Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarle el uso de la web mediante el análisis de sus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúa navegando, consideramos que acepta nuestra Política de cookies .

Actualidad científica

Síguenos
  • Google+
  • RSS
  • Mente y Cerebro
  • Septiembre/Octubre 2005Nº 14

Memoria

Labilidad de la memoria autobiográfica

Las vivencias de bombardeos y destierros se graban profundamente. Pero no todo lo que recuerdan haber presenciado los testigos ha sucedido según retienen.

Menear
En la conferencia de Helmut Schnatz, dictada hace unos años, saltó el escándalo. Entre los asistentes al acto había muchas personas mayores de Dresde, testigos directos del horrible ataque sufrido por su ciudad los días 13 y 14 de febrero de 1945. Excitados, contaban que, tras el derrumbe de los edificios, los aviones británicos habían ido a la caza, en vuelo rasante, de los que huían de las llamas hacia las orillas del Elba o el gran parque.

Schnatz, historiador riguroso, explicaba pacientemente que los hechos desmentían ese recuerdo. Los bombardeos levantaron tal columna de fuego, que era imposible que los pilotos volaran sobre la ciudad a baja altura para atacar a las personas, una a una. El análisis de los planes de ataque y de los partes de las incursiones aéreas británicas no ha suministrado tampoco ninguna prueba de tales cazas del hombre.

Aunque lo expuso con precaución y prudencia, el investigador consideraba la historia del vuelo rasante un mito que se perpetúa hasta hoy en el recuerdo de muchos ciudadanos. Pero los oyentes se mostraban airadamente indignados. ¿No habían visto con sus propios ojos los «plateados caza Mustang» (un avión que realmente intervino en la guerra aérea) y a las personas que huían despavoridas? En una emisión de la segunda cadena de la televisión alemana con ocasión del 60aniversario del bombardeo de Dresde, los testigos evidenciaron su estupor ante las «mentiras» de Schnatz.

Que los recuerdos pueden ser una cuestión espinosa se puso de manifiesto también en la campaña a las elecciones nor­teamericanas de 1980. El candidato Ronald Reagan (1911-2004) repetía, en los actos públicos, con lágrimas en los ojos, sus vivencias de paracaidista durante la Segunda Guerra Mundial. El piloto del bombardero, contaba, había pedido a la tripulación que saltaran, pues el aparato había sido alcanzado. Pero un joven soldado se encontraba tan gravemente herido que no podía abandonar la nave. En ese momento, el heroico capitán dijo: «No te preocupes, hijo. Juntos haremos que este cajón toque tierra».

Puede conseguir el artículo en:

Artículos relacionados