El enfermo imaginario

¿Hipocondríaco, narcisista, infantil o víctima del síndrome de Münchhausen? El dramaturgo Molière plasmó en el escenario un intrincado trastorno mental.
© Dreamstime / Vlue (chico); © Dreamstime / Benjamin Albiach Galan (fondo)
Así como los burgueses todavía se tienen por gentilhombres y las preciosas por ridículas, ciertos enfermos apenas han cambiado con el trascurso del tiempo. Es el caso de los «enfermos imaginarios», personas que Molière caracterizó a través del personaje de su última obra de teatro.
El enfermo imaginario, escrita por el dramaturgo francés en 1673, representa una sátira implacable de la medicina, además de un profundo análisis psicológico de la hipocondría. Tal y como descubre de entrada el título de la pieza teatral, Argan, el protagonista principal, se cree enfermo a pesar de que no existe indicio alguno de que lo esté. Es manipulado por sus médicos omnipresentes y por su segunda mujer, quien quiere conseguir su herencia. En este contexto propicio para la comedia, Argan busca casar a su hija con un médico inepto en beneficio propio: «Inválido y enfermo como estoy, quiero conseguir un yerno y unos médicos cómplices para que me socorran en mi enfermedad, pa­ra tener en mi familia el suministro de los remedios que necesito y disponer al mismo tiempo de consultas y recetas». Con el fin de conseguir que la infeliz Angélique salga de esta situación, Toinette, la criada, y Béralde, el hermano de Argan, intentan hacerle entrar en razón acerca de su pretendida dolencia. La intriga se resuelve en una ceremonia final en la que el supuesto paciente es entronizado médico. Médico imaginario, por supuesto.

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