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Actualidad científica

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  • Mente y Cerebro
  • Julio/Agosto 2015Nº 73

Consciencia

La teoría de la ­información integrada

El pampsiquismo actualizado ofrece ­enseñanzas sobre cómo entender la experiencia de uno mismo. Esta antigua doctrina se basa en la universalidad de la consciencia.

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Todos los animales (abejas, pulpos, cuervos, grajos, urracas, atunes, ratones, ballenas, perros, gatos y monos) poseen la facultad de conducirse de formas complejas, aprendidas o no estereotipadas. Si tales actos los ejecutara una persona, se asociarían con la consciencia.

Encontramos en muchas especies conductas precursoras de comportamientos que juzgamos como exclusivos de los humanos. Las abejas, por ejemplo, son capaces de reconocer rostros concretos a partir de fotografías, pueden comunicar a sus hermanas la ubicación y la calidad de fuentes de alimento mediante la «danza del vientre» y logran recorrer complejos laberintos merced a indicios que almacenan en la memoria a corto plazo. Estos insectos pueden volar varios kilómetros y regresar a su colmena; una notable proeza navegatoria. Asimismo, la entrada de cierto aroma en la colmena puede llevar a las abejas a que vuelvan al lugar donde hallaron antes ese olor. Es famosa la descripción de este tipo de memoria asociativa que plasmó Marcel Proust en su obra En busca del tiempo perdido. Otros animales son capaces de reconocerse a sí mismos, saber cuándo otros de su especie los observan, además de mentir o disimular.

Algunas personas ven en el lenguaje un rasgo único y definitorio de la consciencia. Este argumento resulta muy conveniente para afirmar que solo Homo sapiens dispone de ella. No obstante, únicamente los razonamientos pobres permiten negar la consciencia a los animales, a los bebés preverbales y a quienes sufren un trastorno de afasia grave; seres, todos ellos, mudos.

Nada menos que Charles Darwin, en el último de los libros que publicó un año antes de su muerte, indagó hasta qué punto las lombrices de tierra «actuaban de forma consciente y cuánta potencia mental poseían». Tras estudiar el trofismo y comportamiento sexual de estos invertebrados durante varios decenios —Darwin era un naturalista con unas increíbles dotes de observación—, concluyó que no existe un umbral absoluto entre animales inferiores y superiores, humanos incluidos, que asigne elevados poderes mentales a unos, pero no a otros.

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