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Cómo las pantallas perjudican el cerebro de nuestros hijos

Cientos de estudios han evaluado la repercusión de la televisión y los dispositivos digitales en nuestro cerebro. La conclusión resulta implacable: la sociedad está fabricando cerebros defectuosos


Getty Images / gaiamoments / iStock

En síntesis

Tras un decenio de exposición generalizada de los niños a todo tipo de pantallas cae el jarro de agua fría: la mayoría de los estudios demuestran sus efectos negativos en el cerebro.

Empobrecimiento del lenguaje, problemas de atención o sueño fragmentado. El daño en las capacidades cognitivas y en el desarrollo cerebral son profundos y persistentes.

Asimismo, las evaluaciones del sistema educativo desacreditan los recursos digitales en las aulas. Los niños aprenden mejor a través del contacto directo con las personas.

¿Qué efecto producen las pantallas en el desarrollo del niño? Esta cuestión, que ha cobrado especial relevancia debido al confinamiento a causa de la pandemia de COVID-19, lleva ocupando el espacio mediático más de medio siglo. Sin embargo, hemos tenido que esperar hasta los últimos quince años para que se convierta —¡al fin!— en un asunto urgente. La toma de conciencia se ha efectuado en tres tiempos. El primero fue el de las declaraciones entusiastas: la era digital era una revolución. Prometía transformar a nuestros hijos, los bien llamados «nativos digitales», en unos genios omnisapientes. Gracias a Google y a sus socios iba a nacer una generación «mutante», portadora de un cerebro diferente: más veloz, más poderoso y más apto para los procesamientos paralelos y para la recepción de grandes flujos de información. Después llegó la hora de las primeras dudas, pero la amenaza fue detenida de inmediato por la difundida verborrea de unos expertos mediáticos devotos: no hay que ser alarmista, solo son perjudiciales los excesos; con las investigaciones no se ha llegado a ningún consenso, etcétera. La herida se cierra durante unos años, luego vuelve a abrirse y, entonces, llega la hora del malestar y las verdaderas preocupaciones. Hay que decir que los hechos son testarudos. No se pueden cubrir indefinidamente las asperezas de la realidad con la alfombra de las fanfarronerías de la mercadotecnia y los discursos corruptos. Además de los padres, hoy en día todos los profesionales de la infancia hacen sonar la voz de alarma. Cada vez más docentes, pediatras y logopedas detectan niños afectados, incapaces de quedarse quietos en su sitio, de concentrarse, de controlar sus emociones, de retener una lección de diez líneas o de dominar las bases más elementales del lenguaje.

Este panorama inquietante no es arbitrario. Remite, detalle por detalle, a los datos que los investigadores han venido recopilando desde hace más de cincuenta años. A menudo se nos dice que faltan estudios sobre la influencia de la tecnología digital. Eso es completamente falso. Los estudios abundan; hay miles de ellos. Por supuesto, nada está aún trillado, quedan «zonas opacas», pero tampoco todo se desconoce. Existen espacios de certeza y quisiera abordar uno de los más importantes. Se podría resumir de la siguiente manera: nuestro cerebro, tal y como ha sido moldeado y esculpido por la evolución, no está hecho para la era digital moderna. Esta no le conviene ni a su funcionamiento ni a su desarrollo. Acosado por pantallas de todo tipo, sufre: se construye mal y funciona de un modo enteramente deficiente. Sin embargo, esta afirmación no va a poder analizarse aquí de forma exhaustiva. La discusión presente se limitará a tres puntos fundamentales relacionados con el lenguaje, la atención y el sueño.

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