La organización cerebral del pensamiento

¿Cronológicamente, por conceptos o de forma caótica? Desde hace tiempo, los investigadores especulan sobre el modo en que el cerebro codifica los conceptos abstractos. Al parecer, se sirve del mismo circuito neuronal que conforma nuestra representación espacial.

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En síntesis

En 2005, los neurocientíficos May-Britt Moser y Edvard ­Moser hallaron las llamadas «neuronas de retícula». Junto a las neuronas de ubicación, estas células conforman nuestro GPS cerebral.

Nuevos estudios sugieren que este mismo sistema de navegación espacial interno nos ayuda a ordenar nuestros pensamientos y recuerdos en «espacios cognitivos».

Por otra parte, este «dispositivo de clasificación» interno nos permite aplicar a nuevas situaciones el aprendizaje de experiencias pasadas. De esta manera, contribuye a la flexibilidad cognitiva.

Nos sentimos superiores o inferiores. Tenemos familiares lejanos o cercanos. A veces estamos en las nubes. Algunos viven por encima de sus posibilidades. Experimentamos altibajos emocionales y, cuando hemos tocado fondo, solo nos queda levantar cabeza. Asimismo, tratamos de tomar distancia si las cosas no transcurren como esperamos.

El lenguaje humano está lleno de metáforas espaciales que describen nuestras vivencias. Son gráficas y cualquier congénere entiende de inmediato a qué nos referimos con ellas Pero ¿por qué funcionan tan bien? ¿Nos imaginamos realmente que los familiares lejanos viven muy lejos o que flotamos entre las nubes cuando estamos distraídos?

Al parecer, nuestro cerebro ordena las experiencias y los recuerdos con ayuda del mismo circuito neuronal que nos proporciona la capacidad de representación espacial. Este comprende áreas del hipocampo y de la corteza entorrinal, regiones que han pasado en los libros de texto como un sistema de navegación endógeno. En 1971, el neurocientífico John O’Keefe, del Colegio Universitario de Londres, descubrió neuronas en el hipocampo de ratas, las cuales se activaban cuando los animales se encontraban en una determinada posición en el espacio. Estas células nerviosas, conocidas como «neuronas de ubicación», informaban a los roedores de dónde se hallaban en ese preciso instante.

Distintas neuronas de ubicación se activan según la posición en el espacio (o campo de ubicación). Y todas juntas conforman una especie de mapa del entorno. De esta manera, cuando una rata recorre un camino, se activan, una tras otra, las respectivas neuronas del hipocampo por cuyos campos de ubicación pasa el animal.

En 2005, la pareja de neurocientíficos May-Britt y Edvard Moser, de la Universidad Noruega de Ciencia y Tecnología, descubrieron un segundo tipo de células nerviosas, alojadas en la corteza entorrinal, que también codificaban información espacial: las «neuronas de retícula». Estas no solo se activan en una determinada posición en el espacio, como sucede con las neuronas de ubicación del hipocampo adyacente, sino en muchas otras. Así, en el cerebro de una rata de laboratorio, por ejemplo, la neurona reticular se excita siempre que el animal se halla en el punto de acceso de un recorrido. Cuando recorre unos cuantos pasos, la célula se silencia para volver a activarse unos centímetros después. En todas las direcciones se encuentran, a intervalos regulares, campos de ubicación en los que una neurona de retícula se activa. En su conjunto, forman un patrón de triángulos equiláteros que originan una estructura reticular compacta, como una suerte de mapa mental. Cada neurona posee su propio «retículo» de campos de ubicación, el cual representa un sistema de coordenadas del entorno.

Las neuronas de ubicación y de retícula constituyen, algo así como un GPS interno, junto con las que señalan, a modo de brújula, la orientación en el entorno y las que registran los límites en el espacio. Ello permite que los roedores se muevan hacia un objetivo y que se orienten de forma segura en un ambiente que les es familiar. Este descubrimiento les valió a John O’Keefe, May-Britt Moser y Edvard Moser el premio Nobel de medicina de 2014 [véase «El hallazgo del GPS cerebral», por Jan Osterkamp; Mente y Cerebro, n.o 77, 2016].

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