Noches de inconsciencia

Antes de que nos quedemos dormidos, nuestro cuerpo se enfría con rapidez. Es posible que este fenómeno explique por qué perdemos la consciencia durante horas noche tras noche.

[ANNA DERZHINA/ GETTY IMAGES/ ISTOCK]

En síntesis

Por las noches, el cuerpo y el cerebro se enfrían con rapidez. Ello provoca que nos sintamos cansados y acabemos quedándonos dormidos justo cuando más rápido desciende la temperatura.

Al parecer, el frío ralentiza los canales iónicos de las neuronas hasta el punto de que perdemos la consciencia. Algunos narcóticos se basan en el mismo mecanismo.

Cuando duermen, los animales resultan especialmente vulnerables, pero necesitan ese tiempo de descanso, puesto que es durante el sueño cuando el cerebro experimenta procesos reparadores importantes que, seguramente, requieren una temperatura baja.

A la joven voluntaria que se presentó en el laboratorio de cronobiología le esperaban días insípidos. Después de someterse a varios análisis, entró en un pequeño apartamento, donde iba a pasar las siguientes 72 horas sola, aislada de la luz del día y sin que nadie pudiera informarla sobre la hora que era. Tan solo disponía de un juego de cartas, un rompecabezas y un par folios de lectura para distraerse. Nada debía alejarla de la tarea que tenía encomendada: dormir siempre que le apeteciera.

Dos investigadores de la Universidad de Cornell idearon este experimento a finales de la década de 1990. Patricia Murphy y Scott Campbell intentaban responder con él una pregunta que llevaba tiempo quitándoles el sueño: ¿en qué momento se van a dormir las personas por libre elección si no disponen de un libro que les enganche, una obligación o compromiso social que les prive de caer en los brazos de Morfeo? ¿Y qué relación existe entre esa decisión y su temperatura corporal?

En el estudio participaron 44 hombres y mujeres. La primera noche les colocaron un termómetro en el recto que registraba su temperatura central de manera constante. Cuando Murphy y Campbell analizaron los datos, observaron que la temperatura corporal de los participantes descendía cuando se hacía de noche: un efecto del reloj biológico que se conocía desde hacía tiempo. Sin embargo, el momento preciso en el que la temperatura bajaba de forma más acusada variaba según la persona. Y lo más interesante: en el momento que más rápido se enfriaban, la mayoría de los sujetos se sentían cansados.

«El descenso drástico de la temperatura corporal central es una de las señales más potentes del sueño», explica el neurobiólogo Albrecht Vorster, del Hospital Universitario de Berna. Este fenómeno no ocurre solo en las personas: otros animales de sangre caliente también lo experimentan.

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