WARRIORS OF THE CLOISTERS. THE CENTRAL ASIAN ORIGINS OF SCIENCE IN THE MEDIEVAL WORLD
Por Christopher L. Beckwith. Princeton ­University Press, Princeton, 2012.

Dos innovaciones culturales decisivas, nacidas en Asia Central, revolucionaron la Europa medieval y dieron origen a la ciencia en Occidente. El método recursivo de argumentación y la fundación de la «casa de estudios». Los científicos medievales no realizaban experimentos, sino que contrastaban versiones antagónicas de cuestiones de ciencia natural, filosofía y teología, aplicando el método recursivo. La lógica, la ciencia y la filosofía natural se institucionalizaron en las nuevas casas de estudios. La nueva enseñanza se convirtió pronto en torrente de ideas que transformaron radicalmente la vida intelectual de Europa Occidental. Se llevó a cabo una revolución intelectual centrada en la ciencia.

Sabemos que los fundamentos de la ciencia llegaron a Europa Occidental procedentes del mundo islámico. Pero ignorábamos la fuente de un elemento clave de esa transmisión y apenas se había reparado en el instrumento que la hizo posible. El método recursivo se ideó y desarrolló en la comunidad ilustrada budista, que lo difundió por toda Asia Central. Con la islamización, el método fue adoptado por filósofos naturales del Asia Central. Durante el mismo período, el Estudio General latino, embrión de la universidad, copió del mundo islámico su razón de ser y su estructura. Pero la casa de estudios musulmana se originó también en el Asia Central budista. Una vez más, Asia Central sirve de pivote no solo de la historia política y militar de Eurasia, sino también de su desarrollo intelectual.

Los europeos occidentales entraron en un contacto intenso y duradero con el mundo islámico, de una forma directa y personal, desde comienzos de las Cruzadas, a partir de 1096. Dejando de lado los aspectos militares, miles de ciudadanos viajaron a países mahometanos ya como comerciantes, ya como peregrinos, o como ambas cosas. Tomaron nota de los elementos culturales de la civilización islámica que encontraron, incluida la ciencia arábiga clásica (la versión árabe de la filosofía natural aristotélica), la matemática árabe-hindú, la poesía y la música de la España islámica. De ese bagaje, los historiadores excluían el método recursivo, aportación que se creía genuinamente europea. Parece asentado que el primer centro de estudios, o Estudio General, fue fundado en París por un peregrino a su vuelta de Jerusalén. Viajó por Oriente Próximo, bajo dominio musulmán. Peregrinos y cruzados atravesaban Siria, donde conocerían una institución semejante, la madrasa, que existía desde hacía varios siglos en Asia Central islámica. Y esta no había sido más que la conversión de la academia budista, o vihara. Madrasa y vihara son virtualmente idénticas en forma, función, programa docente y estatuto legal. Los arqueólogos han descubierto la forma arquitéctica de tales centros. La vihara centroasiática típica era de planta rectangular o cuadrada, estructura que se replicará en la madrasa.

Al método recursivo de la argumentación, o método de las quaestiones disputatae (cuestiones disputadas), se le denomina a menudo método escolástico. Lo fijó Avicena, tras haberlo aprendido de un maestro de fqh (jurisprudencia islámica), en su De anima («Sobre el alma»). Aunque circuló como obra independiente, este tratado forma parte del Kitab al-shifa («Libro de la sanación»). El De anima fue traducido al latín por Avendauth, ayudado por Dominicus Gundisalvus y dedicado al arzobispo Juan de Toledo (1152-1166), si bien el proceso comenzó con su predecesor, el arzobispo Raimundo (1125-1152). Encontramos el método plenamente ya asimilado en las grandes figuras del apogeo escolástico: Robert de Gourzon, Alejandro de Hales, Roger Bacon, Alberto Magno o Tomás de Aquino. Vigente hasta la revolución científica, de esa estructura expositiva arranca lo que pudiéramos considerar método narrativo ideal de la investigación científica. Pese a la creencia popular, la Iglesia no suprimió la ciencia; todo lo contrario, su éxito se debió en buena medida al apoyo que esta recibió de aquella, de la ciencia.

Entre las quaestiones abordadas, abundan los temas de física (si en el movimiento local la velocidad debe medirse en razón de la distancia recorrida; si la razón —proportio— de velocidades en el movimiento varía de acuerdo con la resistencia encontrada por la fuerza motriz, y si la luz se refracta al encontrarse en un medio más denso o más raro); de geología (si las aguas de los manantiales y de los ríos se originan en cavidades subterráneas o si la tranquilidad del aire es un signo de que va a producirse un terremoto); de química (si los elementos persisten formalmente en un cuerpo compuesto o si el compuesto es natural o artefacto); de meteorología (si la región media del aire es el lugar donde se genera la lluvia o si el trueno está causado por el fuego extinguido en una nube), etcétera.

¿Cuál era la estructura de las exposiciones medievales? Por ceñirnos a las principales, estaba, en primer lugar, el tratado. La estructura básica del tratado puede resumirse en la fórmula T: AAAAA... donde T es el tema y A el punto de vista del autor. Había, en segundo lugar, escritos en el formato de diálogo, de preguntas y respuestas, que, igual que el anterior, difieren por completo del método de argumentación recursiva. El formato del diálogo socrático, seguido por Platón era, en realidad, un tratado encubierto. Lo mismo que otros, por ejemplo el de Galileo en Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo. Pese a la presencia de una segunda voz, esta no es alternativa de la primera, que es la autoridad; las propias objeciones levantadas se refutan de inmediato. Y estaba el método recursivo, distinto de los dos precedentes.

Ejemplo de estructura de libro escrito de acuerdo con el método recursivo son las Summae («Sumas»), donde el autor va engarzando argumentos recursivos (quaestiones disputatae) sobre puntos específicos. Un libro escrito de acuerdo con el método recursivo acostumbra tener un título general, enciclopédico: Summa de X (sumario o compendio de todo sobre el tema X) o Quaestiones disputatae sobre Y. Tras un breve prefacio opcional, el texto comienza con el primer argumento, cuyo tema (el título) es un argumento que suele presentarse como enunciado o cuestión sobre una cita de la Escritura o de otra fuente importante y pertinente a un punto de doctrina teológica o sobre un problema de ciencia. A ese argumento principal (la cuestión o el tema) le sigue la presentación de un argumento (subargumento1) o, por lo común, una cadena de argumentos, los subargumentos1, en torno a la cuestión de marras. En la sección de subargumentos1, se presentan las opiniones diversas de otros autores, así como los argumentos hipotéticos que pudieran esbozarse.

A la primera cadena de argumentos le sigue una segunda cadena de argumentos, los subargumentos2, sobre los argumentos de la primera cadena, presentados por el mismo orden. En ese momento, se aportan los argumentos en pro o en contra de los argumentos de la primera lista (subargumentos1). Los subargumentos1 se identifican por un número en lista de subargumento2 (in primo, in secundo, etcétera). Algunos autores no los numeran, sino que se refieren a cada subargumento1 mediante un breve resumen de su punto principal en el comienzo del correspondiente subargumento2; o bien, mencionan al autor o a la fuente del subargumento1, al que está respondiendo el escritor.

El lugar en que, dentro de un argumento, aparezca el punto de vista del autor —parte esencial del método recursivo— depende de cada escritor o de la disposición que la tradición ha impuesto en su género literario. La estructura de un subargumento dado (dentro de un argumento recursivo íntegro) puede seguir la estructura de tratado, diálogo o argumento recursivo. En el último caso habrá argumentos recursivos dentro de argumentos recursivos. Tras recorrer ese procedimiento en un tema (argumento principal, primera lista de subargumentos, opinión argumentada del autor y segunda lista de argumentos), el autor pasa al tema siguiente.

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