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1 de Septiembre de 2019
Neurociencia

Dimorfismo cerebral

Mitos y realidades.

 
THE GENDERED BRAIN

THE NEW NEUROSCIENCE THAT SHATTERS THE MYTH OF THE FEMALE BRAIN
Por Gina Rippon
Penguin Random House, Londres, 2019


Vivimos en un mundo donde la bandera del sexo y del género todavía cubre muchos ámbitos. Así, el sexo determina las habilidades y preferencias del individuo, sea en los juegos o en el color de la indumentaria, en la profesión escogida o en el salario percibido. Un pensamiento ligado a menudo a supuestos firmemente enraizados. Tan viejo como la propia vida es el reconocimiento del dimorfismo sexual entre varón y hembra. También diferentes, según el estereotipo, en empatía, emociones y locuacidad, que serían propias de la mujer frente a las habilidades sistematizadoras, racionales y espaciales, que se predican del varón. Se da por cierto que tales diferencias son constructos sociales, porque hombres y mujeres son enseñados a cumplir funciones diferentes. Pero ¿qué correlación guarda esa disparidad en nuestro cerebro?

Gina Rippon, experta en técnicas de neuroimágenes aplicadas a la interacción entre cerebro y entorno, es profesora emérita en el Centro de Investigaciones Cerebrales Aston, de Birmingham. En The gendered brain critica el uso espúreo de la neurociencia y en particular, los estereotipos infundados sobre el género. Discrepa de la división binaria entre un cerebro de mujer y un cerebro de varón. Rippon propone un nuevo planteamiento para abordar las diferencias que se observan en el cerebro y denuncia que la mayoría de los datos aportados para justificar esa partición se hallan sesgados o son incompletos. Insta a trascender supuestas diferencias para centrarse en la individuación, adaptación y potencial de un órgano que es, en todas sus vertientes, único.

La búsqueda de diferencias entre el cerebro del varón y de la mujer ha sido incesante con las técnicas disponibles en cada momento. De manera sistemática, desde el siglo xviii, se trataba de dotar de consistencia científica, biológica, a la idea de la mujer como un ser frágil e incompleto. En la centuria siguiente, médicos y científicos se unieron en un mismo empeño de medir y pesar los encéfalos. (Se vaciaban los cráneos y se calculaba el volumen rellenándolos de un fluido o grano.) Cuando se observó que no se llegaba a ninguna conclusión por ese camino, se abrió una nueva vía y se apuntó­ a la complementariedad: el hombre sería más racional, la mujer más intuitiva. La distinción biológica entre ambos sexos se cifraba en las tres g: genética, gónadas y genitales.

Los cromosomas alojan los genes, que son segmentos de ADN que informan sobre lo que hacen las células. Los humanos contamos con 23 pares de cromosomas. Un par de ellos forman los cromosomas sexuales, que cursan en dos formas: X e Y. Las mujeres tienen dos X. Cuando comparten la mitad de cada par de cromosomas con su progenie, el cromosoma sexual que ofrecen será siempre un X. Los varones tienen X e Y. Si comparte el cromosoma X con su descendiente, este será una niña (XX). Si comparte un cromosoma Y con su descendiente, este será niño (XY).

Un individuo que en su citogenética sea XX, tendrá ovarios y vagina; un individuo XY, presentará testículos y pene. Pero no es una regla sin excepciones. Abundan datos relativos a individuos que manifiestan juegos combinados de cromosomas, es decir, sujetos con algunas células XY y algunas células XX, información que ha ido en aumento con el progreso de las técnicas de secuenciación del ADN y de la biología celular. Existen pruebas de que la expresión de genes que determinan gónadas pudiera proseguir tras el nacimiento debilitando de esta manera la idea de que las diferencias sexuales físicas resulten determinantes.

Por eso, algunos postulan una definición más laxa de los tipos de desarrollo sexual, que incluya variaciones en la producción de espermatozoides, por ejemplo, y en los niveles de hormonas, sin despreciar diferencias anatómicas más sutiles. Son los que reconocen la existencia de un espectro amplio de tipos, donde estarían muchas variaciones. Hay individuos que nacen con genitales ambiguos o que, en el curso del desarrollo, mostrarán caracteres sexuales secundarios que no se cohonestan con el estereotipo de género. Esas excepciones se consideraron antaño anomalías intersexuales o trastornos del desarrollo sexual que requerían la asistencia clínica e incluso intervenciones quirúrgicas precoces.

En 2015, un equipo liderado por Daphna Joel, de la Universidad de Tel Aviv, informaba de los resultados de una investigación exhaustiva sobre 1400 rastreos cerebrales realizados en cuatro grandes laboratorios. Examinaron la materia gris de 116 regiones de cada cerebro. Identificaron diez rasgos que mostraban las mayores diferencias entre el cerebro masculino y el femenino. Esas regiones distintas se colorearon de rosa en un caso y de azul en otro. Los rasgos que eran mayores en los varones se calificaron de varoniles y los que eran mayores en las las mujeres se calificaron de femeninos. Cuando esos rasgos se superpusieron sobre otro conjunto de datos pertenecientes a 169 cerebros de mujeres y 112 de varones, quedó de manifiesto que cada encéfalo presentaba un auténtico mosaico de rasgos varoniles y femeninos, así como numerosos intermedios. No llegaba al 6 por ciento de la muestra los que eran decididamente masculinos o femeninos; el resto presentaba un amplio rango de variabilidad. Esa pauta de distribución se corroboró en otros tipos de datos.

La conclusión a extraer era que había que abandonar la idea de que los cerebros caían dentro de dos clases, uno genuinamente masculino y otro genuinamente femenino. Existe una amplia variabilidad, un mosaico.

No se rechazaban diferencias significativas entre el cerebro del varón y el cerebro de la mujer, pero resultaba obligado admitir la presencia de muchas áreas cerebrales comunes, incluidas la mayoría de las regiones de materia gris y de materia blanca, así como medidas de conectividad. Es tal el solapamiento, que carece de sentido hablar de cerebro masculino y de cerebro femenino en lo concerniente a determinados rasgos.

¿Es lo mismo género que sexo? En esta cuestión hoy debatida por razones marginales a la escueta biología, abundan quienes sostienen que no puede afirmarse que una persona sea varón o hembra en razón de su aparato genital en el momento del alumbramiento. El dimorfismo sexual no podría predicarse más allá de lo meramente orgánico, creando una profunda separación en lo biológico y lo cultural. Con ese discutido punto de vista se quiebra el nexo organismo-persona que tantos frutos ha dado en el avance del conocimiento del ser humano en su integridad. El género se basa en normas culturalmente aceptadas, en actitudes y conductas que son típicas de varones o de mujeres. La identidad de género tiene que ver con nuestro sentido interior de quiénes somos. Las personas expresan a menudo su identidad de género a través de sus cánones de estética o de comportamiento. En cambio, el sexo se encuentra determinado en la concepción, por los genes que heredamos de nuestros progenitores. Tras varios meses de embarazo, se hace visible en la pantalla mediante ultrasonidos.

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