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  • Noviembre/Diciembre 2017Nº 87

Etología

Cerdos curiosos, gallinas empáticas

Cada vez más estudios demuestran que las capacidades de aprendizaje y la conducta social de los animales de granja se han infravalorado hasta ahora. ¿Debemos modificar nuestra relación con ellos?

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Cuando Nicolle Müller sale a la calle con su compañero de piso Moritz, los transeúntes, conductores de automóvil, ­motoristas y ciclistas les miran con perplejidad­. Al menos aquellos que se encuentran­ de paso por el pueblo de Mahlow, al sur de Berlín, y que nunca antes se han topado con la extraña pareja. El tamaño de Moritz es similar al de un bulldog inglés, y su piel rosada está cubierta de ­cerdas blancas. Nada raro, pues se trata de un minicerdo adulto.

La mascota ya ha hecho sus pinitos en televisión: ha aparecido en numerosos programas de Alemania y anuncios publicitarios. Junto con Paul, un lechón, vive en casa de Müller. Esta adiestradora de animales e investigadora ha trabajado con innumerables especies, muchas de las cuales han convivido con ella: por nombrar algunas, perros, coatíes y monos capuchinos, considerados estos últimos los primates más inteligentes del Nuevo Mundo. No obstante, Müller sostiene: «Moritz es el animal más astuto que he conocido hasta ahora».

Entre las cualidades del animal destaca, sobre todo, la rapidez con que aprende. «Tardó una semana en saber cómo debía resolver un rompecabezas con formas geométricas», explica la entrenadora. «A su lado, cualquier perro parecería un alumno de educación especial.» Moritz puede diferenciar colores, traer un objeto que se lanza al agua y entender palabras como «balón» o «caballo». Incluso ayuda en casa a separar los residuos: con su hocico, extraordinariamente sensible, distingue si se trata de papel o plástico y lleva ese material utilizado al cubo correcto. A Moritz le gustaría aprender cada día una cosa nueva, asegura Müller. La investigadora solo ha observado esa marcada disposición para el aprendizaje en los cerdos. «Estos animales están increíblemente infravalorados», sostiene.

La biología de la conducta corrobora sus palabras. No ha sido hasta el cambio de milenio que la investigación de la inteligencia y la conducta social de los animales de granja ha experimentado un auge. La mayoría de los estudios revelan que, de manera injusta, se etiqueta a las gallinas, a las vacas y a las cabras de seres apáticos y perezosos. Pero cuanto más se investiga, más sorprenden sus capacidades. Ello plantea, a su vez, cuestiones éticas, sobre todo, en relación con el trato humano que reciben.

Sandra Düpjan, etóloga en el Instituto Leibniz de Biología de Animales de Producción, en Dummerstorf, también estudia el comportamiento y las capacidades de los animales de granja. Junto con otros científicos, investiga el método que permita medir de forma objetiva si un cerdo es feliz. Para ello aprovecha la facilidad de aprendizaje de estos animales.

En sus experimentos, los lechones aprenden que una caja esconde una suculenta porción de compota de manzana si se encuentra en un esquina determinada del recinto. En cambio, si esa caja se halla al otro lado del establo, la recompensa resulta inalcanzable: en ese caso se asusta al cochinillo con el crepitar de una bolsa de plástico. El aprendizaje es rápido: los animales solo se acercan a la caja cuando se encuentra en el lugar correcto. En otra prueba, Düpjan coloca el recipiente con el alimento en medio del recinto y observa el comportamiento de los animales. ¿Qué harán ahora? Los cerdos felices se comportan de manera «más optimista» que sus congéneres afligidos. Se atreven más a indagar en la caja y titubean menos. Para llegar a tales conclusiones, los científicos manipularon el sistema serotoninérgico de los lechones. Observaron que los que tenían un nivel bajo de serotonina (neurotransmisor considerado «hormona de la felicidad») rehuyeron las cajas con alimento potencialmente amenazantes.

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