Los factores de estrés social favorecen las ideas suicidas

El estrés no aumenta de manera destacada el riesgo de suicidio, a no ser que se trate de estrés social 

Los conflictos familiares pueden contribuir a que en las personas con un historial de tentativa de suicidio se despierten de nuevo las ideaciones. Mathilde­ Husky, de la Universidad de Burdeos, y su equipo entregaron un teléfono móvil inteligente a 42 pacientes que habían experimentado como mínimo un intento de suicidio. Les llamaron al móvil cinco veces al día durante una semana para preguntarles qué estaban haciendo en esos momentos, dónde se encontraban y si se hallaban en compañía de alguien. Los participantes les explicaban cómo se sentían y si estaban pensando en suicidarse. A partir de la información sobre más de mil situaciones cotidianas de los probandos, Husky y sus colaboradores analizaron las circunstancias en las que los pacientes pensaban con mayor frecuencia en la muerte.

La estancia en lugares concurridos, como restaurantes, cines o comercios, suponía, con diferencia, la mayor protección contra las ideas suicidas. También era menos frecuente que presentasen intenciones de matarse cuando estaban en casa en compañía de amigos íntimos o mientras cocinaban, comían, se bañaban o desempeñaban labores del hogar. Por el contrario, manifestaban más ideas suicidas si se hallaban solos en casa descansado, viendo la televisión o navegando por Internet. Estos pensamientos también aparecían con mayor frecuencia cuando trabajaban o estudiaban. Para sorpresa de los investigadores, el estrés no aumentaba de manera notable el riesgo de suicidio, a no ser que se tratara de estrés social, sobre todo, si la familia se encontraba implicada en ese estado anímico.

«Nuestros resultados coinciden con otros hallazgos que apuntan a que las ideas y tentativas suicidas se relacionan en mayor medida con factores de estrés social», apuntan los autores.

No obstante, los investigadores consideran que su estudio no se puede considerar representativo, pues la muestra de probandos con la que contaron resultaba un tanto limitada; la media de edad de los participantes era de 38 años, tres cuartas partes de los sujetos eran mujeres y la mayoría sufría depresión. En otras palabras, se necesita llevar a cabo investigaciones que incluyan a más hombres y sujetos de diferentes franjas de edad.

Por otro lado, los autores barajan la posibilidad de que la participación en el estudio pueda haber modificado la mentalidad o el comportamiento de los participantes, ya que durante la investigación se realizaron dos llamadas para preguntarles por posibles problemas con el uso del teléfono inteligente. «Eso podría haber influido en su estado de ánimo o fomentar en ellos la sensación de apoyo», sugieren. Ningún participante intentó suicidarse mientras duró el estudio.

Fuente: Psychiatry Research, vol. 256, págs. 79-84, 2017

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