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Quizás haya escuchado alguna vez que en ciertos países del mundo, como en Bulgaria, las personas asientan con la cabeza para expresar negación y la mueven de un lado a otro para mostrar acuerdo. Es decir, exactamente al contrario que nosotros. A pesar de esas raras excepciones, mover la cabeza para decir que no es una expresión habitual a nivel mundial.

Ya en su día, el naturalista Charles Darwin (1809-1882) se preguntó por qué este gesto se puede observar en todo el planeta. En su libro La expresión de las emociones en el hombre y los animales, de 1872, lanzó una hipótesis notable: «En los niños pequeños, el primer acto de negación lo muestran para rechazar la comida. He observado en repetidas ocasiones que mis propios hijos lo expresaban apartando la cabeza hacia un lado, alejándola del pecho o de cualquier cosa que se les sirva en una cuchara». De esta manera, Darwin atribuyó el gesto de sacudir la cabeza a un comportamiento de la primera infancia.

Tal explicación se antoja plausible, si consideramos que, al inicio, los niños tienen poco control motor sobre la musculatura del cuello y que su cabeza —por ejemplo, cuando se les amamanta— necesita estar apoyada. Además, los bebés no pueden desactivar sencillamente su reflejo de succión: para dejar de ingerir alimento deben girar la cabeza. Ahora bien, ¿existe alguna forma de demostrar tal hipótesis? Es probable que no haya ninguna, al menos desde una perspectiva ética.

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