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La máquina de la verdad

Sea con un polígrafo o con pruebas cognitivas. Desde hace un siglo, la ciencia trata de poner a punto instrumentos y estrategias para averiguar si la persona interrogada dice la verdad o miente. Los nuevos estudios permiten entrever técnicas prometedoras.

GETTY IMAGES/ALLANSWART/ISTOCK

En síntesis

Durante mucho tiempo ha persistido la idea de la detección de mentiras mediante el polígrafo o las técnicas cognitivas. Sin embargo, los estudios señalan importantes deficiencias en ambos métodos.

Los testimonios falsos o el conocimiento oculto del autor no puede leerse de manera fiable a través de los valores de medición sobre la respuesta emocional o cognitiva.

Las técnicas de interrogatorio también pueden llevar a error, por ejemplo, en personas poco propensas al nerviosismo o, por el contrario, muy nerviosas. Un inocente puede acabar siendo culpable.

«La nariz de Pinocho no existe». Cuando se trata de averiguar si una persona interrogada dice la verdad, lo primero que señalan los expertos siempre es que no existe ningún indicio que permita desenmascarar con certeza si una persona miente. No importa si quien interroga es un estudiante, un psicólogo, un policía o un juez: todas las investigaciones, una tras otra, han revelado que, por término medio, nadie es capaz de adivinar mejor el resultado que si lo hiciese al azar. Por ese motivo, desde hace un siglo se estudian estrategias e instrumentos que mejoren ese rendimiento.

Durante un tiempo, la clave reveladora se buscaba en las emociones de quien miente, por ejemplo, analizando su comportamiento no verbal. Para ello se formulan al sospechoso una serie de preguntas estandarizadas y se observan su postura y sus gestos (la manera en que cruza las piernas, cómo se mueve en la silla o si desvía la mirada), que revelan nerviosismo y vislumbran la oportunidad de un interrogatorio más hondo.

No obstante, es preferible no fiarse de las impresiones personales, y confiar en la objetividad de un instrumento. El polígrafo, la «máquina de la verdad» clásica, registra parámetros fisiológicos que denotan el estado emocional: el ritmo cardíaco y respiratorio, la presión arterial y la conductividad eléctrica de la piel, que aumenta cuando nos encontramos ansiosos y sudamos en exceso. «Contrariamente a lo que se piensa a menudo, la técnica no nació en Estados Unidos, sino en Padua, en 1912, cuando Vittorio Benussi [psicólogo] efectuó el primer registro poligráfico basado en el trazado de los ritmos respiratorios. Unos años más tarde, la idea se retomó en Estados Unidos, con el registro de más parámetros», explica Giuseppe Sartori, del Departamento de Psicología General de la Universidad de Padua.

El uso clásico del polígrafo se basa en la técnica de las preguntas de control. Se realizan preguntas sobre el delito («¿Has matado a tu mujer?») y se compara la reactividad fisiológica del interrogado durante esa respuesta con la que presenta en el caso de una pregunta de control con respuesta neutra («¿Te llamas Mario?») o que le haya podido provocar agitación («¿Has pegado alguna vez a alguien?»). Si emite reacciones fisiológicas distintas ante las cuestiones sobre el delito, se considera que está mintiendo. Sin embargo, muchas veces el método se equivoca.

«Por un lado, es posible aprender y adoptar recursos físicos y mentales, así como estrategias de respuesta para engañar al instrumento, aparentando una sinceridad que no existe. Por otro lado, en un interrogatorio policiaco o una entrevista decisiva para la carrera profesional, es fácil que una persona que no tenga nada que esconder sienta ansiedad. De esta manera, un culpable podría pasar por inocente y, lo que es peor, un inocente por culpable», señala Aldert Vrij, de la Universidad de Portsmouth, en referencia a la validez de las distintas técnicas.

A pesar de sus considerables límites, el uso del polígrafo todavía se usa en Estados Unidos y en otros países para las investigaciones policiales y la selección de personal de las agencias de seguridad. «El caso de Edward Snowden resulta clamoroso. Unas semanas antes de efectuar sus llamativas revelaciones había superado una prueba de estas con toda naturalidad», afirma Sartori.

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