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1 de Noviembre de 2017
Reseña

Telómeros

Biología del envejecimiento

THE TELOMERE EFFECT
Por Elizabeth Blackburn y Elissa Epel
Orion Spring, Londres, 2017


De la ciencia básica a la clínica. No es fácil encontrar investigadores que se desenvuelvan con autoridad, de forma complementaria, en ambos frentes; que sepan establecer el nexo entre la vulnerabilidad y tenacidad del organismo, por un lado, y las influencias del medio, por otro. Elizabeth Blackburn, galardonada con el premio Nobel, y Elissa Epel, catedrática de psiquiatría de la Universidad de California, lo han logrado en The telomere effect con creces. Blackburn descubrió los telómeros, la telomerasa y su papel en el proceso de envejecimiento; Epel ha desentrañado los hábitos específicos de estilo de vida para protegerlos, demorar la decadencia y alargar la vida.

Los telómeros son estructuras complejas de nucleoproteínas que protegen los extremos de cromosomas ­lineales. Contienen varias kilobases, de cinco a quince, de secuencias repetidas en tándem, que terminan con 30-400nucleótidos de un ADN unicatenario con una cadena rica en G. La replicación del telómero, un proceso que consta de varias etapas, constituye todo un reto, por la sencilla razón de que en los extremos del cromosoma se concentran numerosos obstáculos contra la progresión de la horquilla de replicación. A ese fenómeno se le denomina el problema de la replicación telomérica. Para evitar el acortamiento progresivo del telómero como resultado de la replicación del ADN, ha de incorporarse nuevo ADN telomérico en el extremo del cromosoma. La síntesis de ADN de novo implica la elongación de la cadena rica en G del telómero por acción de la telomerasa. En la conservación de la integridad del primero desempeñan funciones decisivas la shelterina y el replisoma.

Blackburn descubrió que la longitud y la salud de nuestros telómeros aportan una base biológica para la interpretación del binomio cuerpo-mente. Como ha escrito, a propósito de este libro, Eric Kandel, otro premio nóbel, los telómeros contribuyen al estado del cerebro, su estado de ánimo, la celeridad de su envejecimiento y el riesgo de enfermedades neurodegenerativas. En otras palabras, la forma en que envejecemos en el plano más básico, el celular. Para mantener vivo nuestro cerebro habrá que prestar atención a los telómeros. Con el transcurso del tiempo, tienden a gastarse; cuando no pueden ya proteger debidamente a los cromosomas, las células no pueden sustituirlos e inician un proceso de degradación. Este proceso desencadena cambios fisiológicos en el organismo, que incrementan el riesgo de sufrir enfermedades graves asociadas con el envejecimiento: trastorno cardiovascular, diabetes, cáncer, debilitamiento del sistema inmunitario y otros.

De entre las numerosas ideas que el libro introduce, destaca la comparación entre la esperanza de vida sana y la esperanza de vida enferma. Todos envejecemos, enfermamos y sucumbimos, pero de una manera mucho mejor si la esperanza de vida sana supera el tiempo de esperanza de vida enferma y comprometida. La clave reside en nuestra capacidad de renovación celular, cuando se regeneran nuestras células y acortamos el enve­jecimiento prematuro con todos los achaques que conlleva. Las células del envejecimiento liberan sustancias proinflamatorias (citocinas, por ejemplo), que inducen un estado de inflamación crónica en el cuerpo, que construye placas en nuestras arterias cardíacas y cerebrales, consume las células del páncreas propiciando la diabetes, compromete nuestra función inmunitaria y facilita la emergencia de perturbaciones mentales (depresión y esquizofrenia, por ejemplo). En una metáfora feliz, comparan los telómeros, con las terminaciones de plástico de los cordones de los zapatos. Cuando esos extremos del ADN se mantienen intactos, la división celular se halla más protegida de acontecimientos indeseables, como la alteración de nuestra fisiología o la estimulación de la oncogénesis.

En esta vertiente clínica, ampliamente desarrollada, The telomere effect ayudará a incrementar la esperanza de vida y su calidad, al ahondar en la forma en que el sueño, la dieta y el ejercicio repercuten en nuestros telómeros. Se sabe que una elevada concentración de vitamina D en la sangre predice en general tasas bajas de mortalidad. Algunos trabajos vinculan la vitamina D con unos telómeros más largos. En cualquier caso, parece indicada en una buena dieta incorporar alimentos que sirvan de fuente de vitamina D: salmón, atún, bacalao, leche enriquecida, huevos y cereales.

Importa discernir en las relaciones de causa y efecto, cuál es una y cuál es el otro. Así en la relación de los telómeros con el estrés. Por ejemplo, se suele creer que la fiebre causa la enfermedad; pero la verdad es otra: la enfermedad causa la fiebre. ¿Por qué los telómeros más cortos aparecen en personas sometidas a mayor estrés? ¿Porta el estrés a telómeros más cortos? ¿O acontece que las personas con telómeros más cortos sufren de mayor estrés? El estrés oxidativo, una condición de riesgo que se presenta cuando se tienen, en la célula, radicales libres en exceso e insuficientes antioxidantes, ataca al segmento rico en G. Tras la agresión de los radicales libres, se rompe la cadena de ADN y el telómero se acorta de inmediato. Una concentración excesiva de telomerasa incrementa el riesgo de desarrollar diversos tipos de cáncer. Y una telomerasa hiperactiva promueve la propagación de tumores malignos.

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