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1 de Enero de 2009
Política científica

Ciencia, desarrollo y cerebro

Miguel A. L. Nicolelis se apoya en la conversación entre neuronas para accionar prótesis robóticas. Con ese aval, espera hacer uso del potencial de la población de su país construyendo una red de ciudades de la ciencia.
En un aula, casi a oscuras, de la Universidad de Duke Miguel Nicolelis supervisa el análisis que dos alumnos realizan de las corrientes de datos que atraviesan las pantallas de los ordenadores. Las rayas y picos, en colores brillantes, reflejan en tiempo real la actividad cerebral de un macaco rhesus que, en la sala contigua, camina a ritmo pausado sobre una rueda móvil. Los chasquidos que salen de un altavoz situado en la pared del fondo son el sonido amplificado de los disparos de una de sus neuronas. "Esta es la música más hermosa que podemos oír procedente del cerebro", declara Nicolelis.
Se trata de un ensayo preparatorio de una demostración formal de las investigaciones en torno a la prostética humana mentalmente controlada, que ya en 2003 mereció grandes titulares en la prensa mundial. En aquel momento el grupo demostró que podían oír las señales cerebrales generadas por un mono que se valía de una palanca para manejar un videojuego y traducir el código biológico en órdenes para que un brazo mecánico ejecutara los mismos movimientos. Ahora el grupo se propone que unas piernas robóticas caminen bajo las órdenes procedentes de la corteza motriz de una mona que pasea como la del ensayo. Pero en esta ocasión se intenta, además, alimentar el cerebro del animal con información procedente de sensores instalados en los pies del robot, de tal modo que aquél "perciba" las zancadas de las piernas mecánicas como si fueran las suyas. Para redoblar el desafío, la mona se encontrará en Duke, que está en Carolina del Norte, pero las piernas robóticas se hallarán a medio mundo de distancia, en el Instituto Internacional de Investigación de Kyoto (Japón).

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