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El porqué de la irracionalidad

Ya sea para mostrar valentía, por terquedad u obstinación, a menudo actuamos de manera irracional en contra de nuestro propio buen ­juicio. ¿Es posible que existan buenas razones para ello?

No solo los niños, a veces también los adultos, persiguen objetivos absurdos. [Getty Images/ImagineGolf/iStock]

En síntesis

En ocasiones, los humanos pensamos o actuamos de modo irracional a consciencia. Según los psicólogos, ello puede tener ventajas, siempre y cuando los daños colaterales sean menores.

Las ideas y acciones aparentemente alocadas promueven la creatividad, el desarrollo personal o el atractivo sexual. Con frecuencia, ser diferente a los demás ayuda a encontrar pareja.

A ello se suma el atractivo de la obstinación: algunas personas se demuestran a sí mismas su propia libertad cultivando creencias, al parecer, irracionales. También, saltándose las reglas.

Christian Ankowitsch a veces se asombra de sí mismo. Cuando se enteró de que el teléfono móvil de su amigo se había estropeado, no se le ocurrió nada mejor que llamarle de inmediato… al móvil. A raíz de esa anécdota, este periodista y escritor austríaco se puso a investigar sobre la irracionalidad en el día a día. Le tranquilizó constatar que no era el único necio.

En una estación del suburbano de Viena, por ejemplo, observó que unos pintores restauraban el color gastado de las máquinas expendedoras de billetes. En una de ellas colgaron el cartel de «Recién pintado». ¿Mantenían los pasajeros la distancia del dispositivo? Algunos sí, pero siempre había quien al pasar extendía el dedo para tocar la superficie de la máquina y convencerse de que la pintura era fresca. Sorprendido, Ankowitsch preguntó a los trabajadores si se trataba de una conducta frecuente. «Es constante. Solo se necesita colgar un cartel para que una de cada dos personas le ponga el dedo encima.»

Desde hace tiempo, se considera que el ser humano es un maximizador de utilidad racional, que sabe qué es lo mejor para él y actúa en consecuencia. Así, a principios del siglo xx, los economistas lo bautizaron como Homo economicus. Tras un siglo de investigación del comportamiento está claro, por el contrario, que Homo sapiens es solo eso, un humano. Las personas tomamos atajos mentales en lugar de sopesar los hechos objetivos, nos ponemos en peligro sin necesidad o hacemos caso omiso de los buenos consejos. Sin embargo, nuestra especie ha escrito una historia de éxitos sorprendente. ¿Por qué la tendencia a la locura ha quedado tan arraigada en nosotros?

La falta de juicio aumenta la creatividad

Para crear, hay que salir del camino trillado. Muchos niños prodigio con ideas revolucionarias fueron objeto de burla por parte de sus contemporáneos. Como Albert Einstein, el físico que puso patas arriba la idea vigente del universo y pasó a la historia como un inconformista. De pequeño, las niñas le llamaban «el tonto». También se dice que, en un ataque de ira, agredió de tal manera a su posterior institutriz que esta no volvió jamás.

Muchos poetas y pensadores se caracterizan por cierta excentricidad. Salvador Dalí creía ser la reencarnación de su hermano fallecido y le gustaba llevar un pan por sombrero. Alexander Graham Bell quería lograr que su perro hablara y, de paso, inventó el teléfono.

¿Es necesaria una chispa de irracionalidad para llevar a cabo una genialidad? Según los estudios, las personas extremadamente creativas muestran con frecuencia, cuando menos, peculiaridades psicológicas. El psiquiatra británico Felix Post analizó la biografía de 291 personalidades del mundo de la ciencia, la música, el arte, la política y la literatura. Entre ellos se encontraban Charles Darwin, Gustav Mahler, Wassily Kandinsky, Sigmund Freud y Ernest Hemingway. Debido a su particular comportamiento, a menudo cumplían los criterios de un trastorno psíquico, aunque pocas veces resultaban suficientes para establecer un diagnóstico.

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