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1 de Septiembre de 2019
Neurociencia

Virus de la rabia para cartografiar el cerebro

Los patógenos de la rabia genéticamente modificados facilitan a los científicos el estudio de las conexiones neuronales con una precisión desconocida hasta la fecha.

La imagen muestra el núcleo vestibular lateral en el tronco del encéfalo de un ratón. Las neuronas verdes y brillantes están infectadas con un virus de la rabia manipulado genéticamente. [Instituto Zuckerman, Universidad Columbia; cortesía de Andrew Murray]

En síntesis

1El virus de la rabia se las ingenia para ir saltando de una neurona a otra en su camino desde la mordedura hasta el cerebro, su meta final.

Virólogos y neurocientíficos han aprovechado esa facultad para identificar las neuronas que envían señales a aquellas que son objeto de estudio.

El método consiste en modificar genéticamente el virus para que emita luz, infecte solo las neuronas de interés y salte una sola conexión neuronal.

Avanzada la noche, en aquel páramo inglés iluminado por la luna, una visión espeluznante dejó paralizados a los tres juerguistas: «Una criatura espantosa, una enorme bestia negra, de la forma de un dogo, pero muchísimo mayor, como jamás se ha visto en el mundo. Ante sus miradas, aquella bestia, que se diría salida del infierno, arrancó a pedazos la garganta de Hugo Baskerville. Tal fue el pavor cuando volvió hacia ellos los ojos llameantes y las quijadas ensangrentadas, que volvieron grupas como alma que lleva el diablo lanzando gritos desesperados». Los historiadores de la medicina atribuyen el terror que El perro de los Baskerville­ infundió en los contemporáneos del escritor Arthur Conan Doyle (1859-1930) al profundo impacto que la rabia ejercía en la conciencia colectiva de la época. Capaz de transformar a la mascota más plácida en una bestia furiosa que echa espuma por la boca y cuya mordedora significaba una muerte casi segura, el virus de la rabia ha sido uno de los azotes más temidos de la humanidad.

Ya en 1804, los experimentos del médico alemán Georg Gottfried Zinke (1771-1813) revelaron que el virus se acumulaba en la saliva del animal infectado. A medida que se multiplica en la boca, estimula la secreción de saliva, lo que explica por qué babean los perros rabiosos. Por su parte, el químico y bactereriólogo Louis Pasteur (1822-1895) descubrió hacia 1880 que invade el encéfalo. Ambas propiedades no suceden a la par por casualidad. Dos siglos de investigación han demostrado que el virus aúna la propagación desde las fauces babeantes del animal con la perversa facultad de incitarlo a morder con frenesí. En otras palabras, el virus manipula el cerebro del hospedador para, así, asegurar el contagio y su propagación.

En la actualidad, la rabia mata a alrededor de 60.000 personas cada año, pero gracias a las campañas masivas de vacunación y a la cuarentena de los animales infectados, ya no desata el pánico de antaño en los países desarrollados. Es más, los neurocientíficos están convirtiendo este pernicioso microbio en un benefactor para la humanidad: lo utilizan como herramienta para cartografiar el cerebro.

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