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1 de Septiembre de 2019
Psicología

Rarezas psicológicas

Para conocer mejor el cerebro.

UNTHINKABLE
AN EXTRAORDINARY JOURNEY THROUGH THE WORLD’S STRANGEST BRAINS
Por Helen Thomson
Nueva York, Ecco/Harper Collins, 2018


Nuestro cerebro es más extraordinario, y al tiempo más extraño, de lo que pensamos. Damos por descontado que podemos recordar, emocionarnos, divagar, sentir empatía con los demás o comprender el mundo que nos rodea. ¿En qué medida y en qué dirección cambiaría nuestra vida si esas capacidades se potenciaran drásticamente o desaparecieran de la noche a la mañana?

Helen Thomson ha pasado dos años viajando por el mundo, tomando nota de increíbles trastornos cerebrales que iba encontrando. Desde el hombre que recuerda con mayor nitidez y viveza lo que le ocurrió hace cuarenta años que lo que le sucedió ayer mismo hasta el que se creía tigre o el médico que sentía el dolor de sus pacientes con solo mirarlos, la mujer que oía una música inexistente o la que perdió su capacidad de orientación y se pierde en su propia casa. Sus experiencias, indica Thomson, explican de qué modo el cerebro conforma nuestra vida, una manera inesperada a veces, brillante y amenazadora otras.

Relato tras relato, Unthinkable, nos lleva por un recorrido del cerebro humano, el lento conocimiento de sus posibilidades hasta extremos inimaginables: forjar recuerdos que nunca se desvanecen, desarrollar una extremidad perdida o tomar decisiones arriesgadas. La autora, premiada divulgadora científica desde las páginas de New Scientist y Nature, se especializó en neurociencia cerebral, disciplina cuyo primer apunte se remonta al papiro quirúrgico Edwin Smith, del Egipto faraónico. De una manera más sistemática, Platón en el siglo IV antes de Cristo, aventuró la propuesta del cerebro sede del alma, ubicación que su discípulo Aristóteles situó en el corazón. Renuentes a abrir el cráneo de los cadáveres humanos, los médicos de la antigüedad clásica temían que, al hacerlo, se les escapara el alma y los pacientes no pudieran disfrutar de la vida ultraterrena, razón por la cual sus descripciones se basaban en la disección de animales. Fueron Herófilo y Erasístrato los primeros que se atrevieron a observar directamente el cerebro humano en torno al 332 antes de Cristo. Menos atentos a la búsqueda del alma, se concentraron en la anatomía básica, en la red de fibras que cursa del cráneo a la médula, el sistema nervioso.

Tras muchos siglos de tanteo, contamos ahora con poderosos medios de formación de imágenes para plasmar, con fino detalle, la actividad cerebral: resonancia magnética funcional, electroencefalografía o tomografía computarizada. Medios que nos han permitido dividir en 180 regiones distintas el cerebro, cuya capa superior corresponde a la corteza, que se divide en dos hemisferios casi idénticos. Distinguimos los cuatro lóbulos que, juntos, son los responsables de todas las funciones mentales. Para nuestro equilibrio, movimiento y postura resulta imprescindible la intervención del cerebelo, situado en la parte posterior del encéfalo. Del control de la respiración y latido cardíaco se ocupa el tallo cerebral. Por su parte, el tálamo constituye una suerte de estación central de emisión y recepción de información con el resto de las regiones. A la par que aumenta la potencia instrumental vamos comprendiendo mejor los mecanismos de operación, como el recurso a registros electrofisiológicos intracraneales aplicados a la identificación de los mecanismos implicados en la evocación de los recuerdos.

Las enfermedades mentales, incluso cualquier anomalía, pueden deberse a pequeñas malformaciones en la actividad eléctrica, desequilibrios hormonales, lesiones, tumores o mutaciones genéticas. Pero nos hallamos muy lejos de entender qué sea la mente. De hecho, carecemos de una explicación satisfactoria de las funciones superiores: memoria, inteligencia, consciencia, toma de decisiones, creatividad, etcétera. Lo que parece innegable es que el cerebro extraño aporta una ventana única para contemplar los misterios del cerebro normal. Esa es la tesis de un libro, que, a imagen de la teoría del caso en economía, parte de un acontecimiento concreto y particular para ir descubriendo toda la neurociencia que en él se compendia.

Las fuentes hospitalarias son, en su mayoría, asépticas y frías, en su afán de respeto a la privacidad y objetividad mal entendida. Cuando se alude a ellas, los pacientes aparecen por sus iniciales, omitidas sus características personales y silenciado su desenvolvimiento en la vida. Thomson ha roto con esa tendencia y ha escrito unas páginas de extraordinaria fuerza retratista en todas las dimensiones de la persona entera y en su relación social, convencida de que, para comprender a alguien, para sumergirse en su personalidad, hay que dejar de lado los estereotipos y compartir su quehacer diario.

Recojamos algunas muestras. Bob, el primer abordado, goza de una memoria que se diría perfecta. Podía recordar cada día de su vida. Se desconocía de la existencia de semejante prodigio del cerebro hasta el trabajo del neurobiólogo James McGaugh a comienzos del siglo xxi. Para interpretarlo, Thomson lo encuadra en su marco teórico. Así, se conviene en la existencia de tres tipos principales de memoria: sensorial, a corto plazo y a largo plazo. La sensorial es la que penetra en el cerebro; dura un fragmento de segundo, el tiempo suficiente para percatarse de su entorno. El roce de la ropa con la piel, el sonido del tráfico o el olor de un perfume que llena el ambiente desaparecen de inmediato de nuestro recuerdo, si no hacemos un esfuerzo por retenerlo. La memoria a corto plazo es la memoria de los sucesos comunes. Dura entre 15 y 30 segundos. Si nos interesa, podemos retenerla para convertirla en memoria a largo plazo.

De acuerdo con la neurociencia actual, la memoria se forma en la sinapsis, los hiatos entre neuronas donde los impulsos eléctricos pasan de una célula a la siguiente. En la memoria desempeña un papel clave la interacción dinámica entre ambas células. Cuando los pasos de esos impulsos se reiteran, la sinapsis se refuerza y consolida y cualquier actividad registrada en la primera neurona va adquiriendo mayor probabilidad de estimular la segunda. Nuestros recuerdos, una vez formados, no quedan fijados. Cada vez que los evocamos reforzamos las vías neurales que los crearon y consolidamos su presencia. A sensu contrario, si una trayectoria neuronal deja de usarse, se degrada. Y nos olvidamos de las cosas.

 ¿Cómo recordamos nuestras experiencias? La capacidad mental de recuperar encuentros, sucesos y objetos del pasado es intuitiva. La recuperación de la memoria episódica descansa sobre el redescubrimiento de representaciones neurales de experiencias vígiles. Pero los circuitos neurales que nos permiten la recuperación de esa memoria episódica constituyen una cuestión fundamental irresuelta en neurociencia. Se comienza ahora a recurrir a registros electrofisiológicos intracraneales en humanos para identificar un mecanismo que se supone implicado en la recuperación de la memoria: la ocurrencia sincronizada de oscilaciones de alta frecuencia a través de distintas regiones cerebrales.

En Abu Dhabi, Thomson encontró a Matar, un hombre entonces de mediana edad al que en la adolescencia se le diagnosticó esquizofrenia, tras denunciar a la policía un supuesto ataque de bomba a su pueblo. De adulto se obsesionó con la convicción de ser un tigre. Durante los períodos de alucinación se encerraba en su habitación por miedo a salir fuera y comerse a alguien. Unas alucinaciones que se repetían. En cierta ocasión, mientras se le cortaba el pelo, se lanzó sobre el barbero e intentó morderle. La alucinación teriantrópica de Matar es sumamente rara. Solo se han registrado 13 casos en un período de 162 años.

Habida cuenta de que las pruebas de imagen del cerebro de Matar son normales y la teriantropía no es frecuente, Thomson busca la explicación en trastornos más comunes, en los que las personas perciben que sus extremidades no siguen sus instrucciones, las sienten cuando no existen o las creen más largas o más cortas. Ello le da pie para detenerse en la neurociencia del miembro fantasma y su causa verosímil: áreas del cerebro que antes procesaban las sensaciones procedentes de la extremidad que falta toman a su cargo neuronas que procesan la información de otras partes del cuerpo. Esta reasignación conduce a la sensación errónea de que, cuando nos restregamos la cara, es el miembro fantasma el que lo hace.

En la mayoría de los pacientes estudiados por Thomson, la aplicación de técnicas de neuroimágenes revelan un cerebro normal. Salvo en el caso de Graham, de 57 años de edad, que está convencido de que está muerto. Sufre síndrome de Cotard, descubierto en el siglo xix por el neuropsiquiatra francés Jules Cotard. Sometido a una tomografía de emisión de positrones, que mide la actividad metabólica, esa actividad aparecía muy mermada en regiones extensas del cerebro de Graham; en la tomografía semejaba el cerebro de un sujeto durmiendo o en coma. Especialmente afectada era la corteza prefrontal dorsolateral, área asociada con la autoevaluación y la formación de creencias. A buen seguro esa es la base del rechazo de Graham a convencerse de que no está muerto, pese a la contundencia de las pruebas de lo contrario.

La verdad es que el cerebro integra constantemente cantidades ingentes de información. Las conexiones sinápticas, exquisitamente específicas y dinámicas, tienden redes de comunicación y construyen circuitos, cuyo mecanismo molecular desconocemos en buena medi­da. Razón por la que no podemos explicar tanto caso sin­gular que se aparta de la normalidad, al tiempo que es la vía más fecunda para interpretarla, como demuestra la autora.

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