A PASSION FOR IGNORANCE
What we choose not to know and why
Renata Salecl
Princeton University Press, 2020
208 págs.

 

Vivimos en un mundo paradójico. Tenemos a nuestro alcance un caudal de información y un arsenal de medios para acceder a la misma como nunca antes en la historia de la humanidad. Y, sin embargo, junto con el afán de saber, propio de nuestra naturaleza, se ha extendido una tendencia obsesiva a prescindir de, si no rechazar todo conocimiento que nos resulte incómodo, doloroso o traumático. A esa actitud, Renata Salecl la denomina pasión por la ignorancia. No es la primera vez que la autora hace una incursión en temas no hollados. En una obra anterior, que tuvo particular repercusión, A tyranny of choice (2011), abordaba ya otras neurosis de la sociedad.

De acuerdo con lo expuesto aquí por esta experta en relaciones entre psicoanálisis y derecho, docente en el londinense Colegio Birkbeck, no debe confundirse esa actitud de rechazo, a saber, con ver las cosas desde ópticas distintas o incluso contrapuestas. Por botón de muestra, recuerda el trabajo, realizado a comienzos del siglo xx, del antropólogo Paul Radin sobre el comportamiento de un poblado de la tribu de los Winnebago, conocidos hoy por nación Ho-Chunk. Conformado por dos grupos emparentados, a Radin le sorprendió su dispar concepción del lugar en que vivían. Solicitó a ambos dibujar un plano del asentamiento. El primero presentó las viviendas distribuidas en un círculo que encerraba todas las moradas de los miembros de los dos grupos. Por su parte, el segundo dibujó una imagen muy distinta: había una línea divisoria imaginaria, que separaba las casas de un grupo de los lares del otro. Al contemplar ambos mapas, el antropólogo social Claude Lévi-Strauss interpretó que la cuestión importante no era la precisión de la representación de la realidad, sino la percepción del entorno, muy distinta en uno y otro grupo. Y del puesto que creían ocupar en la estructura del poblado. Una pauta discriminatoria que se repite a menudo en otros ámbitos. En esa polaridad, la autora incluye el comportamiento del mundo ante la pandemia del nuevo coronavirus.

La cantidad abrumadora de información no ha sido suficiente para vencer la renuencia a conocer la realidad de la epidemia y el rechazo de su existencia por los llamados negacionistas. Se han multiplicado desde un comienzo las tesis de la conspiración [véase «Teoría de la conspiración», por Roland Imhoff y Pia Lamberty; Mente y Cerebro, n.o 84, 2017], alimentadas en redes sociales, según las cuales, por ejemplo, el virus no existiría, se habría originado en un centro secreto de armamento biológico, se curaría con remedios ridículos, etcétera. No se trata de que los negacionistas tiendan a abdicar de una reflexión sobre qué información es veraz y qué noticia no lo es. En algunos casos, su postura era fruto de una estrategia: no atender a lo que estaba sucediendo propiciaba el mantenimiento de la actividad económica, al menos por un tiempo. Una estrategia que comportaba, sin embargo, menospreciar la importancia de las personas, que son las garantes del mantenimiento de la economía, como si la salud no fuera prerrequisito para que la economía siguiera funcionando. Por no hablar de otras consecuencias; el rechazo a reparar en que el virus mata a personas ancianas y vulnerables supone consentir en su suerte infausta.

Tiene en ello mucho que ver nuestra voluntad de ignorar lo que nos resulta inconveniente o traumático. Sobre todo en tiempos de crisis, abunda entre las personas el desconocimiento voluntario, el no querer saber o enterarse para no tener que enfrentarse a sucesos o sentimientos traumáticos. No es tanto mera ausencia de conocimientos cuanto rendirse acríticamente ante la avalancha de indiscriminada información. En el caso de la COVID-19, hay quien ha buceado en informes clínicos, científicos y estadísticos, no ya por afán de saber, sino en busca de confirmación de que la pandemia no existe.

Las personas han encontrado siempre formas de cerrar ojos, oídos y boca para ignorar y negar información que encuentran perturbadora. No tendrán reparo en identificarse con un líder, aún cuando su discurso esté plagado de mentiras. En estos tiempos de relativismo dominante, al que denominan posverdad [véase «La era de la posverdad», por Theodor Schaarschmidt; Mente y Cerebro, n.o 87, 2017], resplandece la inercia cognitiva, esto es, una mayor indiferencia ante lo que es verdad o mentira. Esta indiferencia va unida a la incapacidad de conocer y no a una simple falta de voluntad de aprender. De hecho, Salecl distingue entre no conocer (desconocimiento) y no reconocer (ignorar). Ambos estados de la mente revisten interés en nuestra sociedad, cultura y vida intelectual. Y ambos presentan problemas. A veces tienen sus usos y beneficios. El desconocimiento presenta un peligro cuando se le trata como si fuera una virtud, pero también puede despertar un deseo de entender qué somos y cuál es nuestro lugar en el mundo. Señala el punto en que la pericia del profesional ya no da más de sí; con mayor precisión, establece la linde entre lo que podemos razonablemente esperar de las personas, una a una y en conjunto.

El psicoanalista Jacques Lacan tomó del budismo la expresión «una pasión por la ignorancia», que da título al libro, para expresar el esfuerzo de los pacientes puesto en evitar conocer la causa del sufrimiento, aún cuando la mayoría declarase que sí quería comprenderla. Desde su perspectiva psicoanalítica, Lacan decidía adoptar la postura de quien no desea conocer y descubrir los motivos subyacentes a esa postura. La ignorancia, sea activa o pasiva, consciente o inconsciente, ha formado siempre parte de la condición humana. Lo novedoso es el aluvión creciente de información y desinformación que recibimos desde múltiples fuentes. El fácil acceso a ese torrente en línea, sobre todo, ha incentivado el deseo de conocer. Los individuos sienten la responsabilidad de hacerse expertos en todo, de tomar decisiones sobre su estilo de vida y salud, sobre los tratamientos médicos a seguir. Pero es imposible abarcarlo todo con conocimiento riguroso. Percibir y comprender el mundo que nos rodea implica necesariamente desarrollar una labor de criba para establecer qué es lo importante para nuestras necesidades y objetivos y qué no lo es.

En tiempos de crisis, la ignorancia puede contribuir al bienestar e incluso a la supervivencia. Porque resulta, a veces, imposible distinguir la verdad de la falsedad, ha surgido una reacción en contra, que consiste en mirar para otro lado o, sencillamente, un rechazo a saber. Hay quien va más allá y toma por un avance esa negación, a modo de escudo autoprotector; extendida a la sociedad, esa actitud cobra especial interés cuando se rechaza información que pudiera minar las estructuras de poder o mecanismos ideológicos que mantienen el orden existente. La emergencia de nuevos tipos de información en el campo de la medicina significa que la cuestión de conocer o no conocer se ha convertido de importancia vital para el individuo. Y reviste parejo interés el examen de la ignorancia con respecto a los nuevos mecanismos de poder. En la segunda mitad del siglo XX, el filósofo francés Michel Foucault escribió in extenso sobre la relación entre poder y conocimiento. Hoy, la relación entre poder e ignorancia demanda igual atención.

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