre la rigurosa presentación de su metodología y la más libre discusión de sus resultados, suelen deslizarse de las correlaciones que producen a las explicaciones que anhelan. Llegan así, por ejemplo, a la conclusión de que la belleza es «alguna propiedad de los objetos que se correlaciona con actividad en la corteza orbitofrontal medial por medio de los sentidos»; solo los objetos que ocasionan esa actividad entrarán en la categoría de «bello», según describieron en 2011 los investigadores Tomohiro Ishizu y Semir Zeki en PLOS One. No hay aquí lugar para comentarios. Baste decir que esa afirmación, absolutamente típica de las «neuro-», resume el malestar que provocan. Así lo sienten, por supuesto, quienes trabajan en las ciencias humanas cuando ven que las «neuro-» apenas tienen en cuenta sus conceptos, métodos y resultados, contradiciendo en los hechos la bidireccionalidad y la alianza interdisciplinar que anuncian en sus intenciones.

En general, las «neurocolaboraciones» se señalan por la desigualdad entre los participantes y por una estricta jerarquía de saberes. Ello solo puede menoscabar las posibilidades que tendrá la neurociencia de ayudar a entender fenómenos humanos, entre ellos los culturales, que se distinguen por su altísimo grado de complejidad.

Enfrentar ese peligro exigirá probablemente un acto de humildad, prestar atención a las ciencias humanas y renunciar a predecir, como hizo Rafael Yuste, neurocientífico de la Universidad de Columbia e ideólogo del proyecto BRAIN, en una entrevista publicada en el diario El País en mayo del presente año: «Cuando entendamos el cerebro, la humanidad se entenderá a sí misma por dentro por primera vez. [...] Será un nuevo humanismo».

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