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1 de Septiembre de 2019
Neurología

Un fantasma en el hospital

El señor N., quien ha padecido un ictus y está ingresado en el hospital, asegura que cada noche le visita un desconocido que le impide dormir. En ocasiones, incluso deja objetos insólitos y macabros encima de la cama. ¿Qué hay de cierto en todo ello?

En síntesis

Algunas de las personas que han sufrido un ictus desarrollan un trastorno conocido como hemiasomatognosia. Este les lleva a negar la existencia de una mitad de su cuerpo.

El síndrome de Anton-Babinski, en el que se dan síntomas de hemiasomatognosia, se acompaña de delirios en los que el paciente asegura que posee varios brazos o piernas izquierdos o que estos se desprenden de su cuerpo durante la noche. Algunas veces piensa que un desconocido se ha acostado a su lado.

Este síndrome es el resultado de una lesión del hemisferio derecho del cerebro, responsable de la imagen mental de la mitad izquierda del cuerpo. En estos casos, el hemisferio izquierdo, poco sensible al sentido común, niega la evidencia y produce explicaciones extravagantes.

Son las nueve de la mañana del 12 de abril en el hospital de Créteil, en Francia. La enfermera y el médico de guardia conversan sobre los incidentes de la noche anterior. Ella explica:

— El señor de la habitación 29 ha tenido una noche agitada. Ha llamado varias veces afirmando que alguien se ha acostado junto a él.

— Tal vez era la señora de la habitación 18. No ha dormido nada y suele deambular por otras habitaciones.

— No, la enfermera de guardia no ha visto a nadie.

Las nueve de la mañana del 13 de abril en el mismo hospital. La enfermera describe al médico cómo ha ido la noche:

— De nuevo han habido problemas con el paciente de la habitación 29. Ha llamado varias veces para quejarse de un gracioso que se ha acercado a su cama y le ha deja­do grandes trozos de carne. Ha pedido que lo echen de su habitación y que limpien la ropa de la cama.

— ¿Y qué ha pasado?

— No había nada ni nadie.

Las nueve de la mañana del 14 de abril. La enfermera se dispone a pasar el parte de la noche al doctor:

— El señor de la habitación 29 se ha caído de la cama. Ha llamado tres veces para que insten a la persona que le visita cada noche a que abandone el recinto. Al parecer, el enfermo se lanzó al suelo y temblaba. Todo este ajetreo está inquietando al resto de los pacientes.

— Creo que ha llegado el momento de tomar medidas. Pediré al neurólogo que pase a verlo.

Por la tarde, el neurólogo llega a la habitación 29. El señor N es un hombre de 73 años, de constitución pequeña y gruesa; su aspecto delata sufrimiento. Hace cinco días padeció un ictus que le dañó el hemisferio derecho del cerebro. Desde entonces, tiene el lado izquierdo de su cuerpo paralizado. En la exploración, el médico constata que la hemiplejia que sufre es grave: no puede realizar ningún tipo de movimiento. También se detecta una importante afectación de la sensibilidad de esa mitad corporal. Lejos de mostrar preocupación, el enfermo no parece consciente de la gravedad de su situación. Constantemente dirige la mirada hacia la mitad del cuerpo afectada, pero no pronuncia ni una palabra. En cambio, no cesa de expresar su preocupación por la persona que cada noche acude a su habitación y se acerca a la cama. «¡La última vez se acostó a mi lado y empezó a rozarme. Le dije que se marchara, pero no me hizo caso. Al final, lo cogí con la intención de tirarlo, pero acabé yo en el suelo!»

Intrigado por los acontecimientos, el médico propuso reconstruir la escena. El paciente, acostado sobre su espalda reprodujo la acción nocturna. Llevó el brazo derecho al otro lado, encontró su brazo izquierdo, lo atrapó y lo empezó a tirar hacia arriba. «¡Mire, aún está aquí!» El señor N. sacudió su miembro paralizado y quiso arrojarlo fuera de la cama. Eso explicaba la caída nocturna. El neurólogo intentó explicarle que se trataba de su propio brazo y no del de un individuo extraño. «Si fuera mío lo sabría», contestó el señor N. Y prosiguió: «Con mi brazo izquierdo no hay ningún problema». Era imposible convencer al señor N. de que esa extremidad, igual que toda la mitad izquierda de su cuerpo, sufría una hemiplejía. Tan solo reconocía que sentía ese lado un poco fatigado. En cuanto a su incapacidad para caminar, la interpretaba como una consecuencia de un esfuerzo excesivo. También se mostraba convencido de que, con unos días de reposo, esa sensación desaparecería.

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