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Neuronas para la cognición ­social

En la amígdala existen neuronas que nos ayudan a pronosticar las decisiones de nuestros congéneres.

Unas neuronas concretas de la amígdala nos ayudan a decidir, como cuando debemos elegir los pinchos que vamos a comer. [Getty Images / Rosshelen / iStock]

En síntesis

Con frecuencia adivinamos la decisión que va a tomar nuestro interlocutor. La capacidad de aprendizaje por observación social favorece dicha facultad.

Estudios con monos rhesus demuestran que unas neuronas concretas en la amígdala contribuyen a dicho mecanismo: las «neuronas de decisión» y las «de simulación».

Mientras las «neuronas de decisión» nos ayudan a optar por acciones basándonos en la observación de las decisiones ajenas, las «neuronas de simulación» nos permiten pronosticar su elección.

El año pasado viajé por primera vez a Bilbao. A la hora del almuerzo, me hallaba en la Plaza Nueva, en pleno casco viejo. Entré en una de sus encantadoras tabernas. Los típicos pinchos y montaditos (con pimientos, carne o pescado, tortilla, queso y un sinfín de combinaciones más) aguardaban en la barra. Soy alemán y poco experimentado en este tipo de oferta gastronómica, ¿por cuál de esos atractivos bocados debía decidirme? Por suerte, la gente del lugar era afable. Entablé conversación con mi vecino de barra. Observé que sobre su plato había un par de pinchos de caballa con pimientos del piquillo. De inmediato aproveché esa información para decidir mi elección. Un psicólogo hablaría de aprendizaje social o aprendizaje por observación.

Por la tarde, en otra taberna, me volví a encontrar al «compañero de barra». Nos saludamos amistosamente, y mientras esperábamos a que nos atendieran, aposté conmigo mismo a que adivinaba los pinchos que mi nuevo amigo pediría. Seguro que iba a atinar. De hecho, las observaciones sociales no solo nos ayudan a acertar en nuestras propias decisiones, sino también a prever la actuación de otras personas, una capacidad cognitiva que se conoce como «teoría de la mente». Esa capacidad de predecir los estados mentales de nuestros congéneres constituye un importante componente de la convivencia humana. Gracias a ella podemos reconocer y entender las necesidades e intenciones de los demás, cooperar o, por el contrario, competir con ellos.

Tales facultades mentales complejas, denominadas en su conjunto cognición social, las utilizamos a diario de forma espontánea, sin darnos cuenta. Su importancia en las relaciones sociales se manifiesta, sobre todo, cuando no funcionan de manera adecuada a causa de alguna enfermedad psicológica. Así, los pacientes con un trastorno del espectro autista muestran dificultades para dirigir su atención y ponerse en lugar de los demás. Por ese motivo, sus posibilidades de participar en la vida social se encuentran con frecuencia mermadas. Por el contrario, los afectados de fobia social son muy sensibles a las señales interpersonales y constantemente especulan sobre lo que los demás piensan de ellos. Este temor supone una importante limitación en su día a día. ¿Es posible que su cerebro funcione de manera diferente? Para responder a esa pregunta, primero debemos entender las bases neuronales de la cognición social. Nuestro grupo de la Universidad de Cambridge ha investigado el modo en que las neuronas prevén las decisiones de otras personas y aprenden de ello.

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