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Bombardeo de ojos locos

El movimiento eyebombing demuestra cómo unos ojos autoadhesivos son capaces de burlar los circuitos visuales de nuestro cerebro.

Cortesía de Vanyu Krastev

En enero de 2017, un seguidor del sitio web bored­panda.com llamado Adam decidió que el invierno escandinavo de seis meses estaba durando demasiado y que debía hacer algo, lo que fuese, para luchar contra el aburrimiento. Así que se compró un montón de ojos móviles autoadhesivos y los pegó por los lugares más variados de su ciudad, Uppsala, para el entretenimiento de los transeúntes.

Según describe la Fundación Googly Eyes, cuya noble misión radica en divulgar la moda conocida como eyebombing («bombardeo de ojos») por todo el mundo, esta es una forma de arte urbano que consiste en pegar ojos tambaleantes «en un objeto inanimado del espacio público de modo ingenioso y que confiera al objeto la apariencia de una criatura viva». Este movimiento existe desde hace más de una década y ha alcanzado innumerables localizaciones metropolitanas, entre las que destacan las calles de París, Londres y Sofía, capital esta última de Bulgaria donde el artista Vanyu Krastev busca, como muestran las imágenes de este artículo y él mismo explica, «cosas dañadas, rotas, perforadas, enmarañadas, ruinosas o torcidas como mejores candidatas para practicar el eyebombing».

¿Por qué atraen tanto los ojos de pega?

A pesar de que la moda del eyebombing no satisfaga el gusto de todos, la ilusión antropomórfica que provoca resulta extraordinariamente potente. ¿Cómo es posible que unos simples ojos saltones de plástico sean capaces de modificar una tetera para que parezca un pingüino emperador o de transformar el tronco de un árbol en un hombre narigudo y sorprendido?

La respuesta radica en dos fenómenos. Por un lado, se debe a la capacidad de nuestro cerebro para extraer información significativa, aunque no necesariamente fidedigna, a partir del continuo caos que bombardea nues­tros sentidos. Por otro, se debe a la obsesión de nues­tro sistema visual por los rostros y las miradas. Somos capaces de discernir caras en nubes o en manchas de tinta sin sentido, en la superficie lunar e incluso en la rejilla de los vehículos, hasta tal punto que los diseñadores de automóviles sopesan si una cierta «expresión facial» puede afectar las ventas de un nuevo modelo de coche. También existe una cuenta de Twitter dedicada en exclusiva a los rostros que se ven en los objetos más mundanos: desde batidoras a tapas de café. Es más, un museo en Chichibu, muy cerca de Tokio, exhibe más de 1700 piedras que se asemejan a rostros humanos.

 

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