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El enigma de ser zurdo

¿Por qué la mayoría de las personas escribe con la mano derecha? ¿Qué ventajas ofrece la subyacente división cerebral de tareas? ¿Cómo surge la preferencia manual? El autor, Florian Sturm, se convierte en cobaya para que investiguen estas y otras incógnitas.

El autor, Florian Sturm, es más rápido con la mano izquierda para dibujar puntos en pequeños círculos. En promedio, logra marcar 15,5 redondeles más que con la derecha. [MICHAEL SCHWETTMANN]

En síntesis

Entre el 8 y el 15 por ciento de la población mundial es zurda. Pero la dominancia manual significa mucho más que preferir una mano; también proporciona indicios sobre la organización y la división cerebral de las tareas.

Según una teoría, los zurdos juegan con una ventaja en situaciones de lucha, puesto que los contrincantes, la mayoría diestros, no están preparados para sus movimientos. Al parecer, por eso sobresalen en algunos deportes.

La dominancia manual depende de numerosos factores: herencia genética (un 25 por ciento), complicaciones en el parto, el lugar, mes, año y peso de nacimiento, así como circunstancias sociales, entre otros.

Siento el frío y viscoso gel que los neurocientíficos Sebastian Ocklenburg y Gesa Berretz aplican, gota a gota, sobre mi cuero cabelludo. Cada pequeña porción la inyectan con una aguja roma en uno de los 64 electrodos del gorro de electroencefalografía (EEG) que cubre mi cabeza. Su objetivo es medir los impulsos eléctricos de los miles de millones de neuronas de mi cerebro. En una pantalla situada justo enfrente de mí observo cómo, una tras otra, se van encendiendo 64 luces de color verde. Llega el momento de comenzar: me arrimo hacia adelante y apoyo mi barbilla sobre una pequeña tabla de madera fijada al escritorio mediante una sólida estructura de acero. «Ahora, por favor, no te muevas, parpadea lo menos posible y no aprietes las mandíbulas», me ordena Ocklenburg antes de que desaparezca en la habitación contigua. A través de una ventana, veo cómo se coloca delante de dos monitores. «¿Preparado?», pregunta. Subo los pulgares. Se inicia el experimento.

Me encuentro en una sala de laboratorio de la Universidad del Ruhr de Bochum (RUB), en Alemania. Aquí comprobaré cuánto de zurdo hay en mí. Esta experiencia no solo me promete un trabajo periodístico interesante, sino que supone embarcarme en un viaje personal.

Soy zurdo, algo que siempre me ha fascinado. Desde mi infancia, esa circunstancia me ha planteado incontables preguntas: ¿Por qué hay más diestros? ¿Por qué motivo soy, como dos de mis hermanos, zurdo, pero ni mi tercer hermano ni mis padres o abuelos lo son? ¿Cómo surge la dominancia manual? ¿Soy más zurdo que mi hermano gemelo monocigótico? ¿Qué hay de cierto en el mito de que los zurdos son más creativos e inteligentes? Se sabe que genios como Leonardo da Vinci, Wolfgang Amadeus Mozart, Nikola Tesla y Lionel Messi son zurdos. Desde hace años, leo libros y publicaciones científicas sobre el tema. Y mi curiosidad me ha llevado hoy al laboratorio de la RUB.

El neurocientífico echa un último vistazo a través de la ventana de la sala contigua y pone en marcha la exploración con un clic de ratón. De repente, una pequeña cruz enmarcada por nueve cuadrados aparece en la pantalla delante de mí. Ocho de los cuadrados son grises, y uno, rojo. Mi tarea consiste en clicar con el cursor aquellos que tienen el símbolo de color. «Mediante los estímulos eléctricos que registramos con el EEG, medimos las ondas cerebrales motoras», me ha anticipado Ocklenburg al llegar. Estas señales eléctricas surgen cuando nos preparamos para realizar un movimiento (como apretar el botón del ratón con el dedo de la mano). Así que clico y clico. Primero con la derecha, luego con la izquierda. El ejercicio resulta bastante monótono, pero todo sea por la ciencia y, claro, por colmar mi curiosidad.

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