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Extrañamente inquietantes

No solo los personajes de terror clásicos, como los zombis, nos ponen los pelos de punta. También los payasos y otras figuras en apariencia inofensivas pueden estremecernos. ¿Por qué?

En It, película basada en la obra del escritor ­Stephen King, un payaso inquietante, de nombre Pennywise, enseña a sus víctimas a sentir terror. [PICTURE ALLIANCE / UNITED ARCHIVES]

Los protagonistas de la famosa novela de terror It («Eso»), escrita por Stephen King y que ha llegado este año a la gran pantalla en su segunda adaptación cinematográfica, se encuentran con una figura: Pennywise, el payaso bailarín que atrae a sus víctimas con globos rojos para asesinarlas. El escritor juega en su obra con los sentimientos ambivalentes que estos personajes despiertan en ciertos adultos e incluso en los niños, según comprobaron en 2008 investigadores de la Universidad de Sheffield tras analizar la reacción de pacientes de distintas franjas de edad ante las caras de clown que decoraban las paredes de las enfermerías infantiles.

Hace algún tiempo que los psicólogos tratan de averiguar por qué algunas figuras están predestinadas a ponernos la piel de gallina. Las respuestas que se han hallado hasta ahora ofrecen una mirada en la psique de las personas, pero también un uso práctico para determinados ámbitos, entre ellos el de la robótica.

A diferencia del miedo auténtico, un terreno que los expertos han investigado en todas sus facetas, la sensación de estremecimiento esconde todavía muchas cuestiones y enigmas. Probablemente, se trata de una forma atenuada del miedo: nos estremecemos en momentos en los que no estamos seguros de si nos encontramos ante una amenaza real, explican Francis McAndrew y Sara Koehnke, del Colegio Knox. En cambio, situaciones de peligro en las que un ladrón nos amenaza con un arma para que le entreguemos todo el dinero que llevamos encima provocan pánico en la mayoría de las personas.

Una noche de regreso a casa, las calles se hallan desiertas, todo está en silencio, pero, de repente, oímos un ruido que proviene de un callejón. ¿Se oculta un atracador en la oscuridad o simplemente se trata de un gato callejero que rebusca comida entre las basuras de un contenedor desbordado? Ya que no sabemos qué nos vamos a encontrar, nos sentimos inquietos y nos ponemos en alerta. Hasta que somos capaces de reconocer si se avecina el peligro.

En 2016, McAndrew y Koehnke investigaron las características que propician que una persona cause temor a las demás. Para ello encuestaron vía Internet a 1341 sujetos con edades comprendidas entre los 18 y los 77 años. Según comprobaron, un 95 por ciento de los participantes pensaban en un hombre cuando se les pedía que se imaginasen una figura terrorífica. Ese resultado se daba tanto en varones como en mujeres. Por otra parte, numerosos probandos clasificaban de «espeluznantes» a las personas cuya conducta no se correspondía con ciertas normas sociales: no establecían un contacto visual, no mostraban emociones o, por el contrario, las manifestaban de forma exagerada, conducían las conversaciones siempre hacia el tema del sexo, preguntaban muchos detalles sobre la vida privada o, de repente, querían fotografiarse con ellos.

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